Nos levantamos sin las prisas de ayer, pues aunque hoy teníamos 3 objetivos a cumplir (visitar las pasarelas del Perito Moreno, devolver el coche de alquiler y volar hacia Buenos Aires para seguir a Iguazú), nos podíamos permitir el lujo de desayunar tranquilamente y disponer el equipaje para los vuelos de esta noche.
En todo caso, hacia las nueve salimos hacia el oeste por la R-11 para cubrir los 80 km que nos separaban del aparcamiento del Perito Moreno. La carretera, especialmente a partir del cruce a la izquierda donde ayer fuimos a la derecha para llegar a Punta Bandera y Puerto Soledad, se transforma en frondosos parajes llenos de coníferas, con muchos tonos de verde, con varios miradores abiertos al Brazo Rico de esta parte sur del Lago Argentino, hasta llegar a uno más especial, el mirador de Los Suspiros, distante todavía unos 20 km de nuestra meta, pero desde el que se tiene una primera panorámica de tan famoso glaciar.
[align=center]MIRADOR DE LOS SUSPIROS - PERITO MORENO
En todo caso, hacia las nueve salimos hacia el oeste por la R-11 para cubrir los 80 km que nos separaban del aparcamiento del Perito Moreno. La carretera, especialmente a partir del cruce a la izquierda donde ayer fuimos a la derecha para llegar a Punta Bandera y Puerto Soledad, se transforma en frondosos parajes llenos de coníferas, con muchos tonos de verde, con varios miradores abiertos al Brazo Rico de esta parte sur del Lago Argentino, hasta llegar a uno más especial, el mirador de Los Suspiros, distante todavía unos 20 km de nuestra meta, pero desde el que se tiene una primera panorámica de tan famoso glaciar.

Sobre las diez estacionamos el Fiat en el parking (gratuito y vigilado) que hay junto a los edificios del glaciar (hostelería, restaurante, administración, aseos, tiendas…) y preguntamos por el punto (hay un poste indicado) desde donde sale una lanzadera gratuita (los vehículos no pueden circular a partir de aquí) aproximadamente cada 30’, que nos llevará hasta el edificio de la parte norte de glaciar (hay varios senderos, no siempre operativos) donde igualmente hay bar, tienda y aseos.

Tras unos 20 minutos de marcha, llegamos a ese otro punto desde el que salen hasta 3 senderos para ver, en todo su esplendor, el Perito Moreno. Hoy, el más interesante (el que baja por la izquierda hasta el frente del glaciar, bautizado «circuito rojo», de dificultad alta y hora y media) estaba cerrado, así que nos tuvimos que conformar con descender por el «circuito amarillo» (fácil y 1 hora) hasta las pasarelas que abren sus miradores justo enfrente de la zona de ruptura (el glaciar avanza unos 2 m diarios) y que se sitúan a varias alturas, por lo que la gran masa de hielo es totalmente visible desde lo alto, a media altura y casi a ras de agua. En cualquier caso, espectacular, ya que ayer, desde el barco la visión era más distante.

No recuerdo los cientos de fotos y videos que pudimos hacer, pues cada minuto era diferente, ya que ahora había sol y el azul del cristal helado era transparente y brillante como joya, o bien, bajo la nube, era el blanco del hielo lo que inundaba el objetivo de nuestra cámara. Sin darnos cuenta nos tiramos así hora y media, bajo un frío atroz, pues además del viento que soplaba y del agua nieve que caía, sentíamos en nuestras caras el gélido aliento del gigante que parecía al alcance de la mano. Fuimos testigos de algunos pequeños desprendimientos sobre el agua, que más que verse (caen tan rápidamente que no da tiempo a localizarlos y ni mucho menos a preparar la cámara) se escuchan con un estruendo que no corresponde al tamaño del témpano caído, en el silencio casi religioso que la naturaleza, en estado puro, nos permite compartir.

Decidimos seguir y hacer el regreso al aparcamiento por el «circuito azul» (moderado, unas 2 horas), que nos llevará por toda la costa, sin dejar de ver el glaciar, hasta el embarcadero donde ayer atracó el María Turquesa para que bajaran algunos pasajeros.
Todo el recorrido es espléndido y relativamente asequible para todo el mundo (excepto sillas de ruedas o personas con escasa movilidad, pues hay bastantes escaleras), lo que hace que despidas del glaciar sin grandes penas, ya que lo disfrutas continuamente.

Volvimos a nuestro apartamento, donde esta mañana habíamos dejado el equipaje en recepción (no nos dejaron salir más tarde) con la promesa de que tendríamos un cuarto donde cambiarnos de ropa y reacondicionar las maletas, ya que debíamos despojarnos de la ropa de frío que llevábamos para visitar el glaciar y ponernos muchos más ligeros (incluido el calzado) pues volábamos a Buenos Aires y sin solución de continuidad, a Puerto Iguazú, lo que suponía más de 30 grados de diferencia y mucha más humedad.
Al llegar al aparthotel nos dicen que no hay ningún cuarto libre para realizar esta «operación vestuario» y solo nos ofrecen un baño minúsculo donde ni cabemos nosotros ni las maletas. Hacemos ver a la recepcionista que esto no era lo acordado y dejamos ver nuestro enfado, pero no hay más. Eso sí, se quedaron sin propina. Así que nos queda o cambiarnos en el coche (¡ufff!) o intentarlo en el hostel de nuestra primera noche en El Calafate, por lo que siendo las tres de la tarde (una hora muerta para la hostelería) nos acercamos al Calafate Hostel donde poniendo cara de pena y alegando que habíamos sido clientes, pedimos si es posible disponer de un lugar donde cambiarnos y rehacer el equipaje. El chico de recepción parece que nos recuerda y nos dice que no hay problema, que en el piso de arriba hay unos vestuarios y aseos (para las habitaciones que no tienen baño) y allí podremos llevar a cabo nuestra «operación vestuario» con comodidad.
Solo tenemos que subir los dos muertos por una escalera hasta el primero piso y, efectivamente, allí disponemos de espacio cómodo para desarrollar nuestra metamorfosis. Terminada ésta, bajamos las maletas, las metemos en el coche que tenemos que devolver en breve y, dejando una buena propina en el mostrador (5.000 pesitos) nos despedimos de los amables recepcionistas.
A los pocos minutos llegamos a la Hertz (donde ya conocían desde ayer el pequeño siniestro del coche), donde revisado de nuevo el vehículo, nos hacen pagar 59.900 pesos en concepto de reparación por los daños al parachoques trasero (cantidad que estoy a la espera que me reintegre mi seguro anual mundial para fianzas) y, con todo el papeleo, dejamos el Fiat, bastante más sucio que lo recibimos, y con casi 4.000 km más en su odómetro.
Ya habíamos acordado con un taxista local que nos recogiera a las 5 en las oficinas de Hertz, persona que apareció puntual y que en unos veinte minutos nos dejó a las puertas del pequeño aeropuerto (8.000 pesos + propina), desde nos encaminamos a los mostradores de facturación de Aerolíneas Argentinas (curiosamente allí no nos hicieron pagar sobretasa por exceso de equipaje), esperando, ya liberados de maletas, a que se hiciera la hora de embarcar en el AR 1877, que tenía prevista su salida a las 20:30.

Al final, poco después de la hora prevista, subimos al 737-800, que era exactamente el mismo que nos había traído, es decir, igualmente viejo y sucio (bueno, diez días más viejo y más sucio). Nuestros asientos 7E y 7F (ventanilla a estribor) estaban bastante adelantados a los motores, lo que rebajó mucho el ruido del vuelo, que por otro lado fue normal y con idéntico tentempié que a la ida.
Todavía quedaba luz afuera por lo que pudimos reconocer las carreteras casi sin tráfico por las que habíamos circulado hasta hacía poco, las planicies pardas y verdes de las «estancias» patagónicas y los cientos de pequeños lagos que, ahora, con el crepúsculo, nos hacían guiños pardorojizos desde allá abajo.[/align]