Era casi la una de la madrugada cuando recogimos nuestro equipaje en las cintas de Ezeiza y, sin más, nos encaminamos hacia el mostrador de Taxi El Rápido donde teníamos una reserva para ir hasta el otro aeropuerto bonaerense, cosa que hicimos rápida y cómodamente en media hora y por los 9.900 pesos acordados (más propina, claro). Además, mediante vía whatsapp, podíamos pedir taxi (con 12 horas de antelación) a una tarifa reducida (una especie de ida y vuelta) para regresar a Ezeiza desde el centro de Buenos Aires.
Llegados al Aeroparque, y teniendo tiempo más que suficiente, nos dirigimos al patio de comidas ya conocido, donde cenamos algo tarde gracias a McDonald’s, así que haciendo tiempo para que abrieran los mostradores de facturación, paseamos un rato por un aeropuerto que, pese a lo intempestivo de la hora, tenía muchos pasajeros deambulando o formando colas en todas sus puertas de embarque, es decir, un aeropuerto que no parecía dormir. Sobre las 4 nos acercamos al punto de facturación de Aerolíneas Argentinas, donde nos tomaron el equipaje, pero sin darnos la tarjeta de embarque definitiva. Para conseguir éstas, primero debíamos pagar la sobretasa de exceso de equipaje en ventanilla (los conocidos 5.000 pesos por maleta), donde nos entregaron otra tarjeta de embarque complementaria de la que ya llevábamos, pero sin la que no nos hubieran dejado subir al avión.
Vuelta a experimentar el desagradable paso por el control de seguridad, donde afortunadamente, al haber menos pasajeros por la hora, solo padecimos lo justo. Y a esperar en la puerta de embarque a que nos permitan subir al AR 1724, otro 737-800 igualmente viejo y sucio que los de la línea a El Calafate.
Tras un embarque no muy ordenado (no sé por qué, pero llevemos los asientos que llevemos -ya sean la fila 6 o la 30- siempre nos toca embarcar en el último grupo) ocupamos nuestros (8E y 8F) también en la ventanilla de estribor, sin que nadie ocupase el tercer asiento (a estas horas ¿quién va a volar?).
El vuelo normal y atentos los TCP, por lo que a la hora prevista (las 8) aterrizamos en el también discreto aeródromo de Puerto Iguazú, donde recogimos maletas y nos dirigimos a la oficina de los autobuses Río Uruguay que nos llevarían en poco más de media hora y por 2.600 pesos cada uno, hasta la estación de autobuses de Puerto Iguazú.
Allí llegamos siendo algo menos de las nueve, y tirando de maleta, tomamos la Avenida Córdoba y en 500 m llegamos a nuestro hotel en esta ciudad, el Aatrac, un 3 estrellas local con buena pinta, donde nos permitieron dejar el equipaje y todavía aligerarnos más de ropa, pues la humedad era superior al 85%, tras lo cual nos encaminamos de nuevo hacia la conocida estación de autobuses, primero para desayunar por allí, cosa que hicimos en El Árbol Real, una cafetería con muy buena pinta donde por menos de 3.000 pesos nos dimos un buen homenaje como desayuno, y luego entramos a la estación, donde (después de adquirir una botella grande de agua helada por 900 pesitos) compramos dos boletos de ida y vuelta (4.500 pesos cada uno) para llegar a las cataratas del lado brasileño, cosa que hicimos en más o menos una hora, ya que hay que pasar la frontera, algo curioso, pues te bajas, pasas por un mostrador de inmigración (donde, supongo que por no llevar equipaje, casi ni nos miraron el pasaporte) y vuelves a salir afuera, donde debes buscar tu autobús (el mismo que llevábamos) para volver a subirte y en menos de media hora, llegar a las instalaciones de entrada del P.N. Cataratas do Iguaçú, donde hay decenas de máquinas automáticas (en varios idiomas y que admiten tarjetas) en las que adquirir las entradas para visitar esta maravilla de la naturaleza. El precio para extranjeros adultos es de 86 reais (16€).
[align=center]DESAYUNO CON MEDIAS LUNAS Y FACTORIAS
Llegados al Aeroparque, y teniendo tiempo más que suficiente, nos dirigimos al patio de comidas ya conocido, donde cenamos algo tarde gracias a McDonald’s, así que haciendo tiempo para que abrieran los mostradores de facturación, paseamos un rato por un aeropuerto que, pese a lo intempestivo de la hora, tenía muchos pasajeros deambulando o formando colas en todas sus puertas de embarque, es decir, un aeropuerto que no parecía dormir. Sobre las 4 nos acercamos al punto de facturación de Aerolíneas Argentinas, donde nos tomaron el equipaje, pero sin darnos la tarjeta de embarque definitiva. Para conseguir éstas, primero debíamos pagar la sobretasa de exceso de equipaje en ventanilla (los conocidos 5.000 pesos por maleta), donde nos entregaron otra tarjeta de embarque complementaria de la que ya llevábamos, pero sin la que no nos hubieran dejado subir al avión.
Vuelta a experimentar el desagradable paso por el control de seguridad, donde afortunadamente, al haber menos pasajeros por la hora, solo padecimos lo justo. Y a esperar en la puerta de embarque a que nos permitan subir al AR 1724, otro 737-800 igualmente viejo y sucio que los de la línea a El Calafate.
Tras un embarque no muy ordenado (no sé por qué, pero llevemos los asientos que llevemos -ya sean la fila 6 o la 30- siempre nos toca embarcar en el último grupo) ocupamos nuestros (8E y 8F) también en la ventanilla de estribor, sin que nadie ocupase el tercer asiento (a estas horas ¿quién va a volar?).
El vuelo normal y atentos los TCP, por lo que a la hora prevista (las 8) aterrizamos en el también discreto aeródromo de Puerto Iguazú, donde recogimos maletas y nos dirigimos a la oficina de los autobuses Río Uruguay que nos llevarían en poco más de media hora y por 2.600 pesos cada uno, hasta la estación de autobuses de Puerto Iguazú.
Allí llegamos siendo algo menos de las nueve, y tirando de maleta, tomamos la Avenida Córdoba y en 500 m llegamos a nuestro hotel en esta ciudad, el Aatrac, un 3 estrellas local con buena pinta, donde nos permitieron dejar el equipaje y todavía aligerarnos más de ropa, pues la humedad era superior al 85%, tras lo cual nos encaminamos de nuevo hacia la conocida estación de autobuses, primero para desayunar por allí, cosa que hicimos en El Árbol Real, una cafetería con muy buena pinta donde por menos de 3.000 pesos nos dimos un buen homenaje como desayuno, y luego entramos a la estación, donde (después de adquirir una botella grande de agua helada por 900 pesitos) compramos dos boletos de ida y vuelta (4.500 pesos cada uno) para llegar a las cataratas del lado brasileño, cosa que hicimos en más o menos una hora, ya que hay que pasar la frontera, algo curioso, pues te bajas, pasas por un mostrador de inmigración (donde, supongo que por no llevar equipaje, casi ni nos miraron el pasaporte) y vuelves a salir afuera, donde debes buscar tu autobús (el mismo que llevábamos) para volver a subirte y en menos de media hora, llegar a las instalaciones de entrada del P.N. Cataratas do Iguaçú, donde hay decenas de máquinas automáticas (en varios idiomas y que admiten tarjetas) en las que adquirir las entradas para visitar esta maravilla de la naturaleza. El precio para extranjeros adultos es de 86 reais (16€).


Hay que hacer constar qué a principios de octubre pasado, las fortísimas lluvias en la zona, hicieron subir el nivel de las aguas del río Iguazú hasta desbordarlo, pues su caudal se había multiplicado por ¡dieciséis! Ello provocó que las visitas a ambos parques (brasileño y argentino) se vieran suspendidas por cierre de ambos lugares, siendo el lado brasileño el primero en reabrir hacía tan solo 3 semanas. El caudal medio en la «herradura» es de 1.300 a 1.800 m3 por segundo (es decir, entre 1.300.000 y 1.800.000 litros por segundo), lo que permitiría llenar unas 40 piscinas olímpicas en ¡un solo minuto!
Fue el jerezano Alvar Núñez Cabeza de Vaca quien descubrió el Iguazú («agua grande» en idioma guaraní) en 1541 estando estas cataratas entre las 3 más famosas, caudalosas y visitadas del mundo, junto a Niágara y Victoria.
Una vez superado el control de accesos, subiremos por necesidad a unos autobuses de dos pisos y techo abierto, en los que iniciaremos un recorrido incierto (no está muy bien indicado y las prisas que te mete el personal para subir a los autobuses no permiten hacernos una idea suficiente de los recorridos del parque). Una grabación en varios idiomas nos advertirá de las normas del parque, así como de que podremos bajar del autobús en cualquiera de las 3 paradas siguientes: sendero Macuco, hotel Belmond o Porto Canoas (la última), muy cerca del mirador de la Garganta del Diablo, que fue donde descendimos la mayoría de visitantes.
Ahí se ven unos carteles que nos indican la cercanía de las cataratas, aunque no son necesarios toda vez que ya se escucha el bramido del agua al caer y seremos llevados, casi en volandas, por la riada humana hacia este inigualable espectáculo de la naturaleza.
Bajando por las escaleras (hay ascensor) del edificio que alberga el restaurante Porto Canoas y las tiendas de recuerdos (hay baños) nos daremos de boca con un mirador bajo la gran herradura acuática. Sorprendente. A partir de ahí una sucesión de nuevos miradores, pasarelas y senderos nos permitirán ir descubriendo cada rincón del lado brasileño de las cataratas, al tiempo que descubrir su grandeza al ver, enfrente, el lado argentino, bastante más extenso (por eso hay quien aconseja visitar primero la parte brasileña). En cualquier caso es una imagen tremenda, tanto ver como de desploman miles de metros cúbicos de un agua marrón-chocolate (a diferencia de la blancura de las aguas de las de Niágara) casi sobre nuestras cabezas, como vislumbrar, entre la neblina que el velo de agua forma en el ambiente (y que terminará mojándonos entre múltiples arco iris), las indefensas pasarelas que, sobre el cauce monstruoso, se adentran vertiginosamente sobre despeñaderos siempre llenos de agua en movimiento, hasta situar en mitad de toda esa vorágine, una minúscula plataforma, de endeble apariencia, donde decenas de visitantes (pequeñísimos en la distancia) se hacen miles de fotos en posturas muchas veces ridículas.

Pero ello no será óbice de que, dentro de un rato, seamos nosotros, bien pertrechados con zapatillas de playa, bermudas, ponchos de plástico protectores para las cámaras (y mochila con bolsa de plástico dentro con todas nuestras pertenencias y documentos) quienes tomemos el relevo de las minúsculas personas y caminemos intrépidos sobre las turbulentas aguas para llegar a la disputada plataforma (hay mucha gente yendo y viniendo, todos empapados y chorreando agua) donde, en unos segundos, inmortalizar semejante osadía contra los elementos con algunas fotos.
Volvemos sobre nuestros pasos dejando sitio a los inagotables relevistas que siguen fluyendo por estas maderas palafíticas que, esperemos aguanten tanto peso y tanto envite de aguas tumultuosas sin desplomarse, arrojándonos a todos, sin remisión, al abismo.


En cada rincón de los muchos senderos, encontraremos una nueva ventana para disfrutar de nuevas perspectivas y hacer más y más fotos y vídeos. Tras unas 3 horas de subir y bajar (algunos senderos tienen complicadas y agotadoras escaleras), podemos dar por terminada la visita, por lo que volvemos sobre nuestros pasos y buscamos la parada de autobús más cercana para regresar a los edificios de entrada al parque, donde compramos algún recuerdo pagando con euros y recibiendo a cambio, reales brasileiros.
Nos acercamos a la parada de los autobuses Río Uruguay, donde en unos 20 minutos debería llegar el que nos devolverá, de nuevo con cruce de frontera, a la estación de autobuses de Puerto Iguazú. Quiero reseñar que es muy fácil adquirir por nuestra cuenta los tickets para el autobús (ida y vuelta) y hacer así por libre y de forma económica la visita al lado brasileño. Únicamente deberemos tener en cuenta la hora del último regreso a Puerto Iguazú (mejor hacerlo dos antes del último).
En nuestro caso, la cosa se complicó un poco, ya que el coche que debía recogernos y llevarnos a Puerto Iguazú se rompió (eso nos dijeron después) lo que supuso tener que esperar más de una hora para subir al siguiente. De nuevo en nuestra ciudad, tocaba volver al hotel para hacer el check-in (eran casi las 5 de la tarde), lo que hicimos sin mayor problema, asignándonos una habitación en la planta baja (no hay ascensor), justo al lado de recepción (no fue especialmente ruidosa), relativamente amplia, con dos camas grandes (cuádruple), bien de colchón y sábanas, con aire acondicionado, TV con canales, mobiliario aceptable, wifi bueno y gratis y limpieza buena. La pega es que no teníamos minibar (pero en recepción había máquinas automáticas a precios asequibles). El baño bien, con piezas modernas, ventana y una ducha con agua potente (cortina azul nueva) y con buenas toallas. Las instalaciones son modernas y atractivas, hay un jacuzzi común y el personal de recepción es muy amable. Mediante reserva anulable en Booking, pagamos in situ 22.000 pesos (con desayuno).
Duchados y cambiados de ropa, nos fuimos a ver el «Hito de las 3 fronteras», lugar donde coinciden los 3 países vecinos (Argentina, Brasil y Paraguay) en la confluencia del río Iguazú con el Paraná. Allí hay una plaza con monumentos alusivos, banderas, un pequeño mercadillo de artesanía local, restaurantes y un mirador desde donde apreciar las vistas, que no son especialmente bonitas, ya que lo que predomina es el enorme y moderno Puente de la Integración, que une Brasil y Paraguay (no confundir con el Puente de la Amistad, igualmente entre ambos países pero aguas arriba, entre Foz de Iguazú y Ciudad del Este, protagonista de muchos reportajes de televisión referidos al contrabando y tráfico de drogas). Al «Hito» (distante unos 2-3 km del centro) es fácil llegar (y volver) en autobuses urbanos por unos pocos cientos de pesos. Nos quedamos con las ganas de pasar a Paraguay, pero el último autobús en regresar desde Ciudad del Este estaba previsto a las 6 de la tarde, con lo que no nos quedaba tiempo para ir (2 horas, contando con los trámites fronterizos), estar al menos un par de horas y regresar (otras 2 horas). Otra vez será.
A la vuelta estuvimos viendo restaurantes en la Avenida Córdoba, donde despachar una buena cena temprana, eligiendo uno con jardines, mesas en el exterior y muy buena pinta, aunque, dado el bochorno reinante, optamos por sentarnos en el interior para disfrutar del aire acondicionado. La Parrilla Color nos recibió con unas instalaciones casi lujosas, con amable personal y una amplia carta, en la que elegimos una parrillada de carnes, unos entrantes, postre, cerveza (Patagonia de medio litro) y refrescos. La parrillada (19.000 pesos para 2 personas) era enorme y no hubo forma de terminarla. Allí había asado de tira, vacío, chorizo, morcilla, chinchulines (una especie de callos), riñoncitos y pollo. Al final la fiesta fueron 26.000 pesos (propina aparte), pero, insisto, en un ambiente exquisito y con muy buenas instalaciones, servicio, vajilla y manteles.

Dimos un paseo para digerir tan pantagruélica pitanza y, sin que el calor remitiera demasiado, nos fuimos a dormir, pues mañana teníamos un día ajetreado.[/align]