CAMARONES - CHUBUT
Tal vez sea la aparición de un ñandú, el paso lento de un guanaco o la fugaz corrida de dos zorros el anuncio de ese cambio de escena capaz de romper la monotonía desplegada a diestra y siniestra a o largo de más de 70 kilómetros.
Así es este viaje por el fin del mundo.
De golpe se borronea la silueta de la última barda de la meseta y el azul furioso del mar exhibe los brillos del sol, que estallan sobre el manto de aguas agitadas.
Para admirar el sencillo cuadro de las casitas de piedra y chapas acanaladas de Camarones restan un par de curvas y la vista franca de una cruz encaramada sobre un torreón. El monumento circular recuerda al primer aventurero europeo que admiró estas costas. En 1535, el navegante portugués Simón de Alcazaba y Sotomayor decidió explorar esta bahía abrigada, tal vez deslumbrado por la variedad de accidentes que dan forma a la costa: playa de canto rodado y de arena se alternan con la restinga donde estallan las olas, bordes rocosos, acantilados y los pliegues de los arrecifes poblados por mejillones, almejas, pulpos y vieiras, que el mar empapa en cada una de sus embestidas.

El paisaje colmó de asombro al adelantado al servicio de la Corona española, a tal punto que Alcazaba redactó aquí el acta fundacional de la Provincia de Nueva León. Sin muchos rodeos, ordenó formar a su tropa, leyó las disposiciones reales y obligó a todos a jurar fidelidad al rey y a él como flamante gobernador. A partir de ahí, los nuevos pobladores se dedicaron durante diez días a levantar los primeros cimientos de Camarones. Los alentaba la obstinada prédica de un sacerdote, que celebraba misa todos los días en un pequeño templo.
Como un preciado collar de colores vivos, de ese incipiente poblado se conserva inalterado el entorno, un maravilloso patrimonio natural en el que ocupan un lugar central las multitudinarias bandadas de petreles, gaviotas cocineras, cormoranes de la variedad imperial y biguáes. Durante casi cinco siglos, esta franja costera logró mantenerse al margen del acelerado avance de la urbanización moderna, lo que llevó a la Administración de Parques Nacionales a reconocer la bahía de Camarones como una suerte de “Kilómetro 0” del Parque Interjurisdiccional Marino Costero Patagonia Austral.

Se ven los aficionados a los deportes y los pescadores de salmón que ponen sus cañas en las playas menos transitadas y también los que juntan moluscos y algas en la orilla. Las artesanías en lana también son famosas en Camarones. Sus tejidos en telar hechas a mano se venden en la llamada La Casita del Telégrafo. En el sitio histórico también se consiguen objetos en cerámica y cuero de pescado, pinturas y bijouterie.

Una de las sencillas construcciones coronadas con techos a dos aguas -el rostro más reconocido de Camarones- reconstruye la oficina en la que el padre del ex presidente Juan Perón ejerció su cargo de juez de Paz. Entre los objetos personales, la iconografía justicialista y documentos oficiales exhibidos en las pulcras salas del Museo de la Familia Perón resaltan dos cuadros pintados por el futuro líder cuando transitaba su niñez, fotografías de su primera esposa y una carta dirigida a Evita el 14 de octubre de 1945:“Te encargo que le digas a Mercante que hable con Farrel para que me dejen tranquilo y nos vamos a Chubut los dos. Esto terminará y la vida será nuestra”. Sin demasiado esfuerzo se podría intuir que el visionario Perón había descubierto en este páramo una inhóspita versión del Paraíso.

A 28 km hacia el sur de Camarones por la calle Moreno y la ruta de ripio 1, el Área Natural Protegida Cabo Dos Bahías preserva una numerosa colonia de pingüinos de Magallanes que se acercan en esta época a la costa rocosa y los ejemplares de guanaco, ñandú y zorro típicos de la estepa patagónica. Para apreciar la pingüinera, los guías caminan junto a los visitantes por un sendero interpretativo de 400 metros de largo, que se abre paso en medio de los nidos y las cuevas de las aves, señalizados con carteles. Unas 30 mil parejas de pingüinos llegan en primavera y se quedan hasta fines del verano para procrear y luego alimentar a los pichones con peces y calamares. Cerca de allí, la isla Moreno es el hábitat de decenas de lobos marinos de un pelo y aves marinas como petreles, skuas, gaviotas cocineras y cormoranes.

El coche que me prestó mi amigo se porta muy bien. Cuando llegue a Comodoro Rivadavia lo dejaré “sano y salvo” y veré como sigo este viaje aventurero.