A las doce de la noche escucho un retumbo y piedras desprenderse, me asomo corriendo para ver cómo van cayendo piedras incandescentes hasta perderse en la falda del volcán junto con un gran penacho de ceniza. A la escena se le juntan unos relámpagos tremendos y truenos. Diez minutos después ha empezado a caer el diluvio universal. Drama.
La tienda es tan pequeña que es casi un vivac. Ahí dentro la lluvia me golpea a escasos 10 centímetros de la cara. Encima, las piquetas que llevaba eran malas de narices y han empezado a flojear por la zona de los pies. No tenía piquetas y apañé con dos clavos que encontré en el campamento y una pica de plástico. Con el diluvio universal, no están aguantando bien, por lo que el techo de la tienda me toca en las piernas como si me lloviera encima, pero sin mojarme. Coloco la mochila al fondo para estirar la tienda con el peso, ya que las piquetas de la parte de la cabeza sí aguantan. Hecho una pelota, consigo colocarme sin que me toque el techo de la tienda. El escenario es para verlo. Es uno de esos momentos en los que te dan ganas de llorar. Dormir es imposible porque la lluvia golpea la tienda con muchísima fuerza, es ensordecedora. Me dedico a contar los segundos entre relámpago y trueno. Empiezo con 14 segundos y claramente se está acercando. No sé el tiempo que he estado contando relámpagos, pero al final me he terminado durmiendo de nuevo.
Con la claridad del amanecer, a las 5 de la mañana, viendo que no llovía, salgo escopetado de la tienda. El paisaje es impresionante. El volcán está despejado echando su penacho de cenizas, aunque las nubes claramente amenazan con volver a causar problemas. En el lodge no se ve ni un alma, los cabrones duermen arropados y calientes con vistas al volcán. Recojo todo: esterilla, saco, ropa, etc., lo meto en la mochila y seco como puedo la tienda. Me refugio bajo el techado del lodge, donde tienen una especie de saloncito con sillas y hamacas, y hago tiempo mirando el volcán. A las 6:30 vuelve a diluviar, pero a base de bien, el volcán ni se intuye cubierto de nubes. Solo de pensar en bajar la ruta de ayer, me hace recordar las oraciones de las monjas para ver si deja de llover. Una hora después, bajo el chaval del lodge y, como si fuera un ángel, me dice que en una hora vienen en la pick-up a traer cosas y que si me espero me bajan. Me hago el remolón, me insiste y le digo que sí, conteniendo el abrazo. Aprovechando que deja de llover un poco, bajo al campamento donde dejé el resto de las cosas y, a los 10 minutos, aparece la bendita pick-up y bajo la lluvia me llevan calentito dentro de ella. Qué maravilla.
Llegamos a las 9 a la hostería justo para bajar corriendo a la parada de bus, tras despedirme de los chavales. A los cinco minutos aparece el bus. Cuando las cosas salen bien, solo queda aprovecharlo. ¿Quién me diría a las 5 de la mañana, cuando desperté, que a las 9:15 estaría en el bus camino a Quito?
Al final, El Reventador ha merecido la pena. Lo he pasado mal por la noche y la suerte ha hecho que el penar haya sido justo. Evidentemente, si volviera, dejaría la pasta y dormiría en el lodge. El bus a Quito son 4 horas. El paisaje por el que pasa es muy bonito, el cañón del río Quijos, cubierto de bosque nublado alternando cataratas que caen hasta el río. Muy chula esa parte.
Llego a Quito y pillo un taxi hasta el alojamiento del principio donde Jenny me recibe de maravilla. Me pone un zumito, me dice que le de la ropa sucia y me ayuda a tender la tienda de campaña y el chubasquero mojado. Qué maravilla de mujer. Me voy a comer a un bar al lado del alojamiento. Descanso un poco y me doy una última vuelta por Quito. Termino cenando temprano mientras Jenny me da charleta. A las 21 caigo en la cama fulminado.
