En la cabañita he pasado hasta frío. Con el calor que hace por el día, parece mentira que refresque a la noche.
Me he ido a desayunar al pueblo y a las 9 hemos salido desde el alojamiento a hacer un tour que parece interesante de primeras. Se ha apuntado el vasco, que venía de pescar por la madrugada, y se ha echado la caña de pescar, dice que por si acaso. El tío es majo e ir de charleta se agradece.
El tour ha empezado con una primera parte rodeando la costa. Está lleno de pelícanos, cormoranes y garzas. Esa primera parte está bonita. La primera parada es un río que se llama Siete Altares. El río está bien si no fuera porque es una romería. Quizá viniendo al amanecer, estando solo, puede estar bien, pero así me ha sobrado totalmente. Se anda por piedras muy incómodas y, con toda la gente, se hace agobiante. No merece la pena nada.
De los Siete Altares hemos ido a Playa Blanca. Yo ya me estaba oliendo la turistada. Me imaginaba toda la gente del río en la playa y se preveía dramático. Afortunadamente, no ha sido así. La playa es larga y la gente se hacina en el bar. En cuanto te alejas del bar, no hay nadie. Hemos ido andando hasta la zona sur, en la que había una casa con una familia viviendo en la orilla de la desembocadura de un riachuelo. Mi nuevo amigo Pablo, entusiasta por la pesca, le ha dicho al hombre que si nos lleva con la barca río arriba para tirar la caña. El chico le ha dicho que es puro manglar, que no se puede tirar la caña, pero que nos sube por 2 euros y que está bonito. Nos hemos montado en una especie de cayuco y hemos remontado río arriba entre manglar muy tupido, se ven bastantes pájaros y el paseo se hace muy gustoso. El hombre llevaba su charleta, bien simpático.
Después del paseo, nos hemos quedado en la orilla de la desembocadura, Pablo se ha puesto a tirar la caña y yo me he pegado un baño. Ya cerca de la hora, hemos vuelto a la zona del bar y nos hemos pedido un ceviche mientras me aconsejaba de zonas para pajarear en Colombia. Me ha dado el contacto de un tío que tiene acceso a un nido de águila harpía que tiene muy buena pinta. Voy a intentar ver la harpía en Panamá pero si no pudiera en Colombia es buena opción.
Volviendo para el barco, me he dado cuenta de que nos hemos ido sin pagar el ceviche. Ha sido olvido del bar, solo estábamos nosotros de clientes y encima, al terminar de comer, hemos estado de charleta con la camarera como 15 minutos, así que claramente ha sido olvido por ambas partes... El primer ceviche que me ha sabido más bueno después de comérmelo que durante.
Volviendo hacia el pueblo, nos hemos metido por un río a ver el paisaje. Hemos visto un manatí, pero ha sido simbólico. Ha asomado los morros un segundo y se ha escondido. El patrón dice que el sonido del motor les asusta y no volverá a salir. De nuevo en el mar, nos hemos cruzado con un grupo de delfines que han estado un rato jugando con las olas de la lancha. El tour me ha gustado. Lo de los Siete Altares es un truño, pero el resto está muy bien.
Volviendo de charleta con mi amigo, me cuenta que se va para el Pacífico a pescar. Pretendía hacer de Livingston al Pacífico en un día. Cuando le he dicho que eso es una paliza importante, me ha preguntado por mi plan. Le he comentado mi idea de intentar ver el quetzal y, como él también quiere probar suerte con el quetzal, dice que se me acopla si no me importa, que aquí en Livingston no hay mucha pesca y no es mal plan intentar ver el quetzal. Ya tengo compañía los próximos días. Lo bueno es que es bastante buena gente. Algo excéntrico, pero curioso. Ademas, se adapta a comer en sitios cutres, aunque claramente viaje con buen presupuesto.
Por la noche, hemos ido a cenar un burrito de dos euros de la calle. Está tremendo, lo hacen con ternera a saco, frijoles, puerros, una salsa picante y bien de sal. Tres euros un burrito como mi brazo y medio litro de cerveza.
El ambiente en Livingston por la noche es de fiesta modo verbena. Nos hemos acercado a la zona de la música a tomar unas cervezas y hemos echado ahí un buen rato. Si no fuera acompañado, no me habría metido ahí ni loco. Está todo lleno de garífunas con la música a dos mil decibelios. Música garífuna que son como tambores acelerados y gritos de fondo. Se juntan como por grupos de amigos en los que se ve a más de uno perjudicado. Aun siendo tan africano, el ambiente tiene un toque a fiesta de pueblo total. El volumen de la música es de locos. Con el ambiente más caldeado ya se animaba la gente a bailar, meneando las caderas o dando saltitos.
Medio chispado, hemos terminado acostándonos pasadas las 12. Mañana me toca madrugar. Resulta que mañana es la fiesta del asentamiento garífuna aquí. Voy a pillar la de Belice y la de Guatemala, asi que al amanecer para el puerto. Me parece que hoy, con la cerveza, no voy a dormir muy bien.