Al día siguiente fuimos a visitar el fuerte de San Felipe de Barajas. Está a un corto paseo desde el barrio de Getsemaní, pero es mejor ir por la mañana temprano, antes de que el calor sea insoportable. La entrada cuesta 30mil COP por persona, y nada más llegar encuentras vendedores ofreciéndote agua y gorros. Así que nos pusimos nuestras gorras y sacamos nuestras botellas de agua bien visibles.

El castillo de San Felipe de Barajas es Patrimonio de la Humanidad. Fue construido por los españoles y jugó un papel decisivo en el Sitio de Cartagena de Indias (1741). Antes del viaje habíamos leído un poco sobre este episodio histórico, cuando los españoles, comandados por Blas de Lezo, vencieron a la flota inglesa, que tenía una abrumadora superioridad numérica. Los ingleses estaban tan seguros de su victoria que, antes de partir hacia Cartagena, acuñaron monedas para conmemorar la rendición de la ciudad de Cartagena, con un Blas de Lezo arrodillado. Se precipitaron un poco porque esto nunca sucedió.
A la entrada del fuerte hay una estatua de Blas de Lezo (al que le faltaba un ojo, un brazo y una pierna), con una reproducción de estas monedas en el pedestal. Y en el interior se pueden ver originales de las precipitadas y mentirosas monedas.


La vista es muy interesante, y sirve para darte cuenta del poderío de la fortificación, no solo por su construcción, sino por su posición elevada, desde la que se controla toda la ciudad y la bahía de Cartagena. Las vistas son formidables desde allí.



Además, hay una serie de túneles muy largos. Tanto, que no nos atrevimos a seguirlos hasta el final, porque no se veía nada. Un pequeño museo te cuenta las vicisitudes del castillo desde su construcción.
Cuando el calor ya apretaba, dimos por finalizada la visita. Nos acercamos al monumento a los zapatos rotos, pero no hicimos ni foto, había una cola larguísima.
Nos fuimos a visitar la ciudad amurallada, pasando por el parque de San Francisco, donde pudimos ver iguanas, perezosos y unos monos muy raros, los tití de cabeza blanca. Había tenido que descartar las zonas donde ver perezosos, así que me hizo mucha ilusión verlos, aunque fuese por los árboles del parque (en libertad).



Pasamos el resto de la mañana callejeando por la ciudad amurallada. Vimos la catedral, las murallas y nos perdimos por las callejuelas, disfrutando de esas casas de colores con balcones de madera. Cartagena es una ciudad muy, muy bonita.



La única pega que yo le encontré a Cartagena es la insistencia de sus vendedores, que te persiguen por la calle (me ofrecieron absolutamente de todo). O de los raperos pesados que caminan a tu lado. Por lo demás, la ciudad es una maravilla.
Empezó a llover fuerte y nos entramos en un bar a tomar una cerveza mientras escampaba. Buscamos un sitio para comer recomendado, que resultó ser el Espíritu Santo. Nos gustó mucho: sancocho de carne y de pescado, cerveza artesana y un jugo. Todo buenísimo por unos 60mil COP.
Después dimos un paseo por el barrio de Getsemaní. Este barrio extramuros es muy colorido, con muchos murales de todo tipo, algunos muy bonitos. Está lleno de lugares instagrameables.



Nos relajamos un rato en la piscina de hotel y salimos a cenar por allí cerca. No queríamos complicarnos mucho la vida y optamos por unas arepas allí cerca. “La vida es como una arepa, sabe a lo que le eches”, rezaba en un mural cercano a nuestro hotel.

Esa noche fue más tranquila, sin baby shower, y pudimos descansar mejor.