Aterrizamos en Túnez a eso de la 1:30 de la mañana, una hora un poco intempestiva para llegar a una ciudad que por la noche está prácticamente desierta.
Lo primero, intentar sacar dinero. Hay un cajero en la misma zona de recogida de maletas, pero no funcionaba. El resto de cajeros y casas de cambio están saliendo ya al hall, pero entre todos los españoles que por allí andábamos probamos todos los cajeros y no iba ninguno, por lo que cambiamos 10€ en la única casa de cambio que estaba abierta.
Además de cajeros y casas de cambio hay bastantes oficinas de coches de alquiler y algunas de telefonía. Bastante completo, para quien llegue de día, eso sí.
Una vez se sale del hall a la calle nos encontramos con la zona de taxis y justo enfrente el parking. Lo mejor sería seguir en línea recta cruzando el parking y coger el taxi en la calle, pero eso no lo sabíamos entonces, así que como ya he contado tuvimos que discutir con los taxistas.
Para esta primera noche, al llegar tan tarde, preferimos quedarnos en un hotel con recepción 24 horas. Elegimos el Oumara, con habitaciones bastante sencillas y decoración algo anticuada, pero limpio, cómodo y con desayuno correcto. Está en la zona francesa de la ciudad, muy cerca de la estación de tren, el mercado central y la medina, el personal es amable y, si se lleva coche, hay bastante sitio para aparcar en la puerta.
Por cierto, que en la fachada lateral hay un bonito mural que tienen medio escondido entre los árboles, con pinta de ser de la época en la que el hotel se construiría como un lugar más espléndido de lo que hoy es.
Al día siguiente nos cambiaríamos a un apartamento cercano a la puerta principal de la medina que era algo más económico que el hotel.
Por la mañana recorrimos un poco las calles de la Ville Nouvelle, la zona colonial francesa, con edificios art deco de finales del siglo XIX, en los que vivían los extranjeros, en su mayoría europeos, y tunecinos adinerados con todas las nuevas comodidades de la época, como electricidad o agua corriente, lujos que no tenían en la ciudad antigua dentro de las murallas.

Hoy día encontramos edificios desvencijados en los que entre la cartelería de los negocios que ocupan las plantas bajas y la ropa tendida en los balcones, a veces, nos sorprende alguna bonita fachada, decorada con mejor gusto que quien elige la cartelería actual que las tapa y afea (que no falte la publicidad de la Cocacola) y con no pocos desconchones.
La avenida Habib Bourguiba es el eje principal de esta zona de la ciudad, aquí se encuentran algunos grandes hoteles, el teatro, la catedral, restaurantes y cafés en los que sentarse a ver cómo se desarrolla la vida local. Tantos negocios hacen que sea una zona llena de vida, incluso una vez se hace de noche es de los pocos sitios donde queda algo de movimiento mientras que el resto de calles quedan desiertas.
Los edificios más llamativos de la avenida son el teatro Municipal, uno de los pocos del mundo de estilo art nouveau y la Catedral de San Vicente de Paul, que no pudimos curiosear porque cada vez que pasamos por allí estaba cerrada.
Comimos en el Café del Teatro, donde la comida es aceptable, sin ser gran cosa, los precios correctos y su terraza con vistas al boulevard es bastante agradable. El horario es muy amplio, ya que abren desde temprano para los desayunos hasta tarde para las cenas. Es siempre una buena opción cuando no se encuentra otra cosa abierta, mientras que otros restaurantes con buena pinta que teníamos localizados cerraban a las 15:00.
Allí practicamos por primera vez el entretenimiento tunecino por excelencia, sentarnos en una terraza con un té a la menta mientras vemos la gente pasar.

Ya por la tarde, nos dirigimos a la medina, que por cierto es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco junto con la de Sussa. Si bien es bastante turística y tiene varias calles repletas de tiendas de souvenirs, es muy grande y, recorriendo sus distintos zocos, encontramos muchas zonas de vida local y multitud de callejones en los que perderte. Los vendedores de souvenirs no son tan pesados como en otros países y puedes pasear y mirar sin que alguien te insista continuamente que compres alguna baratija.
Entramos en la medina por la puerta de Bab Al-Bhar, que marca la separación entre la ciudad antigua y la ampliación que se hizo en época francesa, calles rectas y bien ordenadas en cuadrículas a un lado y una maraña de callejones al otro. Se encuentra en una agradable plaza en la que los niños juegan en la fuente de agua mientras los turistas más adinerados se toman un café en la terraza del lujoso Royal Victoria, un bonito hotel que antes fue embajada británica.
Los orígenes de la puerta datan del siglo XIII, formando parte de la estructura defensiva de la ciudad, daba acceso al puerto, de ahí su nombre, que significa puerta del mar, y por ella accedían a la ciudad todos aquellos mercaderes y mercancías que llegaban a Túnez desde todo el Mediterráneo, convirtiéndose en un importante centro comercial.
Su estilo se ha modificado varias veces a lo largo de los años, de manera que el diseño actual es del estilo otomano que se le dio en el siglo XVIII. Hoy día es un símbolo para los tunecinos y un punto de encuentro para locales y foráneos.

Desde allí, y sin rumbo alguno, nos fuimos adentrando en un enjambre de calles, cruzando los zocos de los perfumistas, joyeros, ropa, enseres de cocina… en los que la poca luz que entra lo hace a través de unas sucias claraboyas y parece que siempre sea de noche, a la vez que así quedan las calles resguardadas de la implacable calor.
Perdidos por la medina encontramos varios monumentos (cuenta con unos setecientos), varios palacios, madrasas y mausoleos, aunque solamente entramos en un par de madrazas, ya que nos apetecía más disfrutar del ambiente de las calles.

En un punto bastante céntrico de la medina encontramos su monumento más importante, la Mezquita Zituna, o Mezquita de la Aceituna.
Construida nada menos que a principios del siglo VIII. Los no musulmanes podemos visitar el patio, sin entrar en la zona de oraciones, aunque, torpe de mí, me olvidé el foulard en el hotel y tuve que asomar la cabeza desde un biombo que tapa la entrada para poder verla. En uno de los laterales de la mezquita hay una especie de logia con escalinata donde suele haber muchos hombres pasando el rato, de estos, varios se acercaron a ofrecernos información sobre terrazas con vistas y siempre nos decían que no se podía entrar en la mezquita, desconozco la razón, pero poderse se puede entrar.
El patio se veía bastante sencillo, sin mucho ornamento, lo más interesante son las ciento sesenta columnas traídas desde las ruinas de la ciudad de Cartago.

También subimos a curiosear las terrazas de algunos cafés que anunciaban vistas panorámicas. Las vistas eran interesantes, pero no nos impresionaron mucho, si bien permiten admirar el minarete de la mezquita mucho mejor que desde abajo, el resto es casi todo los techos de los zocos.
En todos los que nos asomamos pudimos subir sin necesidad de tomar nada, aunque sí nos tomamos un té en un lugar bastante agradable llamado Café du Souk. Los precios en la carta nos parecieron excesivamente caros, por un té 8 dinares, pero el camarero nos dijo que nos cobrarían precio tunecino, 2’5 dinares, y decidimos quedarnos.
Pero más lo más bonito, o lo que para mí da más encanto a la medina, son sus puertas azules y amarillas, decoradas con remaches dando forma a detallados dibujos. Difícil fue no hacerle fotos a todas y cada una de ellas.

Paseando por la calle Sidi ben Arous, que sale frente al minarete, encontramos bastantes cafés a pie de calle que se iban animando según iba a atardeciendo, algunos algo turísticos y otros donde se veía más ambiente local. Nos tomamos otro té por allí para probar el tradicional con piñones y, casi sin darnos cuenta, se hizo de noche y las calles quedaron rápidamente desiertas.

Nos compramos algo para cenar en un local de comida rápida que encontramos en esa misma calle, llamado Dkik&Zit, ya que poco más quedaba abierto por allí a esas horas, sería las ocho y media o nueve. Pedimos un Malfouf, que venía a ser como un rollo, tipo durum, relleno de verduras, queso, huevo, etc. estaba bastante bueno, y nos fuimos para nuestro apartamento.
A la vuelta nos perdimos un poco y recorrimos una buena parte de la medina completamente a oscuras, alumbrándonos con la linterna del móvil. Calles que un rato antes estaban llenas de vida, ahora solo los gatos y algún turista despistado como nosotros vagaban por ellas.
Una vez salimos de los zocos llegamos a la zona de casas particulares, desde las que salía algo de luz y el sonido de las familias ya reunidas para la cena, y por fin a nuestra casa, que por suerte estaba pegada al antiguo cinturón de la muralla que rodeaba la ciudad y era fácil de localizar en aquel enjambre de calles.