Dicen que el Mt. Fuji se deja ver bien temprano.
Madrugamos, pero yo más. Me levanto a las 6 de la mañana, a ver si Fuji-sama se deja ver. Dicen que el Fuji, en verano, siempre está tapado por el calor que hace en la zona, que conforme avanza el día el vapor producido por el agua de los lagos crea estas nubes tan dichosas que lo cubren. Si madrugas representa que aún no has dado tiempo a que se creen estas nubes y el Mt. Fuji se deja ver. Así está el Mt. Fuji a las 6.00 de la mañana desde la habitación.


Las vistas son preciosas, el Mt. Fuji... se podría dejar ver un poco más, la verdad. Ya llegará el momento.
La zona de Kawaguchiko tiene muchos puntos de interés. Hoy volveremos a algunos y visitaremos otros nuevos. El coche nos da mucha libertad y ahorro de tiempo. No depender de un bus en esta zona es un privilegio que recomiendo.
Nos acercamos a Arakurayama Sengen Park, en Shimoyoshida. Aquí se encuentra, a parte del santuario que le da nombre al parque, una de las fotos más bonitas y más vistas de Japón. Para ello hay que subir más de 400 escalones, que aunque sean las 9 de la mañana, cuestan con el calor y la humedad reinante en la zona. Pero una vez arriba, bien merecen estos escalones la recompensa obtenida.



Imaginaros ya si se viera el Mt. Fuji... todo un lujo.
Para bajar bordeamos el parque por una cuesta a la sombra, con calma. Llegamos a Arakuayama Sengen, el santuario al pie del parque. Como todos los santuarios o templos de Japón, tiene su merchandising de amuletos, tablas donde poner tus deseos, galletas de la suerte...

Cogemos el coche y nos dirigimos a lo que sería, para mí, una pequeña decepción: Oshino Hakkai.
No sé si es que no entendí bien lo que era o me había hecho una imagen errónea de la zona. Sé que es una zona con estanques, ambientada en una época anterior por donde pasear y admirar el paisaje, pero varias cosas me desagradaron. La primera, le megamasificación. Como un sitio tan pequeño y aislado puede albergar a tanta gente. La segunda, los estanques no estaban lo mejor cuidados que podían estar. Y la tercera, me da la sensación que es un lugar preparado y orientado al turista. No lo disfruté.



Comemos unos soba noodle en un restaurante de la zona y, con un poco de depeción, volvemos al coche. Nos vamos a la otra zona del lago Kawaguchiko, a visitar unas cuevas: La cueva del Hielo y la Cueva del Viento.
El camino hacia destino es precioso.

Una vez llegamos vemos que no hay mucha gente, cosa que se agradece. Eso sí, los pocos que hay van con chaqueta y bien preparados. Nosotros, como buenos turistas, en manga corta y pantalón corto, con las chaquetas bien colgadas en el hotel. Compramos las entradas.
La primera cueva que visitamos es la Cueva del Hielo. Como puede cambiar tanto la temperatura en cuestión de 2 metros! Vas bajando las escaleras que te van adentrando en la cueva y vas notando como el frío se mete por debajo de los pantalones en menos de 3 escalones. Y aún ni hemos entrado! Conforme bajas tú, baja la temperatura, llegando a ser de 0 grados (y nosotros en manga corta), pero lo peor son las gotas de agua helada que te van cayendo mientras te vas adentrando... traicioneras. Hay que ir con ojo, sobre todo las personas que no somos bajitas, ya que hay muchas partes de la ruta que son muy bajas y estrechas.


Salimos congelados pero, dentro de nuestro masoquismo, cogemos el coche y nos dirigimos a la Cueva del Viento. Dejamos el coche en el parquing y nos adentramos por el camino a esta cueva a través de un bosque, debidamente señalizado, pero precioso.

Llegamos a la cueva y no hay viento por ningún lado. Nos vamos adentrando por la gruta y vuelta a lo mismo; frío, gotas de agua... y un almacén! Vemos que tienen productos refrigerados gracias a la temperatura que hay abajo. Pero por qué se llama la Cueva del Viento? Lo desconozco...

Una vez fuera, y cogiendo temperatura, empieza a llover con ganas. Japón tiene esto. Nunca, en las veces que yo he estado, llueve un chirimiri que te permita seguir con tus actividades, siempre que nos ha llovido ha sido de forma torrencial. Eso sí, fugaz. En el coche, y aún con tiempo por delante, decidimos entre mi mujer y yo enseñarle a Kenzo Iyashinosato Nemba. Según nuestra experiencia, le puede gustar bastante más que Oshino Hakkai. Así que cogemos el coche y nos acercamos a este pequeña aldea que conserva las casas con tejado de paja, estilo gassho-zukuri. Cada una de estas casas está orientada a especialidades artísticas: música, artesanía local, incienso, etc... La aldea está casi vacía, ya que la lluvia torrencial de hace unos minutos parece haber ahuyentado a la gente, así que podemos verla con calma y tranquilidad.




Hay talleres de taiko, de costura, de dibujo... aunque nosotros nos limitamos a visitar y mirar.
Ahora ya sí, habiendo oscurecido y después de hacer algunas compras, nos acercamos a un Lawson de Kawaguchiko para la cena, desayuno y agua. Mañana nos despedimos del Mt. Fuji.
PERO... ya en el hotel, a eso de las 19.00 de la tarde, descansando en la habitación mientras unos se duchan, otros juegan con la tablet... noto un ligero balanceo. Miro la lámpara de la habitación y veo un pequeño movimiento. Mi hijo, ensimismado con la tablet, ni se entera, así que tampoco le digo nada porque ya se preocupó el día de antes. Al día siguiente confirmo que sí, que a las 19.59 se produjo un terremoto de 5.0 en la zona donde estamos. Fue MUY ligero, casi imperceptible, pero incrementó un poco la preocupación que tenía sobre la alerta emitida el día de antes.
A ver cómo avanzaban los días...