Marsaxlokk.
Situado en la costa oriental de la isla, desde la carretera, de lejos, Marsaxlokk no pintaba mal, con sus casitas, su puerto y el agua del mar de un intenso tono turquesa. Ya de cerca, era otro cantar, y no porque el pueblecito sea feo sino por la inmensa multitud que surcaba su calle principal, la que bordea el puerto. Al tratarse de un pueblo de pescadores, se aconseja visitar Marsaxlokk en domingo para conocer su pintoresco mercado de pescado, que solo se pone ese día. Bueno, pues fuimos en domingo, supongo que de modo premeditado.


Su nombre significa “puerto del sudeste”, aunque también hay quien lo traduce como “bahía del siroco”. Es una de las visitas recomendadas en todas las guías de Malta por su carácter de pintoresco pueblo marinero. Los pescadores emplean para faenar unos barcos de colores brillantes que abarrotan el puerto, ofreciendo una estampa muy llamativa sobre un mar entre turquesa y verde esmeralda bajo la luz del sol.

Este tipo de barco de pesca tradicional maltés recibe el nombre de “luzzu” y su proa está decorada con dibujos de los ojos de Osiris, un símbolo que trajeron los fenicios desde Egipto y cuyo propósito sería proteger del mal, de los peligros del mar y como amuleto para la pesca. En cualquier caso, púnicos, cartagineses, griegos y romanos solían pintar ojos en sus naves. Naturalmente, también se puede dar un paseo por el puerto en estos barquitos sacando un ticket. En esta ocasión fue que no.

Me acerqué a la Oficina de Turismo y pedí un mapa, aunque realmente no hace falta porque la visita del pueblo consiste en seguir la calle que bordea el puerto pesquero desde el malecón hasta el final, con una parada en la plaza a la que se asoma la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, que estaba cerrada.



Más allá, trazando la línea del mar, continúan las casas tradicionales, de paredes ocres, con balcones pintados de colores, muchas de ellas convertidas en restaurantes, cuyas terrazas repletas hacían casi imposible la simple tarea de caminar sin tropezar con algo o alguien, además del peligro que suponían los coches, pues algunos circulaban, quizás eran residentes.



Lo peor era que, en torno al puerto, estaba instalado no solo el afamado mercado de pescado, que se reducía a unos seis o siete puestos con poca mercancía, sino un mercadillo inmenso de todo tipo de cosas y productos, una mezcla entre el mercadillo de barrio de siempre y los de nuestras poblaciones playeras en verano. Siendo domingo y con tan buen tiempo, habían acudido centenares -¿o eran miles?- de turistas, especialmente sicilianos, que están al lado y aprovechan el fin de semana para comer allí y, de paso, comprar. En fin, tampoco hay que quejarse demasiado, pues a la masificación contribuimos todos.


Almorzamos en el primer piso de uno de esos restaurantes, que contaba con un precioso balcón pintado de azul con buenas vistas del mar. Sin reserva, dudo que alguien pudiera haber encontrado una mesa libre. Tomamos ensalada, pescado fresco, guarnición de patatas con una salsa muy rica y sorbete de limón. Pedí vino blanco y me gustó.


Por mucho que se recomiende visitar Marsaxlokk en domingo para ver el mercado de pescado, yo hubiese preferido la tranquilidad de un día de diario. Creo que el pueblo me hubiera gustado más. A los amantes de las compras, quizás no.

Ghar Dalam.
Ghar Dalam significa “cueva de la oscuridad” y era nuestra última visita del día. A esas alturas, ya estábamos empezando a cansarnos de la guía local, pues aparte de no entenderle casi nada (yo ya pasaba de ella e iba a lo mío) parecía empeñada en amargarnos la ruta. Obsesionada con la hora (la jornada debía acabar a las cinco en el hotel), se puso casi histérica ante el retraso ocasionado por el intenso tráfico y el consiguiente atasco. Así que se le ocurrió casi desaconsejar el siguiente lugar programado con el argumento de que la cantidad de escaleras y la posibilidad de que estuviesen resbaladizas podían constituir un grave peligro para un grupo de jubilados, máxime cuando habría que ir deprisa para cumplir el horario. No es que yo me asustase, claro está, pero algunos empezaron a preocuparse, pues nos dirigíamos a una cueva. La guía que llevábamos desde España (una chica argentina majísima) se hacía cruces, pero no conocía el lugar, así que solo dijo que no nos preocupásemos y que cada cual emplease el tiempo necesario para recorrer el sitio con seguridad.

Aunque no es de los más visitados en Malta, este lugar tiene mucho interés a nivel paleontológico. Al final de la Edad de Hielo, 130.000 años atrás, gran cantidad de restos óseos de animales ya extinguidos en Europa como elefantes o hipopótamos fueron arrastrados por las corrientes de agua y arrojados en el interior de esta cueva. Un proceso similar se repitió hace 18.000 años, si bien entonces fueron osos, ciervos o lobos. Se han encontrado huesos y fósiles en otros lugares, pero la mayor concentración se halló en Ghar Dalam, donde también se descubrieron los restos humanos más antiguos de Malta, que datan de hace 7.400 años.


La investigación de la cueva comenzó en 1885 y se abrió al público como museo en 1932. Lo primero que vimos fue la exposición, con restos óseos muy interesantes, algunos del Pleistoceno. Me llamaron la atención los de elefantes e hipopótamos. No entiendo mucho de paleontología, pero me sorprendió la enorme cantidad de huesos y fósiles que se conservan en las vitrinas.


Para llegar a la cueva tuvimos que bajar las “terribles” escaleras con que nos había amenazado la guía local y que no eran sino una cincuentena de peldaños normales que se pueden encontrar en cualquier calle o parque. De camino, nos topamos con varias cosas: las ruinas de una antigua villa romana, los restos de una muralla tradicional maltesa y una torre vigía del año 1700. Igualmente, pudimos ver varios ejemplares de tetraclinis articulata, el árbol nacional de Malta, también conocido como ciprés de Cartagena, alerce africano o araar (għargħar, en maltés).

Quien vaya con la idea de visitar una típica cueva de estalactitas y estalagmitas se llevará una decepción. Se recorre cómodamente a través de una pasarela con barandilla, no es muy profunda y no tiene salida. Se ven algunos grafitis, pues fue refugio antiaéreo durante la II Guerra Mundial.

Se contemplan también las capas donde estaban depositados los restos de animales encontrados en su día, así como algunas estalagmitas de gran tamaño, a las que cada cual da su propia interpretación…


La visita me pareció curiosa y la cueva me gustó (me gustan casi todas las cuevas), aunque no lo considero un sitio imprescindible para ver en Malta, salvo que se disponga de tiempo suficiente o se esté muy interesado en el tema.

Al terminar, volvimos al hotel. Más tarde, fuimos a ver el dolmen del Hotel Double Three by Hilton y dimos un paseo por la playa (ya lo he contado en su etapa). Esa noche, durante la cena acordamos con las otras tres compis que, en adelante, cada tarde haríamos nuestras propias excursiones en autobús.