Bangkok de noche es casi más interesante que de día, bueno, sin casi, porque no se trata solo de salir de fiesta o divertirse, sino que sus habitantes realizan buena parte de sus actividades cotidianas a unas horas en las que no azota tanto el calor. Las tiendas están abiertas, los centros comerciales también, hay multitud de mercados nocturnos y las calles se llenan de gente, de puestos de comida y de muchas cosas más, como lo bonitos que lucen los templos que están iluminados.



Para una tarde-noche, mi amiga y yo habíamos reservado online desde España un tour con Civitatis, operado por Mundo Nómada, ya que no sabíamos cómo nos moveríamos allí y queríamos aprovechar el tiempo al máximo. Luego, comprobé que, aunque el recorrido me gustó bastante (fuimos solo cuatro personas y el guía, muy majo, por cierto), no hace falta contratar nada. Además, resultó que ella se lo perdió por no llegar a tiempo al inicio del tour al verse involucrada en un atasco terrible a causa de unas obras en el itinerario que la conductora de su Grab fue incapaz de esquivar. Ojo, pues, si vais con hora.


Paseo nocturno en barco por el río Chao Phraya.
En las ciudades donde es posible, siempre me gusta dar un paseo por el río. En Bangkok, además de una actividad recreativa los barcos que recorren el río Chao Phraya suponen también una forma de transporte muy viable, ya que son rápidos y evitan algunos atascos. Hay diversas opciones, desde barcos que ofrecen pequeños cruceros y cenas de lujo a botes de recreo o barcazas que cruzan de una orilla a otra. Para lo que nos interesaba, vimos dos tipos de embarcación, los Bandera Naranja (Orange Flag), que son más baratos, disponen de paradas en numerosos muelles y los utilizan bastante los locales; y los Bandera Azul (Blue Flag), el típico barco turístico que ofrece un pase para toda la jornada, durante la que es posible subirse y bajarse a voluntad en los muelles disponibles.


Aunque era más caro, su precio (4,15 euros al cambio por pase diario) nos pareció muy ajustado y así no tendríamos que preocuparnos por sacar billetes y otras cuestiones. Además, son grandes y disponen de una amplia cubierta al aire libre para ir viendo el panorama. Bueno, cada cual que elija lo que más le convenga.



De una forma o de otra, contemplar Bangkok desde el río Chao Phraya me parece imprescindible, tanto de día como al atardecer y de noche también. Pasé un rato estupendo contemplando como se iban encendiendo las luces de los rascacielos, fundamentalmente de hoteles de lujo, que se asoman a las orillas, la vorágine de gente alrededor de los centros comerciales, como Icosiam, los tejados de colores de los templos con sus puntiagudas pagodas, el derroche de luz dorada de Wat Arun, los puentes, los barcos extravagantemente iluminados…




El paseo de una hora más o menos resultó muy bonito y agradable en una noche con el cielo cubierto de nubes pero sin lluvia, una ligera brisa y una temperatura fantástica. Qué suerte tuvimos en este viaje con el tiempo…


De un tirón, hicimos todo el recorrido del barco Bandera Azul, que va del muelle Asiatique, un centro de ocio sumamente concurrido, en el que destaca su noria hasta Pier Phra Arthit. Empezamos al atardecer y terminamos ya de noche cerrada.


Khao San Road: la calle de los Mochileros.
Casi una hora después, nos bajamos en al muelle de Phra Arthit, desde donde en unos pocos minutos llegamos a Khao San Road, cuyo origen se remonta a finales del siglo XIX, cuando Rama V estableció allí el mercado de arroz (khao) más grande de Bangkok. Actualmente, se conoce como la Calle de los Mochileros, debido a la gran cantidad de alojamientos baratos que se empezaron a abrir allí a partir de los años 70 del pasado siglo. También lo puso de moda la película “La Isla”, de Leonardo Di Caprio.


Khao San Road junto la aledaña Soi Ram Butri forman una de las zonas más animadas de Bangkok, sobre todo por la noche. Está repleta de bares, restaurantes y terrazas, vendedores ambulantes de todo tipo de cosas y también un enorme mercado de ropa de segunda mano. Por supuesto no faltan los puestos de comida local y exótica, entre la que destaca una gran variedad de “deliciosos” insectos. Entre los del plato degustación que nos ofrecieron, me atreví a probar un gusano y no quiero acordarme de cuál otro más. Reconozco que no sabían mal, en realidad no sabían a nada, solo me dejaron en la boca una textura como de cascarilla. Pero el cerebro trabaja y el rechazo a la hora de repetir fue más por reparo mental que por el mal sabor en sí.

Por lo demás, cientos de personas, música y masajes en plena calle, discotecas, sastres que confeccionan un traje en una hora a incautos clientes de conductores de tuk-tuk a comisión, barberos, alimentos afrodisiacos, amuletos, reclamos de supuestos espectáculos de índole sexual… En fin, un maremágnum que hay que conocer.


Chinatown.
Después, cogimos un tuk-tuk para ir al Barrio Chino, que yo ya había recorrido de día. Fue una experiencia distinta, tanto el recorrido en tuk-tuk, como el paseo por Chinatown de noche. Lo del tuk-tuk fue realmente demencial: no sé si nos tocó uno que quería hacer méritos turísticos, pero su afán por alcanzar velocidades insospechadas y esquivar coches y motos por cualquier recoveco en dirección propia o contraria me puso de los nervios. Menos mal que me dio por reír en vez de por gritar. De paso, vimos varios templos iluminados, pero apenas pude hacer un par de fotos porque los botes y rebotes casi me lanzan fuera del vehículo. Enseguida comprendí por qué lo primero que te señalan al subir es la barra para sujetarte. Y ya no me solté
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El Barrio Chino me había gustado mucho de día: sus comerciantes y artesanos trabajando con sus enseres en la calle, frente a sus tiendas abiertas de par en par. Pese a todo, se notaba cierta tranquilidad, un ambiente local y genuino que no he notado en los barrios chinos de otras ciudades que he visitado, algunos también espectaculares sin duda, pero en los que me dio la sensación de que el escenario está preparado para atraer a los extranjeros. Por la noche, el barrio se transforma en un sitio diferente, una auténtica locura, sobre todo antes de que corten el tráfico. Una amalgama en teoría imposible pero real de miles de personas, tenderetes, puestos de comida con sus propios fuegos y cocinas trajinando con un sinfín de ingredientes; en medio, coches, motos y tuk-tuks. Avanzamos entre empujones, sorteando carritos, mesas y turistas con sus móviles en la mano, haciendo fotos en alto.




Atrajeron mi atención los mariscos y los calamares, las langostas y unas cigalas enormes. Entre otras cosas, probé una masa de harina frita en forma de bolitas alargadas, parecida a la de los churros pero terminada al horno para quitarle grasa. Por encima, les pusieron una crema blanca y una crema verde, ambas dulces. No sé qué eran en realidad, pero estaban de vicio.




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Luego, fuimos a cenar. Nos pusieron un surtido de platos. Cada ración costaba entre 50 y 100 bahts. A estas alturas, no recuerdo sus ingredientes ni mucho menos sus nombres. La botella de cerveza era de 620 ml y costaba 100 bahts. Pensé que sería incapaz de tomármela entera, pero casi me faltó en cuanto el picante empezó a hacer efecto en mi garganta, de la que creí que podría lanzar fuego como un dragón. Menos mal que pedimos “sin” picante. ¿Estos qué piden?, se preguntarán ellos. Bueno, algunos platos picaban más que otros, tampoco voy a exagerar. El caso es que obviando lo, en mi caso, imposible de obviar, todo estaba bastante bueno.


Al final, regresé al hotel en un taxi, pedido a través de Grab. Me cobró 150 baths desde la torre MahaNakhon, el rascacielos más alto de Bangkok con sus 314 metros de altura y que cuenta con un extraordinario mirador en su terraza superior. Casi a medianoche y tras una jornada completa en la calle, además de sentirme agotada, me había quedado sin batería en el móvil y con todas las pilas de la cámara de fotos descargadas. ¡Una pena, nada que hacer!

