Amanece un nuevo día y el viaje tan esperado echa a andar. Toca acercarse a la estación de Atocha a coger el AVE y allí quedo con mi acompañante en el vestíbulo correspondiente aguardando a que los indicadores nos muestren el andén de embarque. Mientras esperamos, un nutrido grupo de turistas orientales va aumentando en sus integrantes y parece que los vamos a tener como compañeros en la ida rumbo a Barcelona. Efectivamente, es empezar a salir la información y “cuando ruge la marabunta” se pone en marcha y arrolla todo a su paso para ponerse los primeros en la cola de embarque. Como los últimos serán los primeros, como reza el proverbio bíblico, un rato después abren más filas de embarque y nos ponemos a su mismo nivel en otra fila sin necesidad de las ansias iniciales. Esperemos que no nos toquen en el mismo vagón….
A la hora de reservar los billetes elegimos el vagón del silencio cuyas características son las siguientes:
. No podrás mantener conversaciones por teléfono móvil.
. Debes usar los auriculares para escuchar audio o video y siempre a un volumen que no moleste al resto.
. Debes silenciar todos los dispositivos electrónicos.
. Respeta el silencio, habla en un tono bajo y evita conversaciones largas.
Con ello nuestra idea era tener un trayecto tranquilo pero lo que no sabíamos era que nos íbamos a ver inmersos en “LA AVENTURA DEL VAGÓN SILENCIOSO”, muy pronto en sus puntos de venta favoritos.
Aparcadas maletas, identificado asiento y hechos los preparativos para la singladura esperamos la hora de salida. Breves instantes antes de cerrarse las puertas accede al vagón una señora todo acalorada y cargada hasta los topes. El tren arranca y la susodicha empieza a buscar sitio para dejar su equipaje farfullando y haciendo visajes de angustia. Como somos gente de bien le ayudamos a subir una maleta a la bandeja superior del vagón y dejamos que se acople, resultando que su asiento estaba delante del nuestro y junto a otra señora que ya estaba en modo zen. Ni corta ni perezosa la pasajera tardona se sienta, saca el móvil y se pone a hablar con un interfecto a grito pelao. A los cinco segundos de la conversación su compañera de fila gira la cabeza y le espeta de manera cortante: “Señora, cállese, éste es el vagón del silencio, cuelgue la llamada”. La otra toma nota, musita una disculpa y cuelga.
Parece que la tranquilidad se adueña del vagón y el traqueteo constante por las vías nos acompaña hasta la muy noble, muy leal, muy heroica, siempre heroica, muy benéfica e inmortal, ciudad de Zaragoza. Mientras el tren va parando, sube y baja gente mi acompañante y yo, en voz bajita, iniciamos una conversación. Al poco, otra pasajera se levanta del asiento se acerca a nuestras inmediaciones y nos “sugiere”, con un adusto gesto, que en boca cerrada no entran moscas. Toca disculparse y bajar la cabeza pese a que el exceso de celo parece desproporcionado.
Todavía no ha acabado la función porque en Lérida Pirineos sube un joven con pinta de pandillero armado de varios botes de cerveza que deglute sin solución de continuidad, todo ello acompañado los sucesivos chasquidos de las latas y los regüeldos de satisfacción correspondientes. Acto seguido desenfunda su teléfono móvil y se pone a ver y oir vídeos de youtube, a bajo volumen, eso sí, aunque se percibe en todo el vagón. Mi acompañante gira la cabeza, hace contacto visual con la pasajera que nos había amonestado previamente y le hace un gesto de “ahora le toca a él, a ver si te atreves”. La interpelada baja la mirada, me comenta mi acompañante, y se hace la longuis…. Tras un rato, el joven apaga el móvil y se echa una cabezadita acompañada por esporádicos ronquidos que nos amenizan lo que resta de viaje.
Unámonos a Simon & Garfunkel…
El tren llega con algo de retraso a la estación de Sants pero con llegar ya nos conformamos teniendo en cuenta el problema de la alta velocidad acaecida la semana anterior y toda la gente que se quedó tirada en las estaciones y en los propios convoyes. Agarramos maletas y nos encaminamos al Hostal Sans, calle Antoni de Capmany n.º 82, para dejar las mismas en la habitación y buscar sitio para comer porque, a lo tonto, son las 15:00.
La habitación del Hostal es sencilla pero nos valdrá, asumimos, para la única noche que nos vamos a hospedar. Como había buscado por la zona algún sitio para comer nos fuimos al más próximo, Restaurante Sant Bartomeu en carrer de Sants nº 124, donde nos tomamos unas raciones para engañar el hambre. Nada memorable….
Tocaba aprovechar la tarde pero ello será relatado en la siguiente etapa.
A la hora de reservar los billetes elegimos el vagón del silencio cuyas características son las siguientes:
. No podrás mantener conversaciones por teléfono móvil.
. Debes usar los auriculares para escuchar audio o video y siempre a un volumen que no moleste al resto.
. Debes silenciar todos los dispositivos electrónicos.
. Respeta el silencio, habla en un tono bajo y evita conversaciones largas.
Con ello nuestra idea era tener un trayecto tranquilo pero lo que no sabíamos era que nos íbamos a ver inmersos en “LA AVENTURA DEL VAGÓN SILENCIOSO”, muy pronto en sus puntos de venta favoritos.
Aparcadas maletas, identificado asiento y hechos los preparativos para la singladura esperamos la hora de salida. Breves instantes antes de cerrarse las puertas accede al vagón una señora todo acalorada y cargada hasta los topes. El tren arranca y la susodicha empieza a buscar sitio para dejar su equipaje farfullando y haciendo visajes de angustia. Como somos gente de bien le ayudamos a subir una maleta a la bandeja superior del vagón y dejamos que se acople, resultando que su asiento estaba delante del nuestro y junto a otra señora que ya estaba en modo zen. Ni corta ni perezosa la pasajera tardona se sienta, saca el móvil y se pone a hablar con un interfecto a grito pelao. A los cinco segundos de la conversación su compañera de fila gira la cabeza y le espeta de manera cortante: “Señora, cállese, éste es el vagón del silencio, cuelgue la llamada”. La otra toma nota, musita una disculpa y cuelga.
Parece que la tranquilidad se adueña del vagón y el traqueteo constante por las vías nos acompaña hasta la muy noble, muy leal, muy heroica, siempre heroica, muy benéfica e inmortal, ciudad de Zaragoza. Mientras el tren va parando, sube y baja gente mi acompañante y yo, en voz bajita, iniciamos una conversación. Al poco, otra pasajera se levanta del asiento se acerca a nuestras inmediaciones y nos “sugiere”, con un adusto gesto, que en boca cerrada no entran moscas. Toca disculparse y bajar la cabeza pese a que el exceso de celo parece desproporcionado.
Todavía no ha acabado la función porque en Lérida Pirineos sube un joven con pinta de pandillero armado de varios botes de cerveza que deglute sin solución de continuidad, todo ello acompañado los sucesivos chasquidos de las latas y los regüeldos de satisfacción correspondientes. Acto seguido desenfunda su teléfono móvil y se pone a ver y oir vídeos de youtube, a bajo volumen, eso sí, aunque se percibe en todo el vagón. Mi acompañante gira la cabeza, hace contacto visual con la pasajera que nos había amonestado previamente y le hace un gesto de “ahora le toca a él, a ver si te atreves”. La interpelada baja la mirada, me comenta mi acompañante, y se hace la longuis…. Tras un rato, el joven apaga el móvil y se echa una cabezadita acompañada por esporádicos ronquidos que nos amenizan lo que resta de viaje.
Unámonos a Simon & Garfunkel…
El tren llega con algo de retraso a la estación de Sants pero con llegar ya nos conformamos teniendo en cuenta el problema de la alta velocidad acaecida la semana anterior y toda la gente que se quedó tirada en las estaciones y en los propios convoyes. Agarramos maletas y nos encaminamos al Hostal Sans, calle Antoni de Capmany n.º 82, para dejar las mismas en la habitación y buscar sitio para comer porque, a lo tonto, son las 15:00.
La habitación del Hostal es sencilla pero nos valdrá, asumimos, para la única noche que nos vamos a hospedar. Como había buscado por la zona algún sitio para comer nos fuimos al más próximo, Restaurante Sant Bartomeu en carrer de Sants nº 124, donde nos tomamos unas raciones para engañar el hambre. Nada memorable….
Tocaba aprovechar la tarde pero ello será relatado en la siguiente etapa.