Salgo de la terminal aeroportuaria y hay indicaciones de la ubicación de los buses por lo que arrastro la maleta para allá. A lo lejos se ve parado el bus 31 y el conductor en la puerta mirando el móvil por lo que corro para allá. El hombre levanta la vista, me saluda con un "bonjour" nocturno, me dice que no sale hasta dentro de 8 minutos pero que, por favor, suba al autobús y me vaya aposentando en el asiento. Semejante educación y consideración me deja boquiabierto porque esto no se estila por nuestros lares (prima normalmente el esperar hasta el último momento para abrir la puerta mientras los pasajeros de fuera se están congelando o achicharrando esperando en la parada).
[align=center]INTERIOR DEL BUS Nº 31 DE LA CIUDAD DE TOULOUSE

En esos minutos de espera sube algún viajero más, el bus parte y llegamos a la parada de Pasteur-Mairie de Blagnac donde nos bajamos todos. Justo al lado acaba de llegar el tranvía que lleva al centro y para allá que corremos con las maletas. El "tranviero" se apiada de nosotros y no arranca hasta que entramos todos. Suspiro de alivio.
El tranvía no tiene demasiado espacio y toca estar de lado y agarrando la maleta. Pasan las estaciones, sube y baja gente y en una de ellas entra al vagón un señor perteneciente al gremio de "vagos y maleantes". El susodicho se acerca a mis inmediaciones y optó por la estrategia de hacerme el loco mirando por la ventana. No voy a negar que empiezo a pasarlo mal porque por el reflejo del cristal veo se ha fijado en mi persona y se va aproximando hablando entre dientes. El hecho de viajar solo unido al estrés de lo que llevo de viaje me hace bajar puntos de confianza y me temo lo peor. Además el fulano me está hablando, no le entiendo pero el timbre de su voz denota cierta insistencia. Persevero en mi indiferencia con un sudor frío recorriendo mi espalda y, gracias a Dios, se cansa, se cuelga de la barra superior del vagón habilitada para sujetarse y se balancea durante un rato como un Jules Léotard cualquiera (ya hablaremos de este artista llegado el momento) mientras continúa mascullando no se sabe el qué. Mientras tanto, ideo a toda prisa formas de escabullirme, mezclarme con otros viajeros o incluso pedir ayuda si la cosa pasa a mayores.
Llegamos a Arenes, donde toca hacer trasbordo al metro y por el rabillo del ojo controlo las evoluciones del personaje. Bajo las escaleras del tranvía y me hago a un lado porque él también se está bajando junto con mucha más gente. Me pongo en guardia pero, gracias de nuevo al Altísimo, continúa su camino a su bola y en dirección contraria al metro. Nuevos suspiros, recobro compostura y sigo a la riada de pasajeros que también se dirige a la boca de metro.

Accedo al andén correspondiente y compruebo que aquí tienen pantallas con puertas coincidentes con las puertas de los vagones, como el sistema que hicieran el intento de poner aquí en el Metrosur de Madrid y luego retiraron no sé muy bien el porqué. Llega el convoy y debido a la hora, supongo, los vagones traen poca gente. Los vagones son pequeños y estrechos y prima más el sitio para estar de pie que los asientos pero para un rato, suficiente. En el metro no hay más incidencias (y ya iba siendo hora), me bajo en Marengo SNCF y en cinco minutos llego al hotel. El recepcionista me recibe, me da la llave de la habitación y subo a la misma con ganas papales de arrodillarme y besar con profusión la moqueta.
Si todo hubiera ido según lo previsto mi idea hubiera sido haber salido a dar una vuelta para admirar la iluminación y los monumentos de Toulouse. En estas circunstancias en mi mente sólo está la secuencia bocata-ducha-cama. Mañana será otro día. Mientras deshago la maleta me pongo la televisión a ver si por un casual algún canal estuviera retransmitiendo el Real Madrid-Olympique de Marsella de la Champions League de fútbol pero sólo encuentro que en el Canal de L´Equipe hay un señor mirando el partido y retransmitiéndolo (el Real Madrid va ganando por dos goles a uno). Obviamente va con el Olympique y según se acerca el final del partido se conduce como un forofo cualquiera, se va poniendo malo porque su equipo no empata y no para de vociferar. Cuando acaba el partido y el equipo marsellés no lo logra se mesa virtualmente los cabellos y se lamenta, farfulla y pone el grito en el cielo.

No tengo por más que señalar que la mención en pantalla a un tal “Carvaral” en el minuto 72 supongo que hará referencia a Dº Daniel Carvajal Ramos, jugador del equipo del Real Madrid de fútbol y de la selección española del mismo deporte y que atesora, nada menos y entre otras, la friolera de 6 Copas de Europa, 4 Ligas de España, 2 Copas del Rey y un Campeonato de Europa de selecciones nacionales. ¡Chapeau! No será la última vez que salga a colación su nombre en este diario.
Llegada una hora prudencial toca descansar y rebajar los biorritmos después de un día tan accidentado. Bonne nuit.
Conclusiones que nos deja la jornada:
. Parafraseando al poeta Mario Vargas-Llosa, “¿cuándo se jodió el Perú?”, yo acuso como Émile Zola y pregunto: ¿cuándo Iberia ha caído tan bajo? Porque la falta de organización perpetrada y las maneras de aerolínea de bajo coste en nuestro vuelo no hay por donde cogerlo suponiendo que estén al tanto de los horarios de vuelo de sus pilotos y de la situación de sus clientes. Y ya no hablo de la demora en la llegada de la segunda tripulación porque comentando el tema con un familiar que está en la industria aeronáutica, éste me decía que ahí la aerolínea no tenía culpa porque un intercambio de tripulación no es un cambio de conductor de un autobús, sin más, sino que requiere un procedimiento y un estudio del plan de vuelo por parte de la nueva tripulación que lleva su tiempo . Aun así, Iberia, quo vadis? Normal que ya la percepción mundial tienda a considerar en la actualidad nuestra marca otrora señera como, por ejemplo, la línea de bajo coste de American Airlines o British Airways. Y ya no hablo de que para un trayecto que ha durado 50 minutos de aeropuerto a aeropuerto, la duración del viaje ha sido casi de ONCE horas entre unas cosas y otras.
. Ante imponderables, intangibles y sucesos que se pueden escapar a nuestro control como la huelga de control de acceso en el aeropuerto hay que intentar llegar al mismo con margen suficiente de tiempo y así evitar disgustos. Que luego llegas y todo va fluido, mejor, porque más vale estar deambulando por la terminal sin nada que hacer que estar en una cola interminable con la perspectiva de perder el vuelo.
. Hoy ha sido un día raro para haberlo vivido en solitario pero también ha supuesto una prueba de fuego para afrontar el resto del viaje. No habría estado mal tener alguien conocido al lado para haber sobrellevado la espera en el aeropuerto, haber hecho turnos para ir monitorizando el curso de los acontecimientos o simplemente haber compartido la experiencia (penosa) y que se hubiera hecho menos cuesta arriba, por no hablar de los momentos en tensión en el tranvía. Pero ello también ha permitido buscar alternativas como interactuar con otros pasajeros del avión, intercambiar información o darle al magín para resolver situaciones críticas como replantearse el viaje en caso de cancelación del vuelo o escapar del acoso del interfecto trapecista acudiendo a los lugareños en busca de ayuda. Bueno, esto no ha hecho más que empezar y ya sólo puede ir a mejor. En ello confío.
. En situaciones como las vividas es cuando te puedes volver a reconciliar con el género humano en el sentido de que, al final, acaba saliendo a relucir lo mejor de nosotros mismos. Pongo dos ejemplos de la jornada, que guardo en la memoria:
1 - En la cola de embarque del segundo intento, harto de la situación, la espera y de todo en general, me sale de dentro un hondo suspiro de los que rompen el alma y lo acompaño con un “¡madre mía!”. Un compañero pasajero que está a mi lado asiente y corrobora el hecho, en francés, con un “tengo el mismo sentimiento”. Nos miramos, sonreímos y parece que, por un momento, la carga se ha vuelto más ligera.
2 - En la cinta de recogida de equipaje en Toulouse, mientras esperamos a que salgan las maletas, se acerca la pareja a las que les he cambiado el sitio para que viajaran juntos. Me vuelvan a dar las gracias por el gesto y me manifiestan que ha sido importante para ellos el poder estar acompañados al lado mientras volábamos. Sólo con ver sus caras notaba uno que no era por cumplir sino que era algo muy sincero y en este mezquino mundo es algo que al final te reconforta por dentro.
Ya lo dice el proverbio: “Una alegría compartida es doble alegría y una pena compartida es media pena”.[/align]