Último día completo en Yellowstone. Qué rápido se nos han pasado estas jornadas y qué sorpresa —o decepción— no haber visto todavía un grizzly a distancia “humana”. Con esa espinita clavada, la tarde anterior decidimos que hoy íbamos a darlo todo para intentar ver alguno. Revisando los avisos del parque en el Visitor Center de West Yellowstone, vimos que había una alerta reciente en los campamentos de 7 Mile Hole, una ruta que baja desde lo alto del Cañón del Yellowstone hasta el propio río. Sonaba prometedor.
Nos levantamos antes de las seis, desayunamos a toda prisa y nos metimos en el coche rumbo al Cañón. La mañana era de las que despiertan: cielo límpido, nada de tráfico y el termómetro marcando un grado bajo cero. Llegamos al inicio del sendero, a menos de un kilómetro de Inspiration Point. Son las 7:10 y sigue haciendo un frío que pela. El camino arranca metido en bosque, todo sombra, con subidas y bajadas iniciales que nos recuerdan que más tarde tendremos que remontar un buen desnivel. Y ahí, tras apenas un kilómetro, nos viene la pereza mental: ¿de verdad queremos matarnos con esta bajada para luego subirla? ¿No sería mejor intentarlo en Hayden Valley, donde al menos da el sol y el terreno es más amable?
La respuesta fue fácil. Dimos media vuelta y pusimos rumbo al Mary Mountain Trail, que cruza la parte norte de Hayden Valley siguiendo Alum Creek. Si había un lugar para ver fauna, era ese. Aparcamos y nada más bajar del coche vemos una elk pastando en la ladera de enfrente. Buen comienzo. Caminamos más de una hora por la inmensa pradera, acompañados solo de bisontes, barro y silencio. El frío ya había quedado atrás y el sol empezaba a apretar. Tras algo más de 4 km decidimos darnos la vuelta: con semejante solana era difícil que los depredadores se dejaran ver.
Nos levantamos antes de las seis, desayunamos a toda prisa y nos metimos en el coche rumbo al Cañón. La mañana era de las que despiertan: cielo límpido, nada de tráfico y el termómetro marcando un grado bajo cero. Llegamos al inicio del sendero, a menos de un kilómetro de Inspiration Point. Son las 7:10 y sigue haciendo un frío que pela. El camino arranca metido en bosque, todo sombra, con subidas y bajadas iniciales que nos recuerdan que más tarde tendremos que remontar un buen desnivel. Y ahí, tras apenas un kilómetro, nos viene la pereza mental: ¿de verdad queremos matarnos con esta bajada para luego subirla? ¿No sería mejor intentarlo en Hayden Valley, donde al menos da el sol y el terreno es más amable?
La respuesta fue fácil. Dimos media vuelta y pusimos rumbo al Mary Mountain Trail, que cruza la parte norte de Hayden Valley siguiendo Alum Creek. Si había un lugar para ver fauna, era ese. Aparcamos y nada más bajar del coche vemos una elk pastando en la ladera de enfrente. Buen comienzo. Caminamos más de una hora por la inmensa pradera, acompañados solo de bisontes, barro y silencio. El frío ya había quedado atrás y el sol empezaba a apretar. Tras algo más de 4 km decidimos darnos la vuelta: con semejante solana era difícil que los depredadores se dejaran ver.


De nuevo en el coche, tocaba decidir. Optamos por un largo rodeo hacia el norte. Cruzamos Dunraven Pass y descendimos disfrutando de las praderas que se abren a los pies del Mt. Washburn. En Tower Fall aprovechamos para tomar algo en la tienda. Yo pedí un café hirviendo —nivel “caldera industrial”— y mi sobrino una Coca-Cola. Sentados fuera, entre el bullicio de turistas, vimos una cierva con su cría entre los árboles, totalmente inadvertidas para la mayoría.

Continuamos hacia Tower–Roosevelt y de allí hacia Mammoth Hot Springs, recordando que el primer día, por esa carretera, vimos un par de osos negros. Antes de llegar tomamos el desvío a Blacktail Plateau Drive, una pista de tierra de unos 10 km. Fue una sorpresa: un fuerte ascenso inicial, luego la meseta con vistas espectaculares a las montañas… y una sensación de aventura muy agradable. Fauna, eso sí, ni rastro. Con el tiempo me arrepiento de no haber parado más, ni hecho fotos o vídeos. Tanta obsesión con ver osos que se nos olvidó disfrutarla del todo.
De vuelta a la carretera hicimos una parada breve en Wraith Falls. Más interesante el paseo que la propia cascada, que llevaba menos agua que en mi visita anterior. A finales de agosto no caerá nada a este ritmo.
De vuelta a la carretera hicimos una parada breve en Wraith Falls. Más interesante el paseo que la propia cascada, que llevaba menos agua que en mi visita anterior. A finales de agosto no caerá nada a este ritmo.


Llegamos a Mammoth sobre las 13:30… y ahora hacía más de 30 grados. Para empezar bajo cero y terminar casi en horno, no estuvo mal. La idea era recorrer el Beaver Ponds Trail, único sendero que hice con mi mujer en 2013, cuando vimos un grizzly por la zona. En aquella época yo era menos consciente de ciertas cosas: lo hicimos sin spray antiosos ni nada.
El sendero comienza junto a Clematis Creek, tras Liberty Cap. Cruza el arroyo por un puente y empieza a ganar altura poco a poco, con las terrazas termales brillando a la izquierda. A los 400 metros se alcanza el cruce con el Golden Gate/Howard Eaton Trail; giramos a la derecha y seguimos hacia Beaver Ponds. Tras otro puente, el camino se empina en zigzags hasta llegar a un punto donde se nivela y atraviesa praderas de dientes de león y álamos temblones, con panorámicas del valle del río Gardner y la cordillera Absaroka.
Aquí comenzaron los primeros avistamientos: una elk ascendiendo la ladera en busca de sombra, una perdiz camuflada junto al sendero y un par de grullas gritándole al mundo que estábamos allí.
El sendero comienza junto a Clematis Creek, tras Liberty Cap. Cruza el arroyo por un puente y empieza a ganar altura poco a poco, con las terrazas termales brillando a la izquierda. A los 400 metros se alcanza el cruce con el Golden Gate/Howard Eaton Trail; giramos a la derecha y seguimos hacia Beaver Ponds. Tras otro puente, el camino se empina en zigzags hasta llegar a un punto donde se nivela y atraviesa praderas de dientes de león y álamos temblones, con panorámicas del valle del río Gardner y la cordillera Absaroka.
Aquí comenzaron los primeros avistamientos: una elk ascendiendo la ladera en busca de sombra, una perdiz camuflada junto al sendero y un par de grullas gritándole al mundo que estábamos allí.

Después de un pequeño descenso llegamos al primero de los estanques —el mismo donde vi el grizzly hace años—, quizá el más bonito junto con el último. Seguimos por el bosque, dejando atrás otros estanques, hasta que, en una curva, un zorro se nos cruza a pocos metros. Casi me da un vuelco el corazón.
Tras pasar el último estanque, adornado con espadañas, nenúfares y patitos, el sendero sube suavemente, pierde altura de nuevo y atraviesa una zona boscosa más antes de abrirse a una meseta de artemisas con vistas al cañón Gardner.
Al ver ya el pueblo de Mammoth, solo quedaba continuar hasta el punto de inicio.
Unos 9 km en total.
Tras pasar el último estanque, adornado con espadañas, nenúfares y patitos, el sendero sube suavemente, pierde altura de nuevo y atraviesa una zona boscosa más antes de abrirse a una meseta de artemisas con vistas al cañón Gardner.
Al ver ya el pueblo de Mammoth, solo quedaba continuar hasta el punto de inicio.
Unos 9 km en total.




Comimos tarde, casi a las cuatro, en una zona de picnic del propio Mammoth.
El resto del día fue más tranquilo: carretera hasta las duchas de Old Faithful, sin fauna que destacar, y vuelta a Madison Campground. Tocaba despedir Yellowstone como merecía: más hamburguesas y un último festín junto al fuego.
Y así, con el fuego crepitando y las últimas hamburguesas chisporroteando sobre la parrilla, nos dejamos caer en las sillas como quien por fin asume que el viaje empieza a cerrarse. El humo olía a leña y despedida. Mientras comíamos, repasábamos sin decirlo en voz alta todo lo vivido: las madrugadas heladas, los valles interminables, los géiseres rugiendo como si salieran de otro mundo, los bisontes cruzándose donde les daba la gana, las caminatas que se nos hicieron eternas y las que se nos hicieron cortas, los intentos —fallidos— de ver grizzlys de cerca y, entre todos esos recuerdos, ese atardecer en Slough Creek en el que vimos a la manada de lobos moviéndose en silencio por la pradera, como si el valle se hubiera contenido la respiración solo para ellos. Paisajes que parecían inventados, momentos que solo existen en lugares así. Sentados allí, con el sol cayendo detrás de los pinos y el río Madison murmurando a lo lejos, ya nos empezaba a entrar esa nostalgia anticipada de saber que mañana sería el último adiós. Y por eso mismo, porque quedaban pocas horas, lo disfrutamos como si fuera la primera noche en el parque.
El resto del día fue más tranquilo: carretera hasta las duchas de Old Faithful, sin fauna que destacar, y vuelta a Madison Campground. Tocaba despedir Yellowstone como merecía: más hamburguesas y un último festín junto al fuego.
Y así, con el fuego crepitando y las últimas hamburguesas chisporroteando sobre la parrilla, nos dejamos caer en las sillas como quien por fin asume que el viaje empieza a cerrarse. El humo olía a leña y despedida. Mientras comíamos, repasábamos sin decirlo en voz alta todo lo vivido: las madrugadas heladas, los valles interminables, los géiseres rugiendo como si salieran de otro mundo, los bisontes cruzándose donde les daba la gana, las caminatas que se nos hicieron eternas y las que se nos hicieron cortas, los intentos —fallidos— de ver grizzlys de cerca y, entre todos esos recuerdos, ese atardecer en Slough Creek en el que vimos a la manada de lobos moviéndose en silencio por la pradera, como si el valle se hubiera contenido la respiración solo para ellos. Paisajes que parecían inventados, momentos que solo existen en lugares así. Sentados allí, con el sol cayendo detrás de los pinos y el río Madison murmurando a lo lejos, ya nos empezaba a entrar esa nostalgia anticipada de saber que mañana sería el último adiós. Y por eso mismo, porque quedaban pocas horas, lo disfrutamos como si fuera la primera noche en el parque.