Aunque cuando lo contratamos el viaje parecía muy lejano, el verano y el otoño pasaron deprisa y, al fin, llegó el día de partir hacia Vietnam. Las semanas anteriores estuve pendiente del tiempo, pues no cesaban las noticias sobre las graves inundaciones que asolaban el Sudeste Asiático, incluyendo el centro de Vietnam. Hué y Hoi An estaban literalmente bajo el agua a primeros de noviembre, aunque recuperaron la normalidad en unos días. Muy poco antes de salir, de nuevo las lluvias torrenciales anegaron algunas de esas zonas, si bien las peores consecuencias se dejaron sentir en torno a Nha Trang y sus playas. En cualquier caso, las previsiones meteorológicas que consulté antes de irnos no eran demasiado optimistas: supuestamente, llovería casi a diario, sobre todo durante la primera semana, tanto en el sur como en el centro del país. Por suerte, luego no fue para tanto.

Pero antes de preocuparnos por el tiempo meteorológico, tocaba lidiar con el tiempo que pasaríamos a bordo de los dos vuelos de Emirates Airlines. El primero, de Madrid a Dubai, iba hasta los topes, salió puntual y se desarrolló sin incidencias. Duró algo más de seis horas, casi todas, de noche. Era la primera vez que volaba con esta compañía. Confieso que estaba acostumbrada al “neceser” nocturno de Turkish Airlines, y lo eché de menos. Por lo demás, no faltaron el cojín, la manta, los auriculares de cabeza y un buen surtido de entretenimiento en español. Para la cena, pudimos elegir entre pollo y ternera de plato principal. Me decanté por la ternera. El servicio y la calidad me parecieron bastante aceptables teniendo en cuenta lo que hay por ahí actualmente.


La escala en Dubai fue de una hora y cincuenta minutos. Tenía mis reservas, pues el aeropuerto de Dubai es muy grande y si llegábamos con retraso la conexión se podía complicar pese a ser dos vuelos de la misma aerolínea (ya me ocurrió antes en Estambul). Afortunadamente, todo se desarrolló a la perfección, la terminal era la misma, las indicaciones resultaron muy claras y tuvimos tiempo de sobra.

Después nos aguardaban otras seis horas largas hasta Ho Chi Minh. Fue un vuelo inesperadamente confortable, ya que el avión solo iba ocupado en un tercio, lo que permitió a cada pasajero acomodarse en tres o cuatro asientos, estirándose a gusto para dormir a pierna suelta (quien consigue hacerlo, que no es mi caso lamentablemente). Para el menú principal, en esta ocasión escogí el pollo. Me resultó curioso que la tripulación repartiese bebidas y comida casi continuamente: zumos, refrescos, sándwiches, galletas, chocolatinas… No sé, quizás les sobraban vituallas con tan poca concurrencia. Terminamos casi agotadas de tanto comer y beber.

Lo primero que hice antes de aterrizar fue actualizar el reloj. En el trayecto, se nos habían perdido nada menos que seis horas que no recuperaríamos hasta el viaje de regreso, cuando ya no nos harían demasiada falta. Tal vez sean esa y la distancia las únicas desventajas de ir al Sudeste Asiático. Salimos de noche y llegamos de noche. Echamos de menos el vuelo que nos habían cambiado y que nos hubiera permitido llegar a Saigón a las tres en vez de a las siete.

Pese a la poca gente de nuestro avión, en el aeropuerto de Ho Chi Minh coincidimos con los pasajeros de otros vuelos, lo que originó una súbita marabunta en la zona de inmigración, colapsando el acceso a las numerosas cabinas de control de pasaportes. Nos regañaron porque no hacíamos correctamente las filas. Estuvimos una media hora en las colas por el gentío. El trámite real solo requirió tres o cuatro minutos: simplemente nos pidieron la tarjeta de embarque de la llegada y el pasaporte, en el cual estamparon un sello. Nada más, ni sobre el lugar de estancia ni sobre la fecha de salida. Acto seguido, las maletas ya nos aguardaban fuera de las cintas, colocadas ordenadamente a un lado, custodiadas por dos trabajadores para que nadie se apropiase de lo que no le pertenecía. Por cierto que antes y después del control de pasaportes vimos varias tiendas ofreciendo tarjetas telefónicas y de datos. Como no teníamos dinero local ni referencias, preferimos esperar a comentarlo con el guía.

A la salida, ya en la calle, notamos un súbito y pegajoso calor. Casi treinta grados, con un altísimo grado de humedad. El frío madrileño quedaba definitivamente atrás, o eso nos pareció. Fuera chaquetas y anoraks. En el exterior, nos esperaba un joven portando un cartel con nuestros nombres. Aunque solo hablaba inglés, se esforzaba en mostrarse simpático. Nos pasó el teléfono para dialogar con nuestro guía, quien nos explicó que el chico era el conductor que nos llevaría al hotel, donde nos recibiría él para darnos la charla de bienvenida. Pues muy bien.
Tras cargar las maletas en una van, nos dirigimos a nuestro alojamiento, el Harmony Hotel Saigón, perfectamente situado para recorrer incluso a pie el centro de la antigua capital de Vietnam del Sur, cuyo nombre tradicional continúan utilizando buena parte de sus habitantes pese a que en 1975, tras la ocupación de la ciudad por las tropas de Vietnam del Norte, su nombre pasó a ser Ho Chi Minh, honrando al presidente y líder norvietnamita, muerto en 1969.

En el hotel.
Nada más bajarnos del coche, los maleteros prácticamente se abalanzaron sobre la van para cogernos las maletas. En sus caras, una enorme sonrisa y efusivos gestos de saludo. Son muy amables y serviciales, tal como nos habían comentado. Además, aquí se estilan las propinas. Vale, entendido.
Tras mostrar los pasaportes en recepción, nos entregaron las tarjetas-llave de las habitaciones, pero antes de que pudiésemos localizar el ascensor, nos señalaron una mesa en el lobby, sobre la cual enseguida apareció una bandeja con cócteles (supusimos que sin alcohol), frutas y golosinas. Un bonito detalle. Al principio, nos dio algo de reparo tomar las bebidas por si habían añadido agua del grifo. No tenían hielo, y su aspecto era de lo más tentador, sobre todo con el calor que hacía. Así que sucumbimos. Que pasara lo que tuviera que pasar. No pasó nada.

Poco después, se presentó Tam Tam, que sería nuestro guía local. Tras los oportunos saludos, nos comentó que ya estaban allí el resto de compañeros del grupo, quienes llegaron por la tarde, justo en el vuelo que nos cambiaron a nosotras. Así que ellos dispusieron de varias horas más para recorrer Saigón. ¡Vaya gracia! La buena noticia era que, en total, seríamos siete. ¡Un grupo de siete personas, de las que cuatro éramos nosotras! ¡Estupendo! Tam Tam nos preguntó si queríamos cambiar dinero y si deseábamos tarjetas de datos. Cuando le dijimos que sí, se ofreció a proporcionarnos todo un rato después, tras instalarnos en las habitaciones, que nos parecieron grandes, muy confortables y con unas camas gigantescas, si bien el cuarto de baño carecía de plato de ducha y a la bañera había que acceder casi con pértiga. La habitación doble con desayuno se oferta en internet a partir de 80 euros. El establecimiento, como muchos otros lugares de la ciudad, sobre todo los turísticos, tenía una profusa decoración navideña.

Al cabo de un rato, de nuevo en el lobby, Tam Tam nos proporcionó el dinero que le habíamos pedido al tipo de cambio oficial. Aunque solamente cambié 150 euros, de pronto me convertí en millonaria, pues más de seis millones de dongs pasaron a engrosar mis bolsillos. ¡Qué cosas! También nos instaló en los móviles las tarjetas de datos. No recuerdo el precio, pero fueron baratas y funcionaron perfectamente durante todo el viaje.

Tam Tam nos ofreció para la noche siguiente una cena sorpresa con música y bailes tradicionales y las mejores vistas nocturnas de Saigón por 30 euros, una actividad que estaban realizando en ese momento los otros tres integrantes del grupo. Quizás se trataba de una turistada, pero al fin y al cabo estábamos allí para eso y teníamos que cenar. Recién aterrizadas, no nos pareció caro, en todo caso bastante más económico que las opciones similares de Civitatis y GetYourGuide. Así que aceptamos.
Primeros pasos nocturnos en Saigón.
Tras despedirnos de nuestro guía, salimos a dar una vuelta. Pensamos en cenar algo, pero no teníamos hambre con tanta comida en el avión, así que nos limitamos a dar un paseo, familiarizándonos con el ajetreo de las calles de las ciudades vietnamitas, en las que reinan las motos, mientras jóvenes y mayores disfrutan tomando un refrigerio sentados en esas minúsculas sillas suyas de plástico (simples taburetes en algunos casos) que apenas levantan un palmo del suelo. Después nos explicarían que es un hábito derivado de estar en cuclillas en los campos, recogiendo las cosechas. Sea por lo que sea, ellos parecen sentirse muy cómodos así, casi a ras del suelo.

Ya era tarde y no había demasiado tráfico, pese a lo cual padecimos nuestros primeros sobresaltos al intentar cruzar, desamparadas ante semáforos invisibles para los vehículos y pasos de cebra inútiles para los peatones. Enseguida me acordé del año pasado, en Tailandia; pero aquí, me pareció incluso peor, pues caminar por las aceras resulta una tarea casi igual de complicada.

Tampoco tardamos en topamos con una hermosa rata correteando tan pancha, ávida por rebuscar entre la basura que se amontonaba fuera de los contenedores (que los tienen). Bueno, no sería la única; cuestión de acostumbrarse
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