La mañana amaneció con el cielo de un feo color lechoso; afortunadamente, no llovía. El comedor del hotel donde se servían los desayunos estaba en el piso 12, brindando unas buenas vistas de los alrededores. Así que tomé unas fotos. En el bufet había de todo para desayunos de estilos continental, británico y oriental, sin que faltase comida vietnamita, incluyendo los fideos fritos que ellos suelen tomar para comenzar la jornada. El café fue el mejor de todos los hoteles, con sabor a chocolate. Al día siguiente, probamos la versión vietnamita, con huevo batido: tampoco estaba mal, pero me gustó menos.


Habíamos quedado con nuestro guía muy temprano en el lobby para iniciar el itinerario, cuya primera jornada incluía una vista al Delta del Mekong. Allí nos encontramos con el resto del grupo, un chico de Madrid y una madre y una hija valencianas. Conectamos enseguida y, en adelante, fue como si nos conociésemos desde mucho antes. Además, creamos un grupo de WhatsApp para comunicación con los guías e intercambio de fotos.

Esa mañana no acudió Tam Tam sino otro guía local, casi tan agradable y servicial como él. Su castellano también era bastante bueno. Nuestro vehículo para ese día y el siguiente fue una van de doce plazas, creo recordar. Personalmente prefiero los autobuses porque yendo más alta veo mejor para hacer fotos, pero tampoco me sentí incómoda. Como de costumbre en estos lares, hay que tener cuidado con el aire acondicionado: lo ponen altísimo. Una de mis amigas estuvo unos días con la garganta fastidiada.

Saigón suele tener un nivel muy alto de contaminación y ese día no era una excepción: en las páginas meteorológicas la calidad del aire se calificaba de mala sin subterfugios. Por eso, no resulta extraño que muchos vietnamitas lleven mascarilla. La temperatura rondaba los treinta grados y el bochorno se mascaba en el ambiente. Nada más salir, empezó a lloviznar y nos topamos con el terrible tráfico matinal, quedando inmersos en un enorme atasco que nos dio la oportunidad de observar las peripecias de los miles de conductores de las motos que atiborran tanto las calles como las aceras.

En Vietnam, los coches son caros y la gente de todas las edades se mueve mayoritariamente en motocicletas. Ho Chi Minh cuenta con una población de ocho millones de habitantes que utilizan más de seis millones de motos. Es un verdadero espectáculo ver como circula cada una a su aire, sin atender ni una sola de las normas de tráfico que constituyen santo y seña para nosotros. Por razones obvias, para evitar que suba peligrosamente el índice de mortalidad urbano, los únicos semáforos que se respetan un poco son los que regulan las intersecciones de las avenidas más amplias, donde las motos se sitúan en varias filas por delante de los coches, componiendo una estampa impactante, sobre todo cuando arrancan todas a la vez, como si se tratase de una prueba del mundial de velocidad. Hay que verlo para hacerse una idea real. Supongo que Marc Márquez aquí se lo pasaría genial.

Los policías de tráfico apenas intervienen. El casco es obligatorio, aunque muchos son poco más que meras gorras de plástico; en una moto pueden ir varias personas, a menudo uno o dos niños con uno o dos adultos, y el uso del móvil por parte de los pilotos es continuo. Además de personas, frecuentemente las motos llevan carga de todo tipo, un equivalente de nuestras furgonetas, si bien esto sucede mucho más en Hanoi que en Saigón. La bicicleta también se utiliza mucho, pero no tanto como las motos, si bien su forma de circular es igualmente caótica.


El Delta del Mekong.
Nuestra visita al Delta del Mekong nos condujo hasta la localidad de My Tho, a unos setenta kilómetros de Ho Chi Minh, recorrido que tardamos casi dos horas en hacer. Hay otras opciones bastante interesantes, como Vingh Long y Can Tho, pero pillaban demasiado lejos para el escaso tiempo de que disponíamos. A mitad de camino, hicimos una parada técnica en un complejo muy bonito, rodeado de preciosos estanques de loto. Había mercadillo y aproveché para comprar el típico sombrero cónico vietnamita, llamado Nón Lá, que significa “sombrero de hoja”, pues se fabrica con hojas de palma o bambú, y protege tanto del sol como de la lluvia. También puede utilizarse en la recolección o para transportar cosas.

Durante el trayecto me entretuve tomando fotos de las aldeas por las que pasábamos. Personalmente, disfruto mucho fijándome en la vida de la gente, sus casas y sus lugares de trabajo diario. Y es que estas estampas cotidianas me resultan casi igual de atractivas que los paisajes naturales y los monumentos.


Entretanto, el guía nos fue explicando muchas curiosidades sobre el río Mekong y su Delta. Con 4.800 kilómetros de longitud, el Mekong, también conocido como la “Madre del Agua”, es el río más largo del Sudeste Asiático. Nace en las llanuras tibetanas y tras recorrer China, Myanmar, Laos, Tailandia, Camboya y Vietnam desemboca en el Mar de China Meridional. Este río es vital para más de cien millones de personas, a las que proporciona alimento mediante la pesca y la agricultura, fundamentalmente con el cultivo del arroz.


El Delta se forma en la desembocadura del río Mekong y sus tributarios. Recibe el nombre de serpiente mística de las nueve colas o río de los nueve dragones, en referencia al número de bocas del río que se abren al mar. Como región, ocupa un triángulo que se extiende desde la ciudad de My Tho, en el este, a Chau Đoc y la Ha Tien, en el noroeste, hasta llegar a Ca Mau y el mar de China Meridional en el extremo sur de Vietnam, pasando por la isla de Phu Quoc. En el Delta residen más de 18 millones de personas y cuenta con una superficie de 39.000 km2, si bien el área cubierta por el agua depende de la temporada de lluvias.



Nuestra ruta partía de la localidad de My Tho, fundada en 1680 por refugiados procedentes de China. Su proximidad a Saigón pronto la convirtió en la entrada tradicional al Delta del Mekong y en el siglo XVII ya era uno de los centros comerciales más grandes del sur de Vietnam. Como punto estratégico y de gran interés comercial, pasó a formar parte de la colonia francesa de la Cochinchina en 1862. Aparte del cultivo del arroz, el coco y la pesca, recibe turistas que realizan paseos en bote por las islas y canales, desde los que se avistan también sus plataformas flotantes y una colorista lonja de pescado.


Nada más llegar, hicimos un alto en el centro de My Tho para visitar una pagoda, donde aprovechamos para sacar algunas fotos.


Después subimos a un bote que nos llevó a recorrer el río, algunos canales y varios islotes: Long (Dragón), Lan (Unicornio), Quy (Tortuga) y Phụng (Fénix). Pese a los malos pronósticos del tiempo, la mañana se presentaba muy agradable, al menos de momento. Hacía calor, pero no era demasiado sofocante. Me sorprendió los pocos turistas que había allí. De hecho, siempre fuimos solos y únicamente coincidimos con un pequeño grupo de españoles más adelante, en una granja; pero ellos por su lado y nosotros por el nuestro.


En el barco nos dieron a probar agua de coco. Estaba buena. Yo ya la había tomado en otros lugares, Cuba, por ejemplo. Desde el barco, observamos la vida diaria en el Delta: los pescadores preparando las redes y las barcazas transportando diversas mercancías. El agua era de color marrón y por todas partes afloraban las plantas de los jacintos de agua.

Desembarcamos en una isla que recorrimos parte a pie y parte en tuk tuk. Aquí se cultivan los cocoteros y del coco se utiliza todo para la elaboración de diversos productos, por ejemplo, galletas y unos caramelos cuyo aspecto me recordó a los tofes de nuestra infancia, pero al probarlos los encontré más pegajosos y dulces; no me gustaron demasiado. Presenciamos el proceso para la obtención del azúcar del coco en un pequeño taller familiar, donde también preparan licores con reptiles y serpientes, cuyas formas se transparentaban en los frascos. Su sabor era fuerte y calentaba el estómago. Me recordaron a nuestro orujo.


Paramos en otra granja, donde elaboran galletas de miel, un producto muy típico de la zona. Y también chocolates y cafés. Allí supimos que Vietnam es el segundo productor mundial de café, por detrás de Brasil y por delante de Colombia, y el principal exportador de la variedad Robusta, fundamental en la fabricación del café instantáneo. Lo probamos todo; y también disfrutamos de una degustación de frutas exóticas mientras escuchábamos música y canciones locales interpretadas por una señora mayor y un par de familiares. Quien quiso (no fue mi caso) pudo ponerse sobre los hombros a una pitón. Tengo fotos del animalito, pero prefiero no ponerlas.


Para finalizar, hicimos un recorrido en canoa por los canales. Aunque pueda sonar un poco a turistada (hay personas a quienes no les atrae nada esta excursión), nosotros disfrutamos del paseo, que fue muy entretenido y didáctico, pues nos enteramos de mucha cosas sobre los productos locales y la vida de la gente del Delta. Además, la vegetación tropical era realmente bonita, y también influyó la buena sintonía en el grupo y lo majo que era el guía.



De regreso al bote grande, fuimos a otro islote, donde almorzamos platos típicos del Delta del Mekong. Fue curioso que los camareros nos pelaran las gambas. Intenté utilizar los palillos, pero no tuve demasiado éxito. Tomamos canh chua ca (sopa de pescado agria), banh xeo (panqueque vietnamita), hu tieu (sopa de fideos típica de My Tho), rollitos de primavera, calamares con rebozado picante de ajo, pescado… Y el inevitable arroz pegajoso a modo de pan. Obviando algún que otro toque picante, todo estaba muy rico y aquí saboreamos nuestra primera bia hoy (cerveza local). Hay varias marcas: Saigón, Tiger, Juda… Las fuimos probando todas. También las de barril. Por cierto, las latas siempre son bastante más baratas que las botellas de cristal.

Desde el bote, divisamos las enormes estatuas blancas del templo budista Chua Lien Hoa, así como las casas de My Tho que se asoman al río, muchas de las cuales parecen flotar sobre el agua.


El cambio climático está afectando al Delta hasta el punto de que se teme que dentro de pocos años, el agua salada pueda penetrar tierra adentro, inundando aldeas y arruinando cosecha. Ojalá se pueda controlar esta crecida y sus efectos negativos sobre el ecosistema de la zona y la forma de vida tradicional de sus habitantes. El cielo se ponía más negro por momentos y empezó a llover, dejando el horizonte envuelto en una ligera bruma.


Al desembarcar, estaba previsto visitar la pagoda Vinh Trang. Sin embargo, apenas en un segundo se puso a diluviar. Nos habíamos librado toda la mañana, pero ya no. Y allí cuando llueve, llueve de verdad: ni paraguas ni chubasquero. Así que regresamos a la van a la carrera para emprender el regreso hacia Saigón.