Fue llegar a Hoi An y dejar de llover; de la niebla, ni rastro. Así que cada cual pasó la tarde como quiso. Por mi parte, me dediqué a pasear tranquilamente por el casco antiguo que, ya de noche, estaba precioso, iluminado por un sinfín de farolillos de todas las formas y colores. Realmente es uno de lugres en los que merece la pena recrearse.



Cerca del Puente Japonés, se agolpan las barcas (sampanes), que ofrecen paseos por el río. Es una tradición soltar en el agua lámparas de papel con una vela encendida dentro al tiempo que se pide un deseo.



Coincidiendo con la luna llena, se celebra la Lantern Festival, siempre el día catorce del mes lunar, si bien puede diferir cada año en el calendario occidental. Esa noche, se apagan todas las luces y la ciudad queda solo iluminada por velas y farolillos.



Curiosamente, la fecha coincidió con el día anterior a nuestra llegada. Sin embargo, tampoco lo echamos en falta, si bien mis modestas fotos no le hacen justicia a lo que se ve allí.




Pasé junto al mercado nocturno antes de reunirme con mis compañeros, pues habíamos quedado para cenar en un restaurante del casco antiguo. Pedimos cervezas y un surtido de platos vietnamitas. Para las cuatro, pagamos 714.000 dongs, poco más de 17 euros. En el ticket figuraba un recargo del 5 por ciento en concepto de servicio.


Más tarde, dimos otro paseo junto al río. Y terminamos recorriendo las calles que habíamos visto por la mañana tan ajetreadas. Los restaurantes seguían llenos, pero las tiendas estaban cerrando y volvían a mostrar sus fachadas de madera. El mercado se veía solitario.



Los templos estaban iluminados y el Puente Japonés lucía sus mejores galas. Más tarde, regresamos al hotel caminando lentamente. Nos gustó mucho Hoi An.


