A primera hora de la mañana, salimos hacia el Lago Tonlé Sap, concretamente a Kampong Plouck, uno de los pueblos flotantes que reciben a los turistas interesados en conocer su forma de vida, y que se encuentra a 30 km en coche de Seam Reap. Hay otro más cercano, llamado Chong Kneas, que no tiene muy buena fama, aunque ignoro el motivo. Dicen que las aldeas más auténticas están en la provincia de Battambang, pero no disponíamos de tiempo suficiente para ir allí. Por el camino, fuimos viendo campos de cultivo todavía inundados y personas con barcas, pescando en el canal.


Lago Tonlé Sap.
En lenguaje jemer, el nombre significa “lago de agua fresca”, aunque también se suele traducir como “Gran Lago”. Ubicado en la llanura central de Camboya, es la reserva de agua dulce más importante del Sudeste Asiático con una extensión de 2.590 km2 que puede llegar hasta los 24.605 durante la estación de lluvias. El lago es tributario del río Sap, que fluye hacia el sureste y que se une al Mekong en Nom Pen. Recibe aguas de muchos cauces y es también un importante medio de transporte en la región central del país, así como un recurso imprescindible para la economía de los habitantes de la zona por su riqueza en pesca y la fertilidad de sus riberas para el cultivo de arroz.




Durante la estación seca, el lago es pequeño y apenas llega a un metro de profundidad, pero con la llegada de los monzones, desde junio a noviembre, se produce un fenómeno similar al del río Nilo, en Egipto, cuando el Sap y el Mekong cambian el sentido de sus corrientes, devolviendo el agua que reciben en vez de desembocarla en el mar, lo que produce un crecimiento en el lago de más de diez veces su tamaño. Durante este periodo, los bosques y los campos aledaños se inundan, hasta que las corrientes se normalizan y el agua se retira paulatinamente, volviendo los cauces a lo habitual. Entonces se celebra el Festival del Agua para agradecer a la naturaleza los beneficios del agua, que fertiliza la tierra e incrementa la pesca. El lago está declarado reserva de la biosfera por la Unesco.


Kampong Plouk.
Para protegerse del incremento del agua, los habitantes del lago residen en casas flotantes o palafitos. La mayoría son de origen vietnamita y de condición muy humilde. Su economía se basa en la pesca, aunque últimamente han establecido comunidades turísticas para obtener ingresos con los que mejorar sus condiciones de vida.



Un de estas comunidades es Kampong Plouk, la que visitamos nosotras. Lo teníamos incluido en el viaje, así que no sé a cuánto asciende la entrada que se paga en el centro de visitantes, donde hay varios paneles informativos sobre el lago, el pueblo y sus recursos pesqueros.


A continuación, tomamos un pequeño barco, en el que solo íbamos nosotras seis, Samuel y el barquero. Era muy temprano y no había más turistas, algo que me sorprendió porque vimos bastantes barcos similares amarrados. Tras pasar una zona de aguas marrones, con zonas de apariencia pantanosa, empezamos a divisar las casas (palafitos), en su mayor parte construidas sobre palos elevados para protegerlas del agua cuando llegan las inundaciones.






A estas alturas del año, ha empezado la temporada seca y el agua está remitiendo, pero aún había una buena acumulación, con lo cual veíamos zonas inundadas.




Cuando llegamos al pueblo, empezamos a ver la forma de vida de esta gente, sus barcos de pesca, sus enseres, el colegio de los niños, sus templos… Se nota que es gente muy humilde, pero nos sonreían y nos saludaban desde sus barcas y sus casas. También vimos un par de templos.


Más adelante, las aguas del lago crecen y las casas se van espaciando hasta quedar solo unas cuantas convertidas en casas flotantes.

Hay una zona de manglares donde se alquilan canoas, aunque no es una experiencia que me apeteciera demasiado. Un establecimiento sirve de tienda de recuerdos y de reclamo turístico, con algunas cosas que no me gustaron, por ejemplo, algunos animales enjaulados y el cubículo donde tenían retenidos a varios cocodrilos, justo debajo de una especie de balcón desde donde mirábamos los visitantes. Eran grandes y se me pusieron los pelos de punta al notar los tremendos golpetazos que pegaban al subir a la plataforma inferior de madera desde el agua. A mi modo de ver, esto sobra.

Por lo demás, la visita me resultó muy interesante y visualmente, espectacular; pero la pobreza también entristece. Espero sinceramente que el dinero de estas excursiones sirva para mejorar las condiciones de vida de esta gente tan humilde. Por lo menos, ellos no parecían ni mucho menos molestos con nuestra presencia, así que no nos sentimos mal.


Si se va, es mejor madrugar para ver todo tranquilo, en su estado natural, porque no debe ser lo mismo navegar por el lago con los lugareños que hacerlo junto a otros muchos barcos y encontrando canoas de turistas por todas partes. Nosotras estuvimos prácticamente solas. Y en este caso, se agradece.


De regreso a Siem Reap, fui haciendo más fotos de lo que veía por el camino y me llamaba la atención. Pongo una selección.



