Phonm Bakheng.
Este templo es uno de los puntos típicos para contemplar la puesta de sol en Angkor, tanto es así que tiene un horario especial, pues cierra a las siete de la tarde. En el acceso hay un punto de control de tickets.


Enseguida empezamos a ver una romería de gente dirigiéndose al sendero que, a través del bosque, conduce hasta el templo, que se encuentra en lo alto de una colina. No es que sea muy alta, ni tampoco se trata de una complicada ruta de senderismo, pero lleva su tiempo, al menos unos veinte minutos; así que no hay que descuidarse. Aunque con cierto desnivel, la serpenteante pista es amplia y no presenta mayor dificultad. Al parecer, antes se podía subir por una escalinata flanqueada por leones, pero actualmente está clausurada. Por el camino, nos paramos en un mirador desde el que se divisaba la selva y un lago artificial, muy al fondo. Unos minutos después, llegamos a la base del templo. La luz ya no era buena para las fotos, pues aparte del ocaso, aparecieron las nubes hay y mucha vegetación.



A finales del siglo IX, Yasovarman I trasladó su capital desde Roluos a la ciudad de Yasodharapura, nombre de Angkor con anterioridad al siglo XIII. En la parte central, sobre una colina, a 60 metros de altura, el rey ordenó construir su Templo Estado: Bakheng. Los trabajos se abandonaron a su muerte.


Dedicado a Shiva, se trata de una estructura compuesta por una pirámide de terrazas, rodeada de 108 torres de santuario. Consta de siete niveles que simbolizan el Monte Meru y los siete cielos hindúes. Desde esta altura se aprecia mucho mejor la selva que envuelve Angkor, de lo que no eres tan consciente estando abajo.



Alrededor hay numerosas estructuras, mientras que una empinada escalera (cuenta con barandilla central) conduce a la terraza superior, donde solo perduran los restos de la torre central, la más grande de las cinco que tenía el templo en sus mejores tiempos. Se conservan en buen estado relieves y figuras de devatas (divinidades menores de la cosmología hindú) de cuerpo entero en las puertas.





Por lo demás, es un sitio muy concurrido al atardecer, con multitud de personas tomando posiciones de cara al oeste. Como siempre digo (es mi opinión, por supuesto), el tema de los lugares “míticos” para las puestas de sol es un tanto relativos, pues que la experiencia merezca la pena depende de muchos factores.


En esta ocasión, no es que fuera un fiasco, pero el cielo estaba algo nublado y el sol se dejó ver poco en su ocaso, lo que hizo la experiencia poco memorable. De todas formas, las vistas desde arriba son bonitas, con un paisaje dominado por las ruinas y la selva. Así que mereció la pena la pequeña caminata. A continuación, el minibús nos llevó de vuelta al hotel y nos despedimos de Samuel hasta la mañana siguiente.
Bajando del templo.






Cena en Pub Street.
Tras descansar unos minutos, salimos a cenar. En la puerta, ya nos esperaban los conductores de los tuk tuks de la noche anterior. Perfecto. Negocio para ellos y comodidad para nosotras. Todos salíamos ganando. Nos propusieron llevarnos a un restaurante que conocían en la carretera, pero les dijimos que preferíamos ir a Seam Reap, donde hay restaurantes de sobra y muchos sitios para entretenerse y pasear. La temperatura era genial, una vez que se ocultó el sol, no hacía ni frío ni calor.

El día había sido muy largo e intenso, al día siguiente teníamos que madrugar mucho y no nos apetecía calentarnos la cabeza, ni tomar comida demasiado historiada. Así que tomamos cerveza y platos de pasta fresca con marisco y pesto. Menos de cinco dólares cada una.

Para bajar un poco la cena, dimos una vuelta por el mercado nocturno, confrontando amistosamente con los vendedores que nos garantizaban “gangas”. Nos divertimos, mucho. De nuevo, un ambiente tremendo en las calles. Pero estábamos cansadas y antes de las once emprendimos la retirada. En el sitio acordado, nuestros amigos de los tuk tuks ya estaban listos con sus vehículos y sus sonrisas.
