Deir el Medina (el valle de los artesanos).
Precio: 220 EGP adultos y 110 EGP estudiantes.
En la entrada general están incluidas dos tumbas, el templo ptolemaico y el cráter de la ostraca. Hay una entrada adicional para la tumba de Pashedu (nº 3), que también compre online.


Al llegar al aparcamiento, comprendimos que las multitudes habían quedado atrás: había tres o cuatro coches y ni un solo autobús. El lugar, situado al sur del Valle de las Reinas, enseguida nos llamó mucho la atención. Estábamos en la aldea donde residían los obreros y artesanos que trabajaban en la construcción y decoración de las tumbas reales durante el Reino Nuevo (dinastías XVIII a XX, aproximadamente entre 1550 y 1100 a.C.)

Lo primero que hicimos fue subir a un mirador cubierto donde hay paneles informativos y maquetas sobre la forma de vida de los trabajadores, que se desarrollaba en un amplio recinto amurallado con casas similares que contaban con tres habitaciones y cocina. La panorámica nos pareció sensacional.



Aquí se han encontrado miles de fragmentos de textos en ostraca y papiros que describen los salarios que recibían, la vida familiar, la salud, las enfermedades e incluso la primera huelga documentada de la historia.

Hay pocas tumbas abiertas y son muy pequeñas en comparación con las tumbas reales; sin embargo, resultan muy interesantes porque la temática religiosa, aunque existe, cede protagonismo a la vida cotidiana de la gente, al menos a nuestros ojos. Además, las escenas presentan un colorido precioso. Por su reducido tamaño, hay limitación para la entrada de visitantes, pero éramos muy pocos y no tuvimos que esperar en ninguna tumba.


Tumba de Inherka (nº 359).
Durante el reinado de Ramsés III y Ramsés IV, Inherka era el hombre de confianza, encargado de dirigir a los obreros; lo que actualmente conoceríamos como capataz.


Las escenas me parecieron encantadoras: las mujeres con sus vestidos blancos de lino, los animales, el harpista, la niña siendo acicalada por una procesión de mujeres, el gato de Heliopolis matando a la serpiente Apofis bajo el árbol sagrado… ¡Qué bonito!



Varias pinturas están protegidas por cristales, de ahí los reflejos que se ven en algunas fotos, pero que no merman en absoluto su belleza. Para mí, estas imágenes constituyen un auténtico tesoro.


Tumba de Sennedjem (nº1).
Tiene su historia para los españoles, ya que en 1886, Eduardo Toda, cónsul de España en Egipto, entró en la tumba intacta de Sennedjem, que vivió durante la dinastía XIX, bajo los reinados de Seti I y su hijo Ramsés II. En la cámara funeraria, hallaron momias, sarcófagos de madera, un ataúd policromado, vasos de cerámica, panes, frutas, flores, muebles…




No obstante, lo que más les llamó la atención fue la calidad de las pinturas de la cámara funeraria, con sus muros repletos de textos y escenas del Libro de los muertos, la momia del propietario tendida sobre un lecho fúnebre, los sacerdotes haciendo ofrendas, dioses de la muerte, el difunto y su esposa arando los campos del más allá…


Me quedé alelada viendo la escena del dios Anubis inclinado sobre la momia de Sennendjem, flanqueado por las diosas Isis y Neftis. Y también la pintura en la que aparecen el difunto y su familia durante la celebración de un banquete.



Sin duda una de las tumbas más bonitas de Deir-el-Medina, al menos de las que yo vi.

Tumba de Pashedu (nº 3).
Además de contar con escenas de gran colorido, esta tumba es famosa por la imagen donde aparece Pashedu bajo una palmera, agachado ante la corriente de un río (siguiente foto, abajo, a la izquierda).


Desde la parte alta del poblado, la panorámica era impresionante. Abajo, a nuestra izquierda, divisábamos los muros protectores de un pequeño templo ptolemaico, dedicado a las diosas Hathor y Maat.


Cráter de ostraca.
Pese a que abrasaba el sol, nos animamos a ir hasta allí, aunque antes de entrar nos acercamos a echar un vistazo al “cráter de ostracas”, un gran pozo artificial que tiene su historia. Durante la dinastía XX, se excavó con la intención de hallar agua para los trabajadores. Tras profundizar más de 50 metros sin éxito, el proyecto quedó abandonado y los habitantes de Deir-el-Medina lo utilizaron durante siglos como vertedero. Con el paso del tiempo, los arqueólogos recobraron del fondo miles de ostraca, es decir, trozos de cerámica o piedra caliza con inscripciones que han permitido conocer importantes detalles de la vida cotidiana del poblado y del Antiguo Egipto, desde cartas personales hasta registros de huelgas y juicios; incluso, listas de la compra.

Templo ptolemaico.
Este templo data de los siglos tercero y segundo antes de Cristo. Fue transformado en monasterio por los coptos. Protegido por una muralla, se accede por una puerta que conduce a un patio. Al traspasar la entrada, está la sala hipóstila; luego, un corredor que comunica con tres capillas.



Tanto la sala hipóstila como las capillas conservan en sus muros mucha decoración con sus brillantes colores originales. Me encantó fijarme en los vestidos de las diosas, todos diferentes. También destaca el culto al dios Amon-Min, que exhibe orgulloso sus “atributos” viriles.




Desde allí volvimos al aparcamiento. Me encantó Deir-el-Medina. Además de las tumbas, el escenario es imponente.


