El tercer día en Kyoto pintaba bien: castillo Nijo (segundo intento!), pabellón de plata y camino de la filosofía para terminar en el santuario Heian. Echando cuentas nos salía mejor comprar el pase de bus de ¥500, así que en cuanto terminamos de desayunar en el Mr. Donut de la estación (¥810) nos fuimos a por los pases y nos montamos en el bus (sirven el 9, 50 y 101) y nos bajamos en Nijojomae. Esta vez las taquillas para los billetes estaban abiertas y los compramos en la máquina, ¥600 por persona (cómo les gustan a los japoneses las máquinas expendedoras! De bebida, de comida, de entradas…).

La entrada incluye la visita al interior del castillo, pero no se pueden hacer fotos y además está todo en japonés, una pena. Aún así, está curioso y bien montado, y uno se imagina cómo era la vida ahí dentro, con el shogun y sus señores feudales…
Al terminar la visita, nos dimos una vuelta por los jardines, que estaban preciosos con los cerezos en flor. Tienes los típicos jardincitos con agua y puentes, tienes un foso por si alguien duda de que esto sea de verdad un “castillo”, tienes una parte del muro donde puedes subir y verlo todo desde arriba…

Cuando dimos por terminado el castillo cogimos otra vez el bus para ir hasta el Ginkakuji o pabellón de plata. Al principio habíamos pensado parar en los jardines del palacio imperial (sin hacer la visita), pero habíamos visto ya tantos jardines (y este no era de los más laureados) que lo dejamos para mejor ocasión.
Tardamos casi una hora en llegar, porque el único bus que sirve es el 204 y tardó un buen rato. Cuando llegamos, teníamos un paseo hasta el templo, pero fue un paseo agradable, bordeando un canal flanqueado por cerezos en flor, muy parecido a lo que luego veríamos en el camino de la filosofía. Después de hacer las fotos de rigor, llegamos al templo y pagamos la entrada (¥500), y enseguida vimos que había bastante gente. Para hacer las fotos típicas del cono de arena con el pabellón al fondo casi había que hacer cola (eso sí, muy educadamente). La verdad es que el templo, después de haber visto el Kinkakuji el día anterior y sobre todo si te esperas algo parecido (por el paralelismo de los nombres?), decepciona un poco. A mi entender, el rastrillado zen lo salva y lo hace interesante, pero no es ni de lejos tan bonito o tan impresionante como el dorado. Juzgad vosotros mismos:

Puedes subir por un caminito que te lleva hasta cierta altura y te permite ver el complejo desde otra perspectiva, pero aparte de eso no hay mucho más:

Desde el Ginkaku empezamos nuestro recorrido hacia el Heian Shrine, recorriendo el camino de la filosofía, o mejor dicho, del filósofo, llamado así porque solía recorrerlo un famoso filósofo japonés de camino a la universidad. La verdad es que es un paseo agradable, pero creo que en otra época que no sea primavera pierde gran parte de su encanto, que se fundamenta en los cerezos en flor. Cuando planeamos el viaje no contábamos con encontrar todavía cerezos, y aún no me termino de creer la suerte que tuvimos, porque hace que todo sea mucho más bonito.
Por el camino nos detuvimos en el Honen-in, un pequeño templo medio escondido y de entrada gratuita:
El camino del filósofo termina en el Nanzenji, inmortalizado en la película Lost in Translation, al igual que las “zamburguesas” del Heian que veríamos luego. La entrada al recinto principal es gratuita, pero luego cada subtemplo tiene su precio. Lo más llamativo del Nanzenji es, quizás, el acueducto de ladrillo que tiene, que a ojos de un occidental (y más si conoce Segovia) no llama mucho la atención, pero que a los japoneses les debe hacer mucha gracia. Aparte del acueducto, hay varios jardines (de plantas y de piedras), aunque nosotros no entramos en ninguno.

Ya desde antes de llegar al Nanzenji estábamos con hambre, pero al salir de ahí la cosa era ya preocupante. En esa zona no hay casi sitios para comer, y el único que vimos se especializaba en tofu, que debe ser la única comida japonesa que no termina de conquistarme, así que decidimos seguir buscando de camino al último templo, el Heian. La última parte del camino se hace paralela a un río, que por supuesto tenía sus cerezos correpondientes:
A estas alturas nuestros estómagos ya rugían, y cuando vimos un 7-eleven decidimos irnos a por él de cabeza, después de nuestra buena experiencia con la comida de combini la noche anterior. Comimos en unas mesas que tenían en la entrada, al solecito, todo muy rico (te lo calientan en el microondas sin problemas), por menos de ¥1500. Incluso probamos un kitkat de té verde que luego no volvimos a ver en ningún sitio y que estaba buenísimo:
Justo enfrente del 7-eleven está el torii enorme que marca la entrada del Heian. Es, literalmente, gigantesco:
Desde el torii llegas a la entrada del templo. Este templo nos gustó mucho, aunque es de los más modernos (1895), sobre todo por los colores tan vivos que tiene.

La joya es el jardín trasero (¥600 que por supuesto merece la pena pagar), donde está el estanque con piedras que os decía antes que parecen las zamburguesas de Humor Amarillo y que salió también el la peli de la Johansson. Aquí nos volvimos un poco locos haciendo fotos:



Con esto dimos por terminado nuestro día. Volvimos al hotel en bus y aprovechamos la tarde en el onsen, que le habíamos cogido el gusto al invento y había que aprovechar! Luego salimos a cenar y entramos en el subterráneo que hay bajo la estación de trenes, que además de centros comerciales tiene muchos restaurantes. Nos apetecía tempura así que nos quedamos en uno que tenía varios menús con distintos tipos y cenamos de muerte (y generoso) por ¥2240. Y así terminó nuestro tercer día en Kyoto: