Miércoles 23 Noviembre 2011
Nos esperaba un día bastante largo a todos, que comenzó a las siete de la mañana en el mostrador de recepción para arreglar la factura. Durante todo el crucero, todo tenía que cargarse a la habitación ya que, a excepción del casino, no se aceptaba dinero en metálico en ningún lado y como las dos parejas habíamos dejado un depósito de 450 dólares, tenían que devolvernos lo no consumido.
Cada día cargaban en la cuenta 12 dólares por persona en concepto de propinas (ya estábamos avisados) y sobro algo de los dos camarotes.
A esa hora ya estaban preparados para desembarcar muchos de los trabajadores del barco, aunque las puertas no abrían oficialmente hasta las 8.
Para desembarcar, había dos opciones: o bien cargábamos con nuestro equipaje (muy escaso) y podíamos desembarcar a primera hora, o bien podíamos haber dejado las maletas en el pasillo de las habitaciones la noche anterior, e iríamos saliendo por turnos según nos fuesen llamando. Evidentemente, como no llevábamos casi nada y queríamos aprovechar la mañana en Miami, elegimos cargar con nuestras cosas.
Todo el mundo llevaba un montón de maletas, y allí estábamos los cuatro con una de mano y un par de bolsas cada uno esperando en la cola.
Alguno de los empleados se sorprendió de vernos así y no se podía creer que sólo llevásemos eso. Hasta que no les explicamos que ese honor debía agradecérselo a Iberia, nos miraban extrañados.
Una vez en tierra, cogimos un taxi por 25 dólares (es precio cerrado) para llegar la terminal de Iberia en el aeropuerto (es la G), pero nada más entrar nos llevamos el primer chasco. El mostrador de facturación no abría hasta las 13:40, y no había nadie allí que nos pudiese informar si nuestro equipaje estaba allí. Fuimos preguntando a un par de trabajadores e incluso a un par de policías, y acabamos en la oficina de objetos perdidos donde, como era de esperar, nos dijeron que ellos sólo tienen allí los objetos que se hayan olvidado en el aeropuerto.
De todos modos, nos dio un par de teléfonos donde podíamos preguntar y eso fue lo que hicimos al salir de allí.
En la primera llamada, todo era a través de un contestador donde iba dando los datos de la reclamación, etc, y casi me caigo del susto cuando aquella voz me dijo que nuestras maletas no se habían encontrado y que teníamos que mandar una lista con todas las cosas que llevásemos dentro incluyendo las marcas. Nuestras caras en ese momento eran para haberlas grabado en video.
Volví a llamar al número en cuestión, pero esta vez conseguí hablar con un agente que me confirmó que todo estaba en Miami, pero que teníamos que esperar a que abrieran la oficina para recuperar nuestras pertenencias.
A pesar de la decepción, nuestro plan siguió adelante. Asun y yo teníamos reservado un coche de alquiler a las 10, así que salimos para allá para recogerlo. A diferencia de nuestra anterior visita a Miami, esta vez todas las compañías de alquiler están ubicadas en el mismo sitio y sólo había que coger un monorraíl para llegar allí.
Otra de las cosas que también había cambiado era que muchos peajes ya no aceptan efectivo, por lo que la chica de la oficina nos ofreció una especie de pase con la que ya quedarían todos prepagados y no nos tendríamos que preocupar más sobre ese aspecto. Nos costó 28 dólares y no estoy seguro de que llegásemos a rentabilizarlo, pero tampoco fue tanto dinero.
Teníamos reservado un coche de la categoría Mid Size, pero cuando llegamos al aparcamiento nos dijeron que podíamos coger cualquiera Full Size sin coste adicional.
Miramos un poco por encima, y al final decidimos montarnos en un Chevrolet Impala. Como sólo teníamos unas horas hasta que saliese el vuelo de Manu y Bea, conectamos en GPS con dirección al Biltmore Hotel en Coral Gables y justo a su lado descubrimos una calle cuyo nombre nos sonaba bastante.


Visitamos también el cementerio don Michael Jackson grabó Thriller, y acabamos en la Venetian Pool, que fue una de las cosas que no vimos en nuestra anterior visita porque estaba cerrada.

Antes de irnos a comer, hicimos un último alto en la Calle Ocho, y desde allí nos dirigimos a Bayside para echar los últimos minutos.


Como no podía ser de otra manera, el almuerzo lo hicimos en el Hooters que tienen allí, y aprovechamos una oferta que tienen los miércoles para ponernos hasta las orejas de alitas de pollo.


Cuando llegamos al aeropuerto a las 13:45, respiramos tranquilos cuando nos confirmaron que las maletas estaban allí y que en un momento nos las subirían.
Una vez que estuvo todo solucionado, Bea y Manu hicieron la facturación de su vuelo, y Asun y yo nos volvimos al coche para poner rumbo a Orlando.
El camino lo hicimos de un tirón, y fueron unas cuatro horas de viaje que se hizo un poco largo, sobre todo al final.

Antes de ir al hotel, paramos en un par de tiendas y yo me compré una Tablet y un disco duro externo que me hacían falta. Antes de salir, compramos algo de comida para la cena de esa noche y los desayunos de los días posteriores y desde allí nos fuimos a Kissimmee, y llegamos al motel Howard Johnson Tropical Palms sobre las 19:30.
La primera impresión no fue del todo mala, aunque tampoco era para echar cohetes, pero el alojamiento nunca nos ha preocupado demasiado.
El recepcionista tardó unos minutos en dar con nuestra reserva, pero al final la encontró (o nos hizo una nueva), y tuvimos que abonar toda la estancia a la hora de hacer el check in. Nos tocó una habitación grande en la planta baja al lado de la piscina, y el único inconveniente era que estaba un poco expuesta. Si abríamos las cortinas nos podía ver cualquiera.
Llegamos completamente reventados y, tras deshacer las maletas, picotear algo y ver un rato la tele, caímos rendidos.
Y no por ser mecanico tengo la verdad absoluta