Esto lo sabía yo: con el jet lag de las narices me despierto a las cinco y media de la mañana... ¡pero ésa es una gran noticia! Porque hoy es domingo y no quiero perderme la misa Gospel en Harlem. Las misas en verano son normalmente a las 11:30; pero he investigado un poco y he encontrado una Iglesia en que celebran un main service a las 08:00. Con suerte, a esa hora tan temprana no habrá muchos turistas.

Cojo el metro y ya en Harlem encuentro un Delhi donde me compro el que será mi desayuno durante todo el viaje: un “egg on a roll”; o lo que es lo mismo, un huevo revuelto metido en un bollo. En realidad el huevo es el ingrediente básico, puedes añadirle todo tipo de extras (desde el delicioso e hipergraso queso americano a ensalada, bacon, pastrami, etc.). Todo acompañado, por supuesto, de grandes cantidades de ese café “aguachirlado” que tanto gusta a los yankies (y a mí también). Ea, ya bien desayunado, a pasear por Harlem y a la Iglesia.

Harlem me parece un barrio tranquilo y encantador, con amplias avenidas de calles limpísimas y algunos parques la mar de apacibles. Claro, que es domingo, son las siete de la mañana.... y los únicos viandantes que veo por la calle son feligreses que se dirigen a misa.

Llego a la Bethel Gospel Assembly (www.bethelga.org) diez minutos antes de la misa, y no veo ni colas, ni autobuses, ni turistas: sólo un grupo de feligreses que me invita amablemente a pasar y me acompaña hasta un banco en la cuarta fila. Ya en el pre-servicio me doy cuenta de que aquello va a ser impactante: la Iglesia se va llenando de señoras perfectamente arregladas, con sus amplios vestidos y sus sombreritos. Hay una feligresa cantando a su bola, micro en mano, una oración. La gente me saluda, me da la bienvenida... Una pasada. Finalmente la Iglesia queda prácticamente llena... ¡pero sólo ocho guiris nada más!
A partir de ahí empieza lo bueno. La experiencia... es que me cuesta hasta describirla. Sólo diré que me paso toda la primera hora (la parte más musical) llorando como un niño. Aquello hay que verlo para creerlo. El entusiasmo de la gente; las increíbles voces del solista y del coro; lo amabilísimos que son todos, el ambiente tan.... indescriptible; los gritos, las emociones... ¡a los turistas nos cantan hasta una canción de bienvenida y se acercan TODOS a darnos la mano y ofrecernos su bendición! Una auténtica pasada, con seguridad de lo mejor del viaje (y mira que el viaje ha sido alucinante).
Después algunos feligreses salen al escenario a hablar, cantar o hacer una ofrenda; y llega la hora del predicador. Resulta que en ese oficio en concreto está invitado un predicador especial, algo así como el jefe de las asambleas de esta congregación. Se pasa una hora y media lanzando un speach al más puro estilo de los predicadores de las películas. Es un poco pesadillo... pero sólo por ver cómo maneja el discurso, de qué manera hace que el entusiasmo vaya subiendo poco a poco; y las reacciones de la gente, ya merece la pena.
Pero lo mejor de todo llega al final. Esto creo que no pasa en todas las misas.... así que tengo bastante suerte. Los feligreses, totalmente entregados, se acercan en pleno éxtasis a pie de escenario. El pastor baja y va tocando en la cabeza a muchos de ellos. Las reacciones... Bueno, es que aquello es muy fuerte. Trances, temblores, lágrimas, gritos, sollozos. La gente cae al suelo entre convulsiones, y unos asistentes los van tapando con mantas. Así se pasan una hora, y yo totalmente alucinado. De verdad, una de las experiencias más impactantes de mi vida. Todavía se me ponen los pelos de punta al recordarlo.
La misa dura tres horas nada menos; y cuando salgo me encuentro con un grupo de españoles que va al servicio de las 11:30. Ya se ve un ambiente distinto: aparecen autobuses de turistas, y estos chicos comentan que no podrán sentarse en los bancos de la parte baja de la iglesia, sino en un balcón reservado para los turistas. Imagino que así la experiencia debe ser mucho menos impactante, claro.
Tras el shock místico de la misa, con las pupilas dilatadas y el corazón conmovido, me voy a pasear por el Morningside Park y llego hasta la Universidad de Columbia, donde a la sazón se celebra una especie de encuentro con las familias de los alumnos al más puro estilo americano. ¡Eso es una Universidad, y lo demás son tonterías!

Después, breve visita a la Catedral de Saint John the Divine, que está a medio construir pero resulta impresionante: por sus dimensiones... y porque choca ver un edificio de ese tipo en una ciudad como esa.

Como mi intención es ir al Guggenheim, y me encuentro en plena forma, decido seguir paseando, esta vez a través de Central Park. Tengo que decir que el pulmón de Manhattan me ha impresionado muchísimo: por su tamaño, por su diversidad y por el provecho que le sacan los neoyorkinos, que lo abarrotan a todas horas del día. Es un placer perderse por sus frescos senderos; atravesar los tupidos bosques que crecen en su interior; hacerle fotos a las ardillas (numerosísimas); o dedicar un rato a ver a los chavales jugando al béisbol. No hacen falta ni mapas, ni guías: lo bonito es dejarse llevar por la intuición. Y como, además, orientarse en NY es muy, muy fácil, siempre acabas llegando a donde quieres llegar.


Lo reconozco, no me gustan mucho los museos. Suelen saturarme mucho y acabo dedicándoles más tiempo del que en realidad querría. Pero el Guggenheim me ha parecido muy abarcable, muy fácil de visitar. También es cierto que su selección de obras es bastante limitada (lo comprobé después, al visitar el MOMA); y que el edificio es tan famoso que sólo darse un garbeo por la gran rotonda ya le da valor a la experiencia.


Aún queda mucho día por delante... ¡y hay tantas cosas que ver! Cojo el metro y me dirijo a la Central Station, donde sé que hay sitios para matar el gusanillo. El edificio no decepciona: es magnífico, enorme, monumental. ¡La cantidad de pelis que se han rodado aquí dentro! Efectivamente, en el sótano hay una zona de restauración bastante apañada, así que aprovecho para comer y tomarme una cerveza fresquita...


Tras un paseo para ver de nuevo el Chrysler y un nuevo baño de multitudes en Times Square, me voy a descansar un rato al hotel para disfrutar tranquilo de la tarde-noche. No tengo ganas de moverme mucho, así que voy andando hasta Little Italy (y para eso debo atravesar parte de la enorme ChinaTown). La “pequeña Italia” es ya sólo una calle repleta de restaurantes italianos. No especialmente encantadora, la verdad. A ver, el ambiente resulta curioso y los edificios son bonitos; pero no es de las zonas que más me han gustado de NY.

Pienso cenar en el Soho, pero no encuentro mucho ambiente; así que me encamino a la siempre animada Bleecker Street, en Greenwich Village. Un lugar para tomar algo y darle al ojo, podría pasarme observando a los neoyorkinos toda una vida. Por cierto: tanto ellos como ellas (en general) guapísim@s y cuidadísim@s. ¿Dónde están los famosos obesos norteamericanos? En Nueva York, desde luego, no.