Temprano como siempre desmontamos la tienda y salimos en dirección Pecs. Al ser domingo no hay demasiado tráfico para salir de Budapest, cosa que agradecemos. Son 240km casi todos por autopista, pero el último tramo el GPS nos desvía por una carretera que atravisesa unos parajes desérticos.
En Pecs nos alojamos en el Familia Camping, a 3km del centro. (3800florin/15€). Como su propio nombre indica es un camping de gestión familiar, tanto que las tiendas se plantan en el jardín de la casa de los dueños y en la planta baja de ésta se encuentran los baños y la cocina. La dueña del cámping es una señora mayor bastante antipática que solo habla húngaro o alemán mal chapurreado. La comunicación fue difícil desde el primer momento. Estamos armando la tienda y, sin dejarnos terminar, la señora me llama para que vaya inmediatamente a pagarle la noche.
Encima, cuando estamos comiendo se pone a llover y tenemos que meternos en la tienda y terminar dentro. Preguntamos a nuestro vecino de tienda, un belga que viaja solo, si sabe cómo llegar desde allí al centro del pueblo. Nos informa de que se puede ir en bus o caminando. Aunque hace mucho calor, preferimos ir andando, es un paseo.
Pecs es merecidamente patrimonio de la Humanidad y son muchos los monumentos que se pueden visitar: la Szechenyi ter con numerosos edificios de interés, la mezquita Hassan Jakovali, la Gran Sinagoga, la Basílica y el Teatro nacional. Aparte de esto, la ciudad es muy bonita, con calles peatonales y edificios impresionantes, destacan sobre todo el Ayuntamiento y el Teatro Nacional.
Paramos a tomar unos helados, hace muchísimo calor. Estamos un rato contemplando una actuación en una de las plazas y volvemos caminando al cámping.
Empieza a oscurecer y llega al camping una familia de franceses con 2 niños muy pequeños. Mientras hacen el registro ya es prácticamente de noche y cuando se ponen a montar la tienda no se ve nada. La dueña, por tacañería, imagino, tiene todas las luces del camping apagadas, y aunque está viendo la situación tiene la desvergüenza de no encender ni un solo foco, así que lo tienen que hacer como pueden, a tientas, ¡Qué mal me cae esta señora! Me ofrezco a alumbrarles con los faros del coche, me dicen que no, que ya lo van a dejar así, sin clavar la tienda ni nada.
Cenamos, forzosamente, a la luz de las velas.
Por la tarde fuimos a un supermercado húngaro, compramos varios productos entre ellos un paquete de lo que creímos era queso. A día de hoy desconocemos lo que comimos, el aspecto era más o menos de queso, la textura no, el sabor, ahumado, parecido a las salchichas, por tanto lo bautizamos como quesolchicha.