Ya he contado mi tortuosa llegada al hotel de Yazd con el pobre Mehmed dando vueltas y más vueltas para dejarme a la puerta en aquel laberinto de callejas. Sin embargo, no he contado cómo fui a parar a ese hotel.
He de comenzar reiterando (ya lo he mencionado en la introducción) que tengo la impresión de que Yazd es uno de los sitios más difíciles para encontrar alojamiento de Irán. Es una encrucijada de caminos entre Teherán, Isfahan y Shiraz ya desde los tiempos de la Ruta de la Seda y todos los grupos que visitan Irán hacen parada aquí. Por eso, cuando un mes antes de partir para Irán empecé a reservar los alojamientos, me costó encontrar una habitación en Yazd. Tan desesperado me vi que llegué a escribir al hotel Silk Road que había dejado vendido al pobre Sele en su viaje por Irán cuando ofrecieron su habitación a otros viajeros. Por eso y porque había leído que sus dueños (dueños también, entre otros, del hotel Orient) querían monopolizar el mercado turístico en Yazd traté de dilatar lo más posible la confirmación de su reserva. Entretanto, el hotel Kohan me respondió diciéndome, que aunque estaban completos, tenían una habitación disponible en un hotel, algo inferior, que les pertenecía, el Termeh, por 35 $. No lo dudé y reservé. En su confirmación de la reserva me pedían que, no obstante, unos días antes de mi llegada les reiterara que seguía interesado en la habitación. Tomé nota de este consejo y decidí aplicarlo a todas mis reservas en Irán. Cuál sería mi sorpresa cuando unos días antes de mi llegada a Yazd, les escribo informándoles de que sigo interesado en la habitación y me responden que ni en el hotel Kohan ni en el Termeh figuraba una habitación a mi nombre. Les suplico que lo verifiquen pero me dan la misma respuesta. Incluso les llamo por teléfono desde la estación de Shiraz mientras esperaba el autobús de ADL al que a punto estuve de no poder subir y me repiten lo mismo. Pero su desfachatez no se queda ahí. Tras buscar contrarreloj un sitio donde poder alojarme en Yazd, el día siguiente recibo un correo suyo preguntándome dónde había estado, porque supuestamente me habían estado esperando toda la noche. Y no sólo eso, cuando les remito indignado su correo diciéndome que no encuentran ninguna reserva a mi nombre, todavía se atreven a replicarme que eso era sencillamente una excusa, que seguramente no había acudido porque había encontrado otro alojamiento más barato en Yazd. Vamos, unos impresentables en toda regla estos tipejos del
Kohan/Termeh.
Aprovecho aquí para hacer un pequeño inciso y dar un
consejo. Aunque había comprado una tarjeta SIM procuraba llamar poco por teléfono y sólo cuando no había otra alternativa o era estrictamente necesario. El motivo era sencillamente que, a menos que supiera que mi interlocutor dominaba el inglés, en la mayoría de los casos llamar no servía de nada porque los iraníes no se aclaraban con el inglés hablado. Sin embargo, si reciben un email o un SMS, algo que puedan leer, no tienen problema en entenderlo.
Así pues, ante el imprevisto del Termeh, me veía obligado a buscar un hotel en Yazd y, aunque llevaba una lista de posibles hoteles en las ciudades que iba a visitar, por si acaso, en esta ciudad la mayoría eran caros. Pero había que dormir en algún sitio… Probé llamando a un hotel que ya había intentado cuando reservé todos los demás hoteles y que entonces me dijeron que estaba completo. Un mes después de aquello, tuve la suerte de que, por algún motivo, hubiese habido alguna cancelación y les quedara una habitación. El
hotel Jungle ya había sido un mes antes mi primera opción porque tenía muy buen aspecto y un precio muy razonable. En ningún momento pude imaginar entonces que iba a acabar durmiendo en él. Lo cierto es que tampoco es fácil, porque es un hotel pequeño, que sólo cuenta con siete habitaciones. De hecho, en el caravansar Zein O’ din coincidí con un grupo alemán y su guía iraní me preguntó si me iba a alojar allí. Cuando le dije que tenía un hotel en Yazd, quiso saber cuál era, pero el nombre del Jungle no le decía nada (no sé si a lo mejor el tema es que no había que pronunciarlo en inglés, sino en iraní o en español —junguel—, que viene a ser casi lo mismo). De todos modos, es un buen hotel, un poco hotel boutique, con un desayuno correcto. El único problema es que me asignaron la habitación de la planta baja, enfrente de la recepción, y oía llegar a todos los huéspedes.
Volviendo a la escasez de alojamiento en Yazd, he de añadir que días más tarde coincidí, como ya he dicho, en el autobús de Yazd a Kashan con dos italianos. Ellos me contaron que viajaban por Irán sin reservas previas, llamando la noche anterior a los hoteles (hoteles que ellos sacaban de LP). Pues bien, en Yazd estuvieron a punto de tener que dormir al raso porque todo estaba lleno. Por suerte para ellos, al final parece ser que encontraron algo en un dormitorio de camas múltiples.
Dejado mi equipaje en la habitación y aunque era de noche cerrada, decidí ir a ver el
zurkhanet, deporte iraní. Pregunté en recepción pero dado que no me dieron la información correcta sobre los horarios, al final esa noche me quedé sin asistir al espectáculo. Por suerte, al día siguiente sí lo conseguí, ya que Abbas, un taxista del que hablaré más tarde, me llevó cuando iba a dar comienzo la exhibición. Aunque sea adelantarme al discurrir de los hechos, diré que es un espectáculo de tres cuartos de hora que realmente merece la pena. Yo había leído que era de lucha, pero en realidad los “deportistas” realizan distintos entrenamientos (para los que hay que estar realmente en forma y para los que hay que tener también mucha fuerza), con o sin instrumentos, pero en ningún momento llegan a luchar. En este espectáculo, que tiene lugar al lado del complejo Amir Chakhmaq, el 95% de los espectadores éramos turistas. Comentando días más tarde con los dos italianos que acabo de mencionar, ellos me dijeron que habían asistido al mismo espectáculo (los ejercicios que vieron fueron los mismos que los que yo vi) por casualidad en Shiraz porque alguien se lo había recomendado sobre la marcha, pero allí, a diferencia de en Yazd, ellos eran los únicos extranjeros. Es que no venía en la Lonely Planet…
Aunque esa primera tarde-noche en Yazd no pude ver el zurkhanet, ni tampoco el mausoleo de los doce imanes porque estaba en obras, sí pude visitar la prisión de Alejandro (que tampoco es nada del otro mundo) y la oficina de turismo donde pretendieron venderme los servicios de taxi a precio de oro (los tours no me los ofrecieron porque para el día siguiente, que era el que a mí me interesaba, no tenían ningún grupo formado, lo que tampoco me sorprende con los precios que pedían). De allí, con la ayuda de unos vendedores de productos de belleza de Isfahan que me dijeron que Yazd había sido el peor sitio de todo su viaje comercial por Irán en términos de ventas, me fui al bazar y a la mezquita del viernes (también al mausoleo Roknadin, aunque de éste sólo vería su cúpula desde fuera porque estaba cerrado y al día siguiente, miércoles, sólo podían entrar las mujeres). Como a esa hora ya estaba todo cerrado y lo único que estaba abierto (según me habían informado en la oficina de turismo) eran los jardines Dowlatabad, decidí coger un taxi que me llevara allí.
Aquí quiero hacer nuevamente un inciso.
Desconfiad siempre de los planos iraníes: no están a escala. Aunque estos jardines no parecían estar demasiado lejos y daba la impresión de que eran accesibles caminando un poco, después de la experiencia en Isfahan para ver los puentes había aprendido que hay que coger siempre un taxi. En Isfahan, la primera noche, guiándome por un plano del hotel me fui a ver los puentes a pie, que parecían relativamente próximos. Tras más de media hora caminando, no había ni rastro de ellos, así que, tras cenar en un sitio que encontré por el camino, decidí tomar un autobús que me llevara de vuelta a mi hotel. Al día siguiente, cuando visité el barrio de Jolfa vi los puentes a lo lejos y me di cuenta de que habría necesitado horas para llegar. En el caso de los jardines Dowlatabad me habría pasado igual si no llego a contratar los servicios de Abbas. El único sitio en que me equivoqué cogiendo un taxi fue en Teherán. Quería ir de mi hotel al palacio Golestan y tomé un taxi que tardó en llegar casi lo mismo que habría tardado yo porque el hotel (que había elegido precisamente por su proximidad a los sitios de interés) estaba bastante próximo. Al igual que con los planos, desconfiad también de las indicaciones de los iraníes: diez minutos iraníes a pie es media hora española a pie.
Tras tratar de regatear con el taxista, acabé pagándole lo que me pedía para que me llevara a los jardines Dowlatabad. Abbas era un tipo enclenque, inquieto, a quien sin embargo fui incapaz de hacer bajar un solo toman sus precios. No sólo para ir a estos jardines, sino también en la excursión que le contraté para el día siguiente a Meybod, Chak Chak y Kharanaq por 40 $. Efectivamente, sus precios nada tenían que ver con los que me propusieron en la oficina de turismo (65 $), como él no paraba de repetirme. Pero además, he de reconocer que los jardines están alejados del centro. Por eso di como bueno el precio que me propuso para la excursión del día siguiente.
No sé si los jardines Dowlatabad merecen la pena. En mi caso no, porque estaba tan oscuro que no pude ver ningún jardín y sólo pude disfrutar del edificio central que dicen que tiene la torre de viento más alta de Yazd. En estos jardines también tuve la oportunidad de intimar con un grupo de iraníes que enseguida me pararon para hacerse una foto conmigo al ver que era extranjero. Tras una hora en los jardines (tiempo recomendado por Abbas para visitarlos, que a mí me resultó excesivo por lo dicho anteriormente), me volvió a recoger para llevarme al complejo Amir Chakhmaq. Allí, además de echarle un vistazo, cené, siguiendo sus consejos, en el restaurante de un amigo suyo por poco más de 4 euros. Tan bueno y tan barato fue, que regresé la noche siguiente (y quiso el azar que me encontrara también a Abbas, lo que me alegró por partida doble porque acabó llevándome gratuitamente de vuelta al hotel).
He de decir que a mí Yazd me defraudó. Había leído muchas loas a la ciudad pero lo cierto es que yo todo lo que vi (o mejor, lo que no vi, porque lo vi todo de noche) no me pareció especialmente destacable si lo comparamos con otros lugares de Irán. Lo único más singular, que vi el día siguiente (y esta vez a la luz del día), fueron los monumentos relacionados con el zoroastrismo (ateskhadeh o templo del fuego y las torres del silencio), que sin ser magníficos, son ciertamente singulares. Estos sitios, junto el santuario de Chak Chak, que tampoco es gran cosa, aunque tiene una vista increíble (eso sí, tras subir una montaña para llegar al pueblo), constituyen los tres centros zoroástricos de referencia en la región de Yazd. Según me contó Abbas, a Chak Chak hay que acudir a mediados de junio porque el pueblo se llena de zoroastras venidos de todos los rincones del mundo (que, al fin y al cabo, ya no son muchos, porque se trata de una religión milenaria en vías de extinción).
Como he dicho, el segundo día de mi estancia en Yazd visité con Abbas Meybod y Kharanaq, con sus caravansares. Ambos son pueblos muy interesantes, el primero porque es un pueblo de adobe completamente abandonado, que podría asemejarse a Bam o Rayan, aunque con otra distribución, y el segundo porque posee una magnífica fortaleza, que sólo ella justifica el viaje, no así como un depósito para el hielo cuyo interior es un auténtico timo.