Martes 29 de agosto de 2017
Las vacaciones se acaban y toca volver. Estaremos 24 horas de trayecto desde que nos recoge el taxi en el hotel de Diani Beach hasta que llegamos a nuestra casa.
En la hora y media que que hay entre el hotel y el aeropuerto de Mombasa pasamos por la carretera principal de Diani Beach, que no hemos pisado en ningún momento, y está llena de gente pero ningún turista. Hay un par de centros comerciales y varios tenderetes de artesanía al lado de la carretera.
Luego al entrar en Mombasa nos montamos en el ferry. El bullicio nos rodea. Hombres empujando carros cargadísimos. Motos y coches por doquier. También hay personas que parece que pululen, sin oficio ni beneficio. Pasamos por la avenida con la escultura en forma de cuernos gigantes, nos dice el taxista que es el landmark de la ciudad. La calle en sí no tiene nada de atractivo, son tiendas locales o talleres mecánicos.
El aeropuerto de Mombasa es pequeño y la zona de vuelos domésticos todavía más. Sólo hay una cafetería y una sala de espera para una sola puerta. Compramos un par de horas de wifi por 400 shillings en un mostrador y hacemos tiempo mirando una peli en Netflix. Hemos llegado con muchísima antelación porque nos dijeron que el tránsito en Mombasa solía ser denso y podía haber una larga cola en el ferry, pero nuestro trayecto ha sido muy fluido.
En la pantalla de la sala de espera no pone ningún tipo de información. Llega la hora marcada del inicio del embarque pero nadie se mueve, no aparece nadie en el mostrador de la única puerta de embarque existente. Pasan los minutos, nos ponemos nerviosos. Preguntamos a una pareja y la señora me responde con tono burlón “Oh, this is Africa, madam”. Ni siquiera el último día somos capaces de acostumbrarnos a esta actitud tan “relajada” de este país.
El vuelo sale con una media hora de retraso. Desde la ventanilla vemos asomar la cima del monte Kilimanjaro por encima de las nubes. El punto más alto de África.
Una vez llegamos a Nairobi tenemos que cambiar de terminal, se ha hecho de noche y ha refrescado. Tenemos tiempo de sobras hasta que salga el próximo vuelo, ya lo planificamos así previendo posibles retrasos. El aeropuerto es algo viejo pero aquí las indicaciones son claras. En la terminal de vuelos internacionales hay varias tiendas de souvenirs y una cafetería atestada.
La puerta de embarque de Lufthansa abre con más de una hora de antelación de la salida del vuelo. El vuelo sale puntual. Llegamos a Barcelona después de hacer escala en Frankfurt a la hora prevista. El miércoles a las 11 de la mañana estamos en casa acariciando el gato, nuestro felino favorito.