Martes 13 feb
Después de otro gran desayuno nos dirigimos al aeropuerto para coger el avión que nos llevaría a Santa Marta.
El vuelo de Avianca tardo 1 hora y 5 minutos; comodísimo, amplio y con pantalla para ver películas, muchísimo mejor que las compañías europeas.
El aeropuerto está a 40 minutos en taxi del centro de la ciudad. Tras hacer el checkin en la Villana hostel y después de que nos dijeran que la playa de la ciudad no merecía nada la pena, nos fuimos a comer algo rápido y directamente coger un taxi para ir a la playa de Taganga, a 10 minutos por carretera.
Esta playa no es la típica que uno espera del Caribe con sus palmeras y su agua turquesa, pero el estar rodeada de montañas tan altas y tener los botes de pesca fondeados en la playa, le da un encanto especial.
El taxi hasta la playa tiene precio estipulado de 10.000 o 12.000 pesos, no te ponen taxímetro.
Tanto Germancito como yo, nos habíamos quemado muchísimo el cuello y la cara en Bogotá, así que en cuanto pusimos un pie en la arena, buscamos directamente la única zona sombreada de la playa; debajo había sillas y hamacas por las que tuvimos que pagar 10.000 pesos cada uno. Había música y estaba lleno de colombianos bebiendo, así que la zona estaba muy animada.
Teníamos con nosotros los teléfonos y bastante dinero, por lo que decidimos ir a bañarnos por turnos.
A pesar de que en Santa Marta había muchísimo viento y oleaje, aquí apenas corría el aire y el mar estaba en calma absoluta.
Fui decidió a tirarme, pero en cuanto metí el primer pie en el agua, retrocedí como alma que lleva al diablo. No voy a decir que el agua estuviera helada, pero desde luego no era lo que me esperaba; estaba como en Bilbao en verano, fresquita, así que me di media vuelta y a la sombra, que cuanto menos me diese el sol mejor. Que decepción al tocar el agua
Cuando nos cansamos de escuchar vallenato con vistas al mar, fuimos a ver el paseo marítimo. Tiene varios bares, tiendas, y pequeños restaurantes con terrazas mirando al mar. Eran las 5 de la tarde y el hambre apretaba, por lo que decidimos quedarnos a cenar aqui.
Nos sentamos en una terraza mirando al mar y nos dimos en primer capricho del viaje, una langosta exquisita.
Cuando el sol se metió bajo el mar, cogimos un taxi y al llegar a Santa Marta, buscamos un súper para comprar fruta y cosillas para llevar al trekking.

