28 de marzo. Esta mañana después de desayunar despidiéndonos en el encantador salón de nuestro Hotel, salimos a visitar el Castillo Nuevo, aragonés o Maschio Angioino, con una silueta potente junto al mar, con sus robustas torres, y el gran arco triunfal que es la entrada. Tiene unas terrazas panorámicas de la bahía que eran de pura felicidad, interesantes salas y vistas sobre todo a la Cartuja "dalla mía caduta", que mejoró mucho con el árnica y pude subir y bajar sin problemas.
Este castillo tiene su origen en el siglo XIII con la dinastía de Anjou, que gobernaba en Sicilia y Nápoles, y que trasladaron la corte de Palermo aquí construyendo este nuevo Palacio. Posteriormente fue remodelado y utilizado por la corona aragonesa, sobre todo en tiempos de Alfonso V de Aragón, quien reforzó las Torres y construyó el arco triunfal . Carlos III, cuando era Carlos VII de Napoles también vivió en él. Muy interesante la bóveda estrellada de la sala Maior o de los Barones : donde se detuvieron a los barones que conspiraron contra Fernando I de Nápoles.
Tiene valiosas piezas en las salas museísticas, y hay que destacar las pinturas, esculturas y frescos en la Capilla Palatina. No hay que perderse las puertas de bronce bellamente labradas con bajorrelieves de escenas de guerras en los 6 cuadrantes que está dividida cada una de ellas, en uno de los cuales se puede ver la que la huella de una detonación que atravesó el bronce detonación

El magnífico arco triunfal del siglo XV, bellamente esculpido, con una curiosa pintura en la parte superior del arco que representa la plaza mayor de Madrid, significa para muchos estudiosos no solo una carta de presentación de la nueva dinastía, hay que fijarse en el relieve de su entrada como si fuera un nuevo Augusto, sino también todo un programa humanista de los valores clásicos, representado por un magnífico estilo renacentista que subraya dichos ideales.
Ya nos quedaba despedirnos de la ciudad, cruzando la ciudad como auténticos napolitanos por donde nos parecía, sin inmutarnos por los motorinis, y buscando de nuevo el magnífico café-pastelería "Escartuchio" para tomarnos un rico capuchino bien espolvoreado de chocolate y el último sflogliatelle de Nápoles recién salido del horno. Compramos un par de figuras para nuestro belén en la Vía de San Gregorio Armero, hicimos las últimas compras y regalos y sin querer ir a nuestro Hotel para recoger las maletas, remoloneamos entre puestos y tiendas hasta que no nos quedó más remedios que irnos. Adiós Nápoles que nos atrapaste el corazón, a pesar de tu caos, suciedad y dejadez.

La circunvesuviana nos hizo esperar otra vez por un tren anulado a causa de obras en la vía, pero a las 14,30 con las pesadísimas maletas, sobre todo la mía, llegábamos a Sorrento, que nos recibió con un día soleado y azul cargado de brisa marina. Pero como todo no es poesía el B&B reservado, Casa Sorrentina en la calle principal, no tenía ascensor menos mal que era el primero.
Comimos en un bar junto a la Catedral renacentista que visitamos posteriormente. Tras ella nos fuimos a la Basílica de San Antonino, con origen en el siglo IX, y en la que se observan material de acarreo de las villas romanas de los alrededores, nos pareció muy interesante la puerta meridional bizantina-románica y el belén sorrentino, curiosa la cripta del santo con numerosos exvotos.

Aún nos dio tiempo de ir a la Iglesia de San Francisco de Asis, remodelada en estilo barroco, con un campanario terminado en forma de bulbo, de la que nos encantó su blanco claustro con capiteles que sostienen arcos entrelazados, donde estábamos solos y con el sosiego que transmitía, nos sentamos a disfrutar del momento y de las flores y plantas de su interior.

Desde el mirador junto a la iglesia se veían una vistas magníficas del mar y del Vesubio, todo un lujo. Bajamos en el ascensor a la playa y tuvimos una tarde tranquila y sosegada, paseando junto al mar con el volcán siempre presente, con gatos dormitando en las grandes piedras y con un atardecer de ensueño.

Al anochecer nos fuimos a la marina grande, la zona marinera con las barcas en la arena pero donde estaban cerrados la mayoría de los restaurantes recomendados, así que volvimos a la zona alta del centro donde cenamos estupendamente en un restaurante que nos recomendó nuestra casera: “Il leone rosso”. Hemos tomado una ensalada de pulpo, pomodorini y rúcula, rissoto a la marinera para compartir, y de 2º un pezzogna al grill, es decir besugo, acompañado de focaccia (pizza con sal, aceite y pimienta) a modo de pan y con un rico vino de la zona " De angelis", de uva "falanghina". Todo exquisito, a buen precio y nos invitaron al final a limoncello, ¡qué más pedir!

Llegamos al alojamiento y el desayuno ya estaba preparado en la cocina común a los 5 estudios, y ¡gran desilusión!, casi todo es de paquetitos preparados: los cornettis y croissants, los cafés de máquina de oficina, cereales de barrita, pero hay leche y mantequilla en el Frigo, y es que ¡no todo es perfecto!, no está nada mal pero no es lo que pensábamos, menos mal que hay cafetera y nos trajimos el café que sobró en Roma, tenemos también un exquisito aceite y los pomodirinis de la tienda de la esquina tienen una pinta riquísima.
Nos vamos a descansar que mañana espera Pompeya y por la tarde-noche en un coche que vamos a alquilar queremos ir a Positano. Nos despedimos llenos de ese maravilloso atardecer frente a la costa y el omnipresente Vesuvio.