Las horas intempestivas a las que finalizó el taller de cocina del día anterior, el hecho de tener que dejar nuestras pertenencias dentro de la furgoneta, y no haber visto la zona colonial de Mérida, nos llevó a la decisión de reagendar el día que teníamos pensado ir a ver Chitzen Itzá. La realidad siempre supera a la ficción, y debíamos reconocer que nuestra planificación desde España había sido de máximos
. En cualquier caso, teníamos dos días previstos de relax en el hotel de la Riviera Maya, por lo que teníamos margen para desviaciones en caso de que quisiéramos recuperar alguna visita. Además, teníamos la impresión que Mérida tenía mucho más que ofrecernos, más allá de su impresionante gastronomía.
Salimos del hotel después de desayunar, para dirigirnos a la Iglesia de la plaza Mayor y otra más pequeña que dista a unos cien metros de la primera. El paseo matutino, nos hizo detenernos en algunas tiendas de recuerdos donde pudimos realizar algunas compras antes de dirigirnos a los enclaves históricos. Las haciendas de llamativos colores
se iban sucediendo en las calles y al recorrerlas no pudimos menos que traer de la memoria recuerdos de la ciudad colonial de Trinidad, Matanzas y tantas otras de nuestro viaje a Cuba
. Con estas imágenes en la retina, alcanzamos la primera de las Iglesias que no pudimos menos que visualizar a través de las historias del podcast “Memorias de un tambor”, como plazas fuertes en momentos de tensión bélica. Sentados allí, viendo las inscripciones en el suelo y tocando sus gruesas paredes pudimos llegar a imaginar el sentimiento de las personas que vivieron en aquella época en la búsqueda de una vida mejor. Sensación parecida tuvimos en la iglesia más grande, donde al estar haciendo misa no quisimos detenernos tanto. Enfrente estaba la plaza mayor, lugar de eventos culturales diarios (os aconsejamos que si váis a quedaros allí más días os informéis detenidamente sobre ello) donde hicimos cola para hacernos unas fotos delante de las letras grandes y coloridas que indicaban que aquello era Mérida
. Nos tomamos unas paletas (polos) artesanas de mango para nuestra camino de vuelta hasta la furgoneta, mientras nos quedaba la sensación que nos marchábamos habiendo tocado solo la superfície de esta gran y hermosa ciudad de plantas bajas.
Organizados ya en la van, nos dispusimos a abandonar la ciudad, cuando por uno de sus aledaños pudimos ver y detenernos en un mercado ambulante. Las camionetas destartaladas, ropa y precios locales nos hizo zambullirnos de nuevo en la cotidianidad de la ciudad, regalándonos momentos de realidad. Compramos algunos suministros en un abarrotes y retomamos de nuevo la carretera libre que nos llevaría tras noventa minutos de viaje a Valladolid
. En un pueblo del camino, nos detuvimos a comer en un bar que descubrimos tenía piscina en la parte de atrás, cosa que los niños supieron aprovechar adecuadamente
mientras preparaban la comida. Llegamos a Valladolid sobre las seis de la tarde y nos alojamos en nuestro hotel Ecotel Quinta Regia. Este establecimiento, situado a unos tres cientos metros de la plaza mayor, se encuentra situado y rodeado de vegetación abundante (¿selva?) y entre sus caminos interiores se puede descubrir una réplica del templo de Chitzen Itzá. Tras dejar nuestras maletas decidimos irnos a tomar un café al centro histórico, bajo un cielo que amenazaba con mucha más lluvia de aquella que nos permitía salir a pasear. Nos cobijamos en una suerte de plaza techada con diferentes bares enfrente de la Iglesia a descansar y reponer un poco de energías, mientras nuestros hijos se deleitaban jugando y chapoteando bajo la lluvia fuera de la parte cubierta
. Quisiera decir que hay que ser niño para ponerse chorreando jugando a la intemperie, pero viéndolos así nos recordábamos a nosotros no hace mucho tiempo bajo una tormenta tropical en la ciudad de Cienfuegos
. Cuando el tiempo lo permitió, salimos a ver la Iglesia, lugar de visita complementaria para todas las agencias que hacen la excursión de Chitzen Itzá, y que en nuestro primer viaje no quisimos visitar. Así lo atestiguaban la cantidad de autobuses aparcados alrededor de la plaza, que tras una breve parada continuan camino a los diferentes hoteles de la Riviera.
Visitada la Iglesia y la plaza, que tienen un estilo arquitectónico y urbanístico idéntico a la de Mérida decidimos que por precio y comodidad cenaríamos en el restaurante del hotel. Nos quedamos los cinco en la piscina para pasar un rato de juegos acuáticos en la piscina, mientras nuestros mayores descansaban en las habitaciones. La cena resultó ser algo íntima al tener el servicio en exclusiva para nosotros, pero muy agradable por el comfort y la comodidad de no tener que andar mucho más, y es que las fuerzas andaban ya un poco justas a estas alturas del viaje.
Nos confirmamos que queríamos salir temprano al día siguiente para evitar la llegada de los numerosos autocares de las excursiones organizadas de Chitzen Itzá y hablamos con la recepción del hotel para dejar allí nuestras pertenencias, y así recogerlas a nuestra vuelta que nos tenía que llevar por la tarde a nuestro alojamiento de todo incluído del Bahía Principe en la zona de playa Akumal.
Mérida
Ya al salir de la ciudad tuvimos la sensación de dejarnos mucho que ver allí, incluso salió la conversación de alargar nuestra estancia un día más (cosa que no pudimos hacer al tener pagados nuestros posteriores alojamientos). Nos encantó cenar en “La chaya maya” y sentir allí el bullicioso ritmo de los yucatecos emeritenses, pasear por los vestigios coloniales (arquitectura, urbanismo, …) de lo que fuera la provincia de Nueva España, conectar con nuestros recuerdos del viaje a Cuba y un sinfín de cosas más. Sin lugar a dudas, es y será uno de esos lugares a los que nos gustaría volver.
Salimos del hotel después de desayunar, para dirigirnos a la Iglesia de la plaza Mayor y otra más pequeña que dista a unos cien metros de la primera. El paseo matutino, nos hizo detenernos en algunas tiendas de recuerdos donde pudimos realizar algunas compras antes de dirigirnos a los enclaves históricos. Las haciendas de llamativos colores
se iban sucediendo en las calles y al recorrerlas no pudimos menos que traer de la memoria recuerdos de la ciudad colonial de Trinidad, Matanzas y tantas otras de nuestro viaje a Cuba
. Con estas imágenes en la retina, alcanzamos la primera de las Iglesias que no pudimos menos que visualizar a través de las historias del podcast “Memorias de un tambor”, como plazas fuertes en momentos de tensión bélica. Sentados allí, viendo las inscripciones en el suelo y tocando sus gruesas paredes pudimos llegar a imaginar el sentimiento de las personas que vivieron en aquella época en la búsqueda de una vida mejor. Sensación parecida tuvimos en la iglesia más grande, donde al estar haciendo misa no quisimos detenernos tanto. Enfrente estaba la plaza mayor, lugar de eventos culturales diarios (os aconsejamos que si váis a quedaros allí más días os informéis detenidamente sobre ello) donde hicimos cola para hacernos unas fotos delante de las letras grandes y coloridas que indicaban que aquello era Mérida
. Nos tomamos unas paletas (polos) artesanas de mango para nuestra camino de vuelta hasta la furgoneta, mientras nos quedaba la sensación que nos marchábamos habiendo tocado solo la superfície de esta gran y hermosa ciudad de plantas bajas.Organizados ya en la van, nos dispusimos a abandonar la ciudad, cuando por uno de sus aledaños pudimos ver y detenernos en un mercado ambulante. Las camionetas destartaladas, ropa y precios locales nos hizo zambullirnos de nuevo en la cotidianidad de la ciudad, regalándonos momentos de realidad. Compramos algunos suministros en un abarrotes y retomamos de nuevo la carretera libre que nos llevaría tras noventa minutos de viaje a Valladolid
mientras preparaban la comida. Llegamos a Valladolid sobre las seis de la tarde y nos alojamos en nuestro hotel Ecotel Quinta Regia. Este establecimiento, situado a unos tres cientos metros de la plaza mayor, se encuentra situado y rodeado de vegetación abundante (¿selva?) y entre sus caminos interiores se puede descubrir una réplica del templo de Chitzen Itzá. Tras dejar nuestras maletas decidimos irnos a tomar un café al centro histórico, bajo un cielo que amenazaba con mucha más lluvia de aquella que nos permitía salir a pasear. Nos cobijamos en una suerte de plaza techada con diferentes bares enfrente de la Iglesia a descansar y reponer un poco de energías, mientras nuestros hijos se deleitaban jugando y chapoteando bajo la lluvia fuera de la parte cubierta
. Quisiera decir que hay que ser niño para ponerse chorreando jugando a la intemperie, pero viéndolos así nos recordábamos a nosotros no hace mucho tiempo bajo una tormenta tropical en la ciudad de Cienfuegos Visitada la Iglesia y la plaza, que tienen un estilo arquitectónico y urbanístico idéntico a la de Mérida decidimos que por precio y comodidad cenaríamos en el restaurante del hotel. Nos quedamos los cinco en la piscina para pasar un rato de juegos acuáticos en la piscina, mientras nuestros mayores descansaban en las habitaciones. La cena resultó ser algo íntima al tener el servicio en exclusiva para nosotros, pero muy agradable por el comfort y la comodidad de no tener que andar mucho más, y es que las fuerzas andaban ya un poco justas a estas alturas del viaje.
Nos confirmamos que queríamos salir temprano al día siguiente para evitar la llegada de los numerosos autocares de las excursiones organizadas de Chitzen Itzá y hablamos con la recepción del hotel para dejar allí nuestras pertenencias, y así recogerlas a nuestra vuelta que nos tenía que llevar por la tarde a nuestro alojamiento de todo incluído del Bahía Principe en la zona de playa Akumal.
Mérida
Ya al salir de la ciudad tuvimos la sensación de dejarnos mucho que ver allí, incluso salió la conversación de alargar nuestra estancia un día más (cosa que no pudimos hacer al tener pagados nuestros posteriores alojamientos). Nos encantó cenar en “La chaya maya” y sentir allí el bullicioso ritmo de los yucatecos emeritenses, pasear por los vestigios coloniales (arquitectura, urbanismo, …) de lo que fuera la provincia de Nueva España, conectar con nuestros recuerdos del viaje a Cuba y un sinfín de cosas más. Sin lugar a dudas, es y será uno de esos lugares a los que nos gustaría volver.
#Merida #Yucatan #Valladolid