Vuelo El Prat BCN – París Orly con Vueling, de 8’20 a 10’10 horas
Vuelo París Orly – Zarzis Djerba, de 14’55 a 17’55 horas
Terminal de llegadas de Zarzis: un cartelito con el nombre de Dar Dhiafa es sujetado diestramente por un taxista yerbano, con el fin de indicarnos que él es el enviado de Chiara, la propietaria italiana del hotel donde nos vamos a alojar las próximas 7 nuits.
Durante el recorrido desde el aeropuerto, ya nocturno a las 6 de la tarde, no encontramos ni tráfico ni iluminación por las carreteras, ni un alma por las calles del par de pueblos atravesados, exceptuando algunos isleños sentados en la terraza de alguna cafetería, y algunas siluetas bajo las luces de pequeñas tiendas de comestibles, quincallería, droguería, o de todo un poco.
Igual de diestro al volante de su taxi (1º) amarillo, nos aparca en 20 minutos en el Dar Dhiafa, hotel con encanto de Erriadh, antiguamente Hara Sghira, un apacible y prometedor pueblo del centro de la isla, conocido por la sinagoga de La Ghriba, y por las creaciones de decenas de artistas urbanos de todo el mundo, que embellecen, por lo general, los muros de los callejones de una parte del pueblo, transformada en una galería de arte al aire libre llamada Djerbahood
El hotel Dar Dhiafa, es una hacienda tradicional de la isla llamada “menzel”, de forma rectangular con muros encalados, situada justo frente a la mezquita de Erriadh, formada por 5 viviendas que estaban abandonadas, y fueron rehabilitadas por los dueños uniéndolas por patios, arcadas, bóvedas y cúpulas. Los “menzel” son casas rurales yerbanas, levantadas a modo defensivo a lo largo de la historia por los isleños que se alejaban de la costa, ante los continuos ataques provenientes del mar. Son construcciones familiares aisladas y dispersas, generalmente situadas alrededor de las mezquitas, y pensadas para albergar varias generaciones. Se componían de una o varias habitaciones llamadas “houch”, edificadas en el centro de huertas, campos u olivares, a las que se le añadían en ocasiones, talleres, graneros, molinos, aljibes, etcétera, y se cercaban de caballones de tierra o altas tapias de barro y chumberas.
El mítico viajero del siglo XVI, el converso León el Africano, con cuyas aventuras recuerdo habérmelo pasado en grande hace años, leyendo el libro del escritor franco libanés Amin Maalouf, describió el habitat y la actividad de Djerba, de manera bastante similar a lo que fue la isla hasta mediados del siglo XX, y de la que todavía quedan vestigios hoy en día: “Djerba es una isla cercana a tierra firme [...] guarnecida de una infinidad de viñas, dátiles, higos, aceitunas y otros frutos. En cada uno de los terrenos, se construye una vivienda, y la habita una sola familia, ciertamente se encuentran algunas aldeas pero pocas tienen muchas casas juntas. Esta región es pobre, pero con un gran trabajo se consigue regar con algunos pozos profundos”.
Tras la independencia de Túnez en 1956, la no inclusión de Djerba en los planes de desarrollo del gobierno, por cuestiones de rivalidades políticas, la falta de infraestructuras, industria, servicios, escuelas, etc., provocó la emigración de una gran parte de su población activa a mediados de los 60, principalmente a Francia, y más concretamente al área metropolitana de París. No es hasta los años 70, en que se comienza a dotar a la isla de servicios básicos, y comienzan a asfaltarse las carreteras, construirse escuelas y hospitales, ampliarse el aeropuerto, instalarse alumbrado, etc., cuando las aldeas empiezan a convertirse en núcleos urbanos, y las playas del nordeste en la espantosa “zona turística”, actualmente un ghetto guiri monstruoso que parasita la totalidad de ese litoral de la isla. El desarrollo, como siempre, trajo sus beneficios pero también sus males, como el uso del plástico, prohibido en forma de botellas y prácticamente inexistente en bolsas, hasta entonces, y que ahora pueblan la isla, desperdigadas por los campos y las orillas del mar.
La isla de Djerba es lisa como una tabla, y aunque algunos enfermos de pareidolia, le ven la forma de un molar con raíces, yo veo un cerdo sin los jamones traseros, de unos 25 kms de largo por 22 kms de ancho, con una extensión de 514 km2 como nuestra isla de Ibiza. Situada en el Golfo de Gabés a 2 kms de la costa de Túnez, se comunica por transbordador desde la ciudad de Ajim con la ciudad de Jorf en el continente, y por una “calzada romana”, construida por las legiones del imperio allá por el siglo III a.c., de 7 kms con agua a ambos lados, desde la ciudad de El Kantara, y a cuya entrada/salida también hay que pasar un puesto de control de la policía.
La población de la isla es de la etnia bereber, primeros habitantes de la isla, y a diferencia del resto de Túnez que son de confesión sunita, grupo mayoritario del islamismo, son musulmanes ibadíes, minoritaria rama de los jariyíes, uno de los tres grupos junto a sunitas y chiitas que conforman la religión musulmana. Los ibadíes, rechazan la violencia contra personas y animales, motivo por el que ni ha habido ni hay ningún miembro entre la filas de Al Qaeda o el Isis, y de los que solo quedan practicantes en el sultanato de Omán, Zanzíbar, y algunos islotes norteafricanos como Djerba. Aunque hoy en día los partidos islamistas, tanto moderados como fundamentalistas hayan crecido y se hayan afianzado, 8 años después de la dictadura, la legislación tunecina protege a todas las religiones, y prohibe la incitación al odio religioso o racial.
Hay 300 mezquitas en Yerba, de las que menos de la mitad están en uso, con una visible identidad propia, blancas pintadas con yeso y agua de cal, sobrias y sin detalles superfluos ni motivos geométricos, sin techos ni minaretes altos, sin ornamentación, con formas insólitas poco ortodoxas y cúpulas blancas. La mayoría son pequeños y sencillos templos rurales, pero las hay también subterráneas como la de Jemaa Louta, cerca del pueblo de Sedouikech en dirección a El Kantara, o fortificadas para resistir ataques, como la de Jemaa Fadhloun en las afueras de Midoun, la segunda ciudad de la isla, o la mezquita del pueblo de El May, cerca de Erriadh.
También existía en Túnez una gran comunidad judía de unos 100.000 miembros hasta mediados del siglo pasado, en que se redujo drásticamente por la creación del Estado de Israel en 1948, y las contiendas contra los árabes, la guerra del Sinaí en 1956 y la guerra de los 6 dias en 1967. Actualmente, coexistiendo en paz con los musulmanes, quedan en Yerba unos 1200, que rezan en la importante sinagoga de La Ghriba, segundo templo más sagrado para el judaismo.
Por su situación entre el mediterráneo y el Sahara, la isla disfruta de un clima mediterráno semiárido, con una media anual de 20 grados, y variaciones entre los 30 de máxima y los 8 de mínima. Con inviernos suaves, más benignos que en el resto del país, de Djerba se dice que tiene una quinta y majadera estación con sequía extrema, brisa marina, fresco a la noche y rocío de madrugada. Las lluvias se dan unos 40 días al año, mayoritariamente entre setiembre y diciembre, y la estación seca sin una gota de agua y con el siroco cargado de arena desértica, desde el mes de abril hasta acabado el verano.
Para comer encontrareis tajines y cuscus de pollo, cordero o pescado; briks de pasta filo rellenos de atún, marisco, carne o espinacas, y huevo; buen pescado a la plancha como doradas, mero o lubinas; carne de cordero; calamares encebollados para chuparse los dedos; pulpo; camarones; ensaladas como la mechouia de berenjenas, tomates, calabacines y cebolla asadas, aliñada con ajo y aceite; sopas, y pequeños platillos que sirven de cortesía a modo de aperitivo con salsas como la harissa con ajo y guindilla, o hechos de verduras asadas con aceite; dátiles, ...
Entre pitos y flautas se hacen las 8 de la noche, y como en Erriadh no hay calles a esa hora, entramos en el restaurante del hotel. La carta sorprende por lo cara, porque aunque no conocemos todavía nada de precios y costes, los 10 euros por un costillar de cordero y los otros 10 euros por una dorada, a pesar de la excelencia, me los imagino desorbitados para la isla.
Vuelo París Orly – Zarzis Djerba, de 14’55 a 17’55 horas
Terminal de llegadas de Zarzis: un cartelito con el nombre de Dar Dhiafa es sujetado diestramente por un taxista yerbano, con el fin de indicarnos que él es el enviado de Chiara, la propietaria italiana del hotel donde nos vamos a alojar las próximas 7 nuits.
Durante el recorrido desde el aeropuerto, ya nocturno a las 6 de la tarde, no encontramos ni tráfico ni iluminación por las carreteras, ni un alma por las calles del par de pueblos atravesados, exceptuando algunos isleños sentados en la terraza de alguna cafetería, y algunas siluetas bajo las luces de pequeñas tiendas de comestibles, quincallería, droguería, o de todo un poco.

Igual de diestro al volante de su taxi (1º) amarillo, nos aparca en 20 minutos en el Dar Dhiafa, hotel con encanto de Erriadh, antiguamente Hara Sghira, un apacible y prometedor pueblo del centro de la isla, conocido por la sinagoga de La Ghriba, y por las creaciones de decenas de artistas urbanos de todo el mundo, que embellecen, por lo general, los muros de los callejones de una parte del pueblo, transformada en una galería de arte al aire libre llamada Djerbahood

El hotel Dar Dhiafa, es una hacienda tradicional de la isla llamada “menzel”, de forma rectangular con muros encalados, situada justo frente a la mezquita de Erriadh, formada por 5 viviendas que estaban abandonadas, y fueron rehabilitadas por los dueños uniéndolas por patios, arcadas, bóvedas y cúpulas. Los “menzel” son casas rurales yerbanas, levantadas a modo defensivo a lo largo de la historia por los isleños que se alejaban de la costa, ante los continuos ataques provenientes del mar. Son construcciones familiares aisladas y dispersas, generalmente situadas alrededor de las mezquitas, y pensadas para albergar varias generaciones. Se componían de una o varias habitaciones llamadas “houch”, edificadas en el centro de huertas, campos u olivares, a las que se le añadían en ocasiones, talleres, graneros, molinos, aljibes, etcétera, y se cercaban de caballones de tierra o altas tapias de barro y chumberas.

El mítico viajero del siglo XVI, el converso León el Africano, con cuyas aventuras recuerdo habérmelo pasado en grande hace años, leyendo el libro del escritor franco libanés Amin Maalouf, describió el habitat y la actividad de Djerba, de manera bastante similar a lo que fue la isla hasta mediados del siglo XX, y de la que todavía quedan vestigios hoy en día: “Djerba es una isla cercana a tierra firme [...] guarnecida de una infinidad de viñas, dátiles, higos, aceitunas y otros frutos. En cada uno de los terrenos, se construye una vivienda, y la habita una sola familia, ciertamente se encuentran algunas aldeas pero pocas tienen muchas casas juntas. Esta región es pobre, pero con un gran trabajo se consigue regar con algunos pozos profundos”.

Tras la independencia de Túnez en 1956, la no inclusión de Djerba en los planes de desarrollo del gobierno, por cuestiones de rivalidades políticas, la falta de infraestructuras, industria, servicios, escuelas, etc., provocó la emigración de una gran parte de su población activa a mediados de los 60, principalmente a Francia, y más concretamente al área metropolitana de París. No es hasta los años 70, en que se comienza a dotar a la isla de servicios básicos, y comienzan a asfaltarse las carreteras, construirse escuelas y hospitales, ampliarse el aeropuerto, instalarse alumbrado, etc., cuando las aldeas empiezan a convertirse en núcleos urbanos, y las playas del nordeste en la espantosa “zona turística”, actualmente un ghetto guiri monstruoso que parasita la totalidad de ese litoral de la isla. El desarrollo, como siempre, trajo sus beneficios pero también sus males, como el uso del plástico, prohibido en forma de botellas y prácticamente inexistente en bolsas, hasta entonces, y que ahora pueblan la isla, desperdigadas por los campos y las orillas del mar.

La isla de Djerba es lisa como una tabla, y aunque algunos enfermos de pareidolia, le ven la forma de un molar con raíces, yo veo un cerdo sin los jamones traseros, de unos 25 kms de largo por 22 kms de ancho, con una extensión de 514 km2 como nuestra isla de Ibiza. Situada en el Golfo de Gabés a 2 kms de la costa de Túnez, se comunica por transbordador desde la ciudad de Ajim con la ciudad de Jorf en el continente, y por una “calzada romana”, construida por las legiones del imperio allá por el siglo III a.c., de 7 kms con agua a ambos lados, desde la ciudad de El Kantara, y a cuya entrada/salida también hay que pasar un puesto de control de la policía.

La población de la isla es de la etnia bereber, primeros habitantes de la isla, y a diferencia del resto de Túnez que son de confesión sunita, grupo mayoritario del islamismo, son musulmanes ibadíes, minoritaria rama de los jariyíes, uno de los tres grupos junto a sunitas y chiitas que conforman la religión musulmana. Los ibadíes, rechazan la violencia contra personas y animales, motivo por el que ni ha habido ni hay ningún miembro entre la filas de Al Qaeda o el Isis, y de los que solo quedan practicantes en el sultanato de Omán, Zanzíbar, y algunos islotes norteafricanos como Djerba. Aunque hoy en día los partidos islamistas, tanto moderados como fundamentalistas hayan crecido y se hayan afianzado, 8 años después de la dictadura, la legislación tunecina protege a todas las religiones, y prohibe la incitación al odio religioso o racial.

Hay 300 mezquitas en Yerba, de las que menos de la mitad están en uso, con una visible identidad propia, blancas pintadas con yeso y agua de cal, sobrias y sin detalles superfluos ni motivos geométricos, sin techos ni minaretes altos, sin ornamentación, con formas insólitas poco ortodoxas y cúpulas blancas. La mayoría son pequeños y sencillos templos rurales, pero las hay también subterráneas como la de Jemaa Louta, cerca del pueblo de Sedouikech en dirección a El Kantara, o fortificadas para resistir ataques, como la de Jemaa Fadhloun en las afueras de Midoun, la segunda ciudad de la isla, o la mezquita del pueblo de El May, cerca de Erriadh.

También existía en Túnez una gran comunidad judía de unos 100.000 miembros hasta mediados del siglo pasado, en que se redujo drásticamente por la creación del Estado de Israel en 1948, y las contiendas contra los árabes, la guerra del Sinaí en 1956 y la guerra de los 6 dias en 1967. Actualmente, coexistiendo en paz con los musulmanes, quedan en Yerba unos 1200, que rezan en la importante sinagoga de La Ghriba, segundo templo más sagrado para el judaismo.

Por su situación entre el mediterráneo y el Sahara, la isla disfruta de un clima mediterráno semiárido, con una media anual de 20 grados, y variaciones entre los 30 de máxima y los 8 de mínima. Con inviernos suaves, más benignos que en el resto del país, de Djerba se dice que tiene una quinta y majadera estación con sequía extrema, brisa marina, fresco a la noche y rocío de madrugada. Las lluvias se dan unos 40 días al año, mayoritariamente entre setiembre y diciembre, y la estación seca sin una gota de agua y con el siroco cargado de arena desértica, desde el mes de abril hasta acabado el verano.

Para comer encontrareis tajines y cuscus de pollo, cordero o pescado; briks de pasta filo rellenos de atún, marisco, carne o espinacas, y huevo; buen pescado a la plancha como doradas, mero o lubinas; carne de cordero; calamares encebollados para chuparse los dedos; pulpo; camarones; ensaladas como la mechouia de berenjenas, tomates, calabacines y cebolla asadas, aliñada con ajo y aceite; sopas, y pequeños platillos que sirven de cortesía a modo de aperitivo con salsas como la harissa con ajo y guindilla, o hechos de verduras asadas con aceite; dátiles, ...

Entre pitos y flautas se hacen las 8 de la noche, y como en Erriadh no hay calles a esa hora, entramos en el restaurante del hotel. La carta sorprende por lo cara, porque aunque no conocemos todavía nada de precios y costes, los 10 euros por un costillar de cordero y los otros 10 euros por una dorada, a pesar de la excelencia, me los imagino desorbitados para la isla.