Nota: éste es nuestro segundo viaje por la zona, si quieres consultar el primero puedes visitar el anterior diario: www.losviajeros.com/ ...hp?b=16363
28 de agosto de 2019
Si alguien te dice que despertó la primera mañana tras un vuelo cruzando el Atlántico a una hora decente, está mintiendo y deberías eliminarlo de todas tus redes sociales ya que esa persona no es de fiar y solo va a darte disgustos. Nosotros somos honestos, y tras esta primera noche en la Columbia Británica ya estamos en pie cuando son las 4:30 de la madrugada. Teniendo en cuenta que apagamos las luces antes de las 21:00 de la noche anterior, consideramos un resultado satisfactorio haber dormido casi ocho horas. Parece que la melatonina está cumpliendo su misión de regular nuestro nuevo ciclo de sueño.
Esta mañana todavía a la luz de las estrellas está protagonizada por primeras veces. Nuestra primera mañana del viaje. Mi primera nómina completa en mi nuevo empleo, lo cual siempre es motivo de alegría cuando ese cambio de puesto de trabajo ha venido motivado en parte por una mejora económica. Y, según nos informan desde Mallorca, mi primera multa de tráfico en 14 años como conductor debido a un leve exceso de velocidad en una vía secundaria -muy secundaria- de Marratxí. Me llevo más disgusto por lo irónico que es que me hayan cazado con lo poco propenso que soy a pasarme de los límites que por la multa en sí.
Siendo demasiado temprano para ponernos en marcha, hacemos tiempo hasta las 7:00 con una ducha sin prisas y poniéndonos al día de lo que ha rondado por las redes sociales en las últimas 30 horas. A las 7:00 abandonamos nuestro pequeño pero cumplidor apartamento de Chilliwack y, todavía sin salir de la ciudad, nos detenemos en un Starbucks para desayunar. Las distancias, las carreteras, el aspecto de las calles, los saludos protocolarios al entrar y salir de los comercios... si nos hubieran traído hasta aquí con los ojos vendados y no pudiéramos ver los precios o la moneda en curso, nos costaría distinguir si estamos en Canadá en su vecino del sur.
Cumplido el trámite de cafeína, echamos a rodar. Pese a llevar ya día y medio en clave viajera la jornada de hoy seguirá siendo de transición. Sin perder de vista nuestro objetivo de alcanzar -casi- la frontera entre la Columbia Británica y Alberta, nuestros deberes para hoy consisten en superar los más de 600 kilómetros que separan Chilliwack de Dunster, una pequeña comunidad ya mucho más cerca de la que esperamos que sea nuestra primera visita de naturaleza en el día de mañana.
Nuestra primera tirada por el asfalto nos presenta 250 kilómetros de autopista hasta Kamloops, población con nombre de cereales. En todo momento contamos con un mínimo de dos carriles que nos permiten ir sobrepasando los pesados camiones que comparten nuestro rumbo. La travesía transcurre por una carretera vigilada a lado y lado por montañas tras las cuales el sol aparece y desaparece. La temperatura desciende hasta los 10 grados cuando nos detenemos para hacer un cambio de conductor en una "Chain up area", un desvío junto a la carretera para poner cadenas a los neumáticos en los meses de más frío.
A las 10:00 llegamos a este primer hito en el camino. Lo que nos espera aquí es un hipermercado de la cadena Walmart ante el cual en otras circunstancias estaríamos excitados, ya que la primera visita a los interminables pasillos de estos locales suelen ser una atracción en sí misma. Pero tres años atrás ya vimos que la versión canadiense de la franquicia es algo descafeinada en comparación con su versión estadounidense, por lo que accedemos al interior a sabiendas de que faltarán algunos de nuestros artículos favoritos. Ni siquiera somos capaces de encontrar aquí todas las provisiones que queremos llevar con nosotros en futuros días, así que hacemos una segunda parada en un Save-On-Foods que ya cubrió nuestras exigencias en nuestra anterior visita. No es perfecto pero sí mucho más acorde a nuestros intereses, incluyendo una sección de comidas preparadas en la que cargamos con sendas cajas de cartón con nuestro almuerzo para hoy. Lo que sí tienen en común tanto Walmart como Save-On-Foods son las toneladas de chucherías, cereales, bollería y demás alimentos políticamente incorrectos a lo largo de varios pasillos. A nuestro paso por caja, tal y como ya nos ocurrió anteriormente, el empleado utiliza un código de barras para que podamos beneficiarnos de los descuentos de la tarjeta de fidelidad pese a no disponer de ella.

Sí, es un Walmart, pero...
Todavía sin abandonar el pequeño complejo comercial en el que nos encontramos nos detenemos ante un cajero del Interior Savings Credit Union. En lo que es una novedad en nuestros viajes, hacemos uso de nuestras tarjetas de Revolut para conseguir en efectivo el equivalente en dólares canadiense de 200 euros, límite mensual sin comisiones y con el tipo de cambio oficial que la entidad bancaria nos ofrece. Y antes de seguir la marcha, una primera parada para repostar medio depósito de barata gasolina -según estándares europeos- de la marca Super Save.
Seguimos reduciendo la distancia hasta llegar a Dunster. El frío desaparece y el termómetro remonta hasta los 27 grados. Antes de que nuestra comida se enfríe mucho más, paramos en un área de descanso para devorar el pollo rebozado y la generosa ración de patatas fritas que lo acompaña. Nos volvemos a poner en marcha y poco después descubrimos el área de descanso en la que tendríamos que habernos detenido, ofreciendo mucho mejores vistas hacia un río en el que un agua de colores vivos corre sobre redondeadas piedras.

Esto llena, y mucho

Las vistas buenas
Y no hay más paradas hasta que alcanzamos Dunster. Que no es ni una ciudad, ni un pueblo, ni siquiera una calle. Definida por la Wikipedia como "una pequeña comunidad granjera", el anfitrión de nuestro nuevo alojamiento dice que "Dunster es en realidad una tienda". Hemos llegado hasta aquí, un par de casas levantadas en medio de la nada, justo antes que otro vehículo del que se apean los otros inquilinos de la noche. Son un matrimonio entre una mujer anglosajona y un colombiano llamado Felipe que no tarda en apoderarse de la conversación. Junto a ellos nos reciben varias gallinas revoloteando y el mencionado anfitrión, todo amabilidad.

Nuestro nuevo hogar, por fuera
Invertimos el siguiente par de horas descansando en nuestra habitación privada y aseándonos en el baño compartido aprovechando que Felipe y su mujer no tienen previsto ducharse hasta la mañana siguiente. No tenemos demasiada hambre, pero Felipe llama a nuestra puerta y nos pregunta si queremos cenar spaghetti con ellos ya que su mujer ha hecho cantidad más que suficiente para los cuatro. Parece que eso de no medir bien las raciones de pasta a cocer es un problema universal.

Nuestro nuevo hogar, por dentro
Agradecidos por el detalle y ofreciendo algo de conversación a cambio, disfrutamos de la pasta con tomate y queso en compañía. Además el factor social impide que nos vayamos a la cama demasiado temprano y estemos así un paso más cerca de adaptarnos por completo a la nueva zona horaria. Antes de regresar a nuestra habitación la anfitriona, que permanecía en el porche exterior, nos avisa de que está atardeciendo con un manto de nubes racheadas de tonos rojizos que merece la pena contemplar. Con este último regalo para la vista termina nuestra jornada, con el objetivo cumplido de pernoctar a tan solo 50 kilómetros de la que será nuestra primera, pequeña e introductoria excursión para lo que está por venir.

El mayor amigo de Instagram
