Nota: éste es nuestro segundo viaje por la zona, si quieres consultar el primero puedes visitar el anterior diario: www.losviajeros.com/ ...hp?b=16363
27 de agosto de 2019
Despertamos en la cómoda cama del Hotel Nuevo Boston a una hora aconsejable para coger el shuttle del hotel que nos dejará en Barajas con tiempo suficiente para coger nuestro vuelo, incluido cierto margen en caso de que hubiera algún contratiempo. Iniciamos el día leyendo la noticia de que ayer, debido al fortísimo temporal que azotó Madrid y del que fuimos testigos, varios vuelos con destino a la capital tuvieron que ser desviados hasta Tarragona y Valencia. Se podría decir que esquivamos una bala, ya que de habernos ocurrido a nosotros probablemente hubiéramos tenido que buscar locas alternativas para llegar de todos modos a Barajas esta misma mañana.
El shuttle carga con nosotros y algunos huéspedes más a las 7:30 y nos lleva hasta un aeropuerto en el que no nos espera ninguna sorpresa. Todo transcurre tan rápido y sin contratiempos que a las 8:20 estamos ya ante nuestra puerta de embarque y con dos horas por delante hasta que el vuelo despegue. Es el inconveniente de ser precavido.
Llega la hora señalada y el primero de nuestros dos aviones del día toma aire a las 10:20 con destino a la ciudad holandesa de Ámsterdam, a la que llegaremos tras dos horas y media. A las 11:00, cuando solo hemos cubierto alrededor de un tercio de la distancia, la tripulación reparte unos envases con tallarines picantes. Un tentempié inesperado y un poco extraño para la hora que es, pero nuestra máxima es no rechazar nada de lo que te ofrecen a bordo las compañías aéreas. También engulle su ración el pasajero a mi lado del cual he atisbado al inicio del vuelo su pasaporte australiano.

¿Tallarines picantes a las once de la mañana? Por qué no...
A las 13:00 y tras un vuelo que se hace algo largo y sufrido por la baja temperatura en cabina, tomamos tierra en la capital holandesa. El enorme Aeropuerto de Ámsterdam-Schiphol nos espera con bulliciosa actividad, y algunos de nuestros compañeros de vuelo parecen sorprenderse cuando descubren al tomar tierra que la gente ya no es capaz de responderles en español. Ah, el chovinismo.

El Aeropuerto de Ámsterdam, a pleno rendimiento
No tenemos problemas para localizar y superar los pasillos que nos llevarán hasta nuestro plato estrella del día, el vuelo transoceánico hasta Vancouver. Por el camino nos detenemos en el primer Starbucks del viaje. L, que para sus pedidos suele dar como nombre "Lou", recibe un vaso en el que el empleado ha escrito "Loo". Así que para los angloparlantes, mi pareja ha pasado a llamarse "lavabo".
Según nos acercamos a la zona de vuelos intercontinentales somos testigos del primer grupo de turistas asiáticos que perpetúan el estereotipo. Con un empleado del aeropuerto a un metro de ellos diciéndoles claramente "sigan adelante" y haciendo aspavientos para que no se detengan, éstos prefieren quedarse mirando al vacío como ciervos deslumbrados por los faros de un coche. Me sigue pareciendo un milagro que este tipo de turista sea capaz de regresar a casa sano y salvo. Pasamos de largo y seguimos superando pasillos, todos ellos atestados de publicidad del banco ING.
Ya junto a nuestra nueva puerta de embarque disfrutamos de la conexión a Internet gratuita y las mesas con enchufes para pasar el rato sin consumir datos ni batería de nuestros móviles. Dan las 15:00 y el embarque se abre con puntualidad, pasando pocos minutos hasta que estamos sentados en lo que será nuestro estrecho hogar durante las próximas nueve horas. Ya desde el primer minuto tenemos como sonido ambiente los llantos desconsolados de un bebé, lo que internamente conocemos como "la matanza del gorrino".

Lo que nos espera
Como siempre en un vuelo de esta magnitud, los primeros minutos van destinados a descubrir la oferta del servicio de entretenimiento a bordo. Hay una buena selección de películas pero desgraciadamente la mayoría solo incluyen subtítulos en chino y, con suerte, holandés. No tener la ayuda de los textos ni siquiera en inglés es un gran obstáculo para hacer uso del catálogo. Pero no debe cundir el pánico: bajo nuestros asientos reposa un enchufe dispuesto a darnos toda la energía que nuestros aparatos necesiten.

Hola, soy un enchufe y vengo a salvaros

Estaba convencido de que Endgame iba a estar disponible
Echamos a volar y la estrategia de KLM de matar a sus pasajeros por congelación parece no estar limitada a los vuelos continentales, consiguiendo que la fina manta que acompaña a cada asiento sea de uso obligatorio desde el primer instante. A las 17:00 llega el primer servicio de comida consistente en pollo, una rica ensalada, queso, pan, crackers y pastel de limón.

La ensalada resultó ser lo mejor del menú
Superado el almuerzo, paso las dos siguientes horas vagando por Hyrule hasta que llega el turno de la merienda. Son ya las 20:30... o las 11:30. Hay que ir asimilando las nueve horas que habremos ganado al reloj cuando lleguemos a Vancouver.
Dan las 23:00, que en realidad son las 14:00 para la costa oeste canadiense. Turno de otra comida: una pequeña pizza, una extraña ensalada de mango y curry y una mousse de coco y lima. Siete horas superadas, dos para alcanzar el destino y la sensación de frío ha remitido levemente. Echando la vista a la derecha, mi otra vecina de fila se ha pasado sin exagerar el 90% del tiempo de vuelo durmiendo. Solo hay dos opciones: excelente planificación o drogas.

Pizza, mousse y algo que jamás debió haber existido
Tramo final del vuelo. Hacemos uso de la aplicación para móviles que el gobierno de Canadá habilita para agilizar los trámites de inmigración a aquellos que vayan a visitar el país. Debidamente pre-descargada días antes, nos permite rellenar un formulario sin conexión para obtener a cambio un código QR con el cual nos ahorraremos introducir esos mismos datos frente a los kioskos del aeropuerto. Con el trámite cubierto, dedico los últimos instantes de vuelo a jugar en la pantalla del asiento al Angry Birds. Nunca es mal momento para retroceder hasta 2009.
Tomamos tierra a las 16:10. En España es ya la 1:10 de la madrugada del día siguiente, pero es mejor no pensar en ello. Lejos de estar terminando nuestra jornada, todavía nos queda mucho por delante.
El Aeropuerto Internacional de Vancouver nos recibe con motivos tribales adornando la terminal, una inesperada catarata interior y un suelo enmoquetado que recuerda a los hoteles de los 80. Acostumbrados a la lenta y pesada espera para nuestro turno en inmigración al viajar a Estados Unidos, la experiencia canadiense nos deja asombrados. El trámite del kiosko, gracias al código QR de la aplicación móvil, no nos lleva más de un par de minutos. Y la entrevista con el agente de inmigración consiste en las tres típicas preguntas hechas con desgana -a qué venís, cuánto tiempo estaréis, dónde dormiréis- antes de dejarnos pasar sin apenas mirarnos a los ojos. Nos parece increíble que no hayan pasado ni 15 minutos desde que bajamos del avión y ya estemos esperando a nuestras maletas. Pasa ahora un rato que se hace eterno, pero cuando empezamos a pensar en escenarios catastróficos de pérdida de equipaje nuestros bultos aparecen por la cinta.
Nos queda el último trámite antes de ponernos en marcha por nuestros propios medios: el de recoger nuestro vehículo de alquiler. Contratado directamente a la compañía AVIS, sus oficinas se encuentran apenas a unos metros a pie de la salida de la terminal, al igual que las del resto de compañías. Ya en el mostrador nos dan esa noticia que siempre aceptamos de buen grado: aunque hayamos contratado un vehículo de la categoría "Intermediate" se nos va a hacer entrega de una categoría superior, la ansiada "SUV" que nos garantiza mucho más espacio tanto para nosotros como para nuestro equipaje. Es algo que suele ocurrir en los aeropuertos norteamericanos, quizás debido a que la flota de vehículos más pequeñas es mucho más limitada y en ocasiones no tienen en garaje ningún coche que se ciña a nuestro contrato.
Nos da a elegir entre un Mitsubishi Eclipse Cross, un Kia Sorento o un Volkswagen Tiguan. Pasamos un rato explorando por nuestra cuenta los tres vehículos, sopesando características como el espacio interior, el tamaño del maletero, el aparente consumo basándonos en las dimensiones de uno u otro o el equipamiento incluido haciendo especial hincapié en el sistema de Bluetooth. El Eclipse queda descartado casi inmediatamente por ser demasiado aparatoso y no enamorarnos al visitar sus interiores. Entre el Sorento y el Tiguan nos quedamos con el segundo por la mayor confianza que nos da la marca alemana, pero seguramente cualquier decisión hubiera sido buena. Comunicamos nuestra decisión y se nos hace entrega de las llaves, con luz verde para poder disfrutar del conductor adicional gracias a ser un extra incluido para matrimonios. Considero que 12 años de convivencia convalidan el matrimonio y no me haréis cambiar de opinión. No nos piden ninguna prueba de ello, así que los canadienses deben opinar lo mismo.

Te elijo a ti, Tiguan
Salimos del garaje junto al aeropuerto a las 17:30, todavía a plena luz del día. Con ayuda de ese GPS Garmin que llevamos siempre con nosotros y amamos y odiamos a partes iguales, salimos del recinto aeroportuario. Dejamos la silueta de Vancouver a mano izquierda y la de un vistoso Mount Lehman al lado contrario. Que Canadá no se acoja al mismo sistema imperial que sus vecinos y las señales se expresen en kilómetros en lugar de millas siempre es de agradecer.

Siempre hay alguna inesperada cumbre que nos sorprende
Tras varios desvíos y cambios de vía de los que te hacen plantear qué complicado era planificar un trayecto en coche de este tipo sin ayuda de la tecnología, alcanzamos la Carretera Transcanadiense, una interminable vía que cruza el sur de Canadá de costa a costa. El Monte Lehman nos acompaña varios kilómetros más en el horizonte hasta que hemos superado ya todos los desvíos a pasos fronterizos de los Estados Unidos. Seguimos superando asfalto y a las 19:15 alcanzamos Chilliwack, ciudad de la Columbia Británica en la que pasaremos nuestra primera noche canadiense. Reservado a través de AirBnb y habiendo recibido de antemano las instrucciones para acceder al interior, nos encontramos un pequeño apartamento que sería algo justo para hacer mucha vida pero será suficiente para el único y esencial cometido de nuestra estancia: dormir.
Nos preparamos antes de caer rendidos en la cama una cena de emergencia: sendas rebanadas de pan de molde con tortilla francesa, todo gracias a los ingredientes caseros con los que el anfitrión ha tenido a bien obsequiarnos. Mi gordo interior -y exterior...- no puede evitar regalarse una propina en forma de segunda rebanada untada de empalagosa mantequilla de cacahuete.
Son las 20:30 cuando nos sentimos incapaces de estirar el día por más tiempo. Sabiendo que de todos modos estaremos en pie antes de que salga el sol -por el jet lag, pero también por conveniencia-, nos tomamos la primera pastilla de melatonina del viaje que supuestamente ayuda a superar los cambios horarios y apagamos las luces. Ya estamos en Canadá, pero todavía nos queda por cubrir algo de distancia hasta alcanzar las Montañas Rocosas. Mañana será el día en el que ponerle remedio.
