Hoy teníamos muchos kilómetros de coche por delante. A las 10 de la noche teníamos que dejar el coche en la oficina del aeropuerto de Keflavik, y de camino teníamos que visitar la península de Snæfellsnes, que según todos los diarios y blogs de viaje que había leído era uno de los imprescindibles, una especie de Islandia en miniatura.
Mientras Pepe y yo cargábamos el coche Víctor y Miriam fueron a pagar la noche del Daeli Guesthouse... y volvieron con sopresa. Además de la estancia teníamos que pagar la cena del día anterior, que nos dijeron que la podíamos abonar al hacer el check-out. Lo que no nos dijeron fue el precio... 36 euros por persona!!! la verdad es que es una clavada, y con diferencia la cena más cara de todo el viaje. Al menos estuvo buena y abundante...
Lo primero que queríamos ver ese día era Eiríksstaðir, la casa donde vivió Erik el Rojo y donde nació su hijo Leif, el primer europeo en pisar Norteamérica. Además, muy cerca se encuentra la Erpsstaðir Creamery, una vaquería donde fabrican y venden helados y quesos artesanales y el famoso skyr islandés, y su famoso Skyr-konfekt, un postre hecho de chocolate blanco relleno de skyr. Pusimos el GPS y nos llevaba por la carrera 586 pero cuando fuimos a cogerla nos la encontramos con que era una carretera de grava y además estaba cerrada con una verja, así que no pudimos pasar. La ruta alternativa daba un rodeo tremendo así que descartamos estas visitas y nos fuimos directos a Snæfellsnes. Nuestra primera parada fue en un mirador en la carretera para ver la estampa del Kirkjufell, a la salida del pueblo de Grundarfjördur. Este monte es una de las imágenes más reconocibles de Islandia, sus 463 metros de altura y su inconfundible forma cónica le ha hecho merecedor de aparecer de tal fama y de salir hasta en Juego de Tronos. Al lado del monte hay unas pequeñas cascadas, las Kirkjufell, que aunque no son especialmente grandes ni caudalosas, su ubicación con el monte al fondo las hace tremendamente fotogénicas. Hay un parking de pago justo al lado y un camino que se recorre fácilmente permite rodearlas en pocos minutos.

Unos kilómetros más adelante paramos el el pueblo de Olafsvik, que no es muy interesante pero sí que cuenta con servicios de gasolinera, restaurantes etc. Nosotros comimos en uno que se llama Sker, justo al lado de la carretera, y bastante bien.
Un poco más adelante de Olafsvik nos desviamos a la izquierda para visitar la Ingjaldshólskirkja, una fotogénica iglesia con las montañas al fondo que destaca con su tejado rojo. La iglesia estaba cerrada cuando llegamos, pero alberga un cuadro en su interior donde aparece Cristóbal Colón, ya que según cuentan por allí, estuvo por esta zona como marino mercante y fue donde se enteró de la existencia de unas tierras que los antiguos vikingos habían visitado unos siglos antes y que luego resultó ser América.

Desde aquí a Hellissandur hay pocos kilómetros. Este pueblo no es gran cosa, como casi todos en Islandia, pero tiene unos cuantos murales en unas naves cercanas al mar que son verdaderas obras de arte. Merece la pena hacer una pequeña parada para poder contemplarlos. Algunos son más normalitos, pero otros son impresionantes.

A partir de Hellissandur la carretera por la que veníamos, la 574, se interna en el Parque Nacional de Snæfellsnes, y siguiéndola se puede recorrer todo el parque. También es posible utilizar la carretera a F570, pero ésta sólo está permitida para 4x4. El parque nacional ocupa 170 kilómetros cuadrados del extremo occidental de la península, y su punto más destacado es el glaciar Snaefellsjökull que se encuentra situado sobre un gran volcán que domina todo el paisaje. Cuando entramos en el parque el cielo estaba muy nublado y no se veía la montaña, pero más adelante estaba más despejado y sí conseguimos verla. Más allá de su importancia geológica y paisajística, el volcán es famoso por ser el lugar donde Julio Verne situó la entrada al Centro de la Tierra. De joven me leí muchos libros de Verne, ese incluido, así que me hacía una especial ilusión visitar la zona.

“Desciende al cráter del Yocul de Snæfells que la sombra del Scartaris acaricia antes
de las calendas de Julio, audaz viajero, y llegarás al centro de la tierra, como he
llegado yo”.
Viaje al Centro de la Tierra. Julio Verne.
de las calendas de Julio, audaz viajero, y llegarás al centro de la tierra, como he
llegado yo”.
Viaje al Centro de la Tierra. Julio Verne.
Dentro del parque se pueden visitar algunos puntos de interés como la Skarðsvík Beach o el cráter Saxhóll, al que se puede subir hasta la cima por un camino acondicionado, pero nosotros seguimos hasta Lóndrangar, una zona de agujas basálticas de un cráter ya muy deteriorado por la erosión y que ha permitido que se de esta extraña formación. Los islandeses sitúan aquí una iglesia para elfos. Hay un mirador desde donde se ven cómodamente estas formaciones y unos acantilados con donde anidan decenas de aves y es fácil verlos alimentando a sus polluelos.

Después de dejar el parque nacional llegamos al pueblo de Arnastapi, un pueblo bastante animado comparando con lo que habíamos visto hasta entonces. Aquí hay una zona con parking donde puedes encontrar varios restaurantes y varias cosas de interés para ver. La primera que vimos fue la estatua de de BÁRÐUR SNÆFELLSÁS: un gigante que domina el área alrededor del glaciar Snæfellsjökull. Su protagonista es Bárður Snæfellsás, que salva a Ingjaldur cuando corre peligro en el mar. Bárðr es de
ascendencia mixta de trolls y humanos y vive en Snæfellsjökull y muchos le consideran a él y a sus dos hijos, como entes protectores de la zona.
Yendo hacia el mar, en un corto pase llegamos al Gatklettur, un arco de roca en los acantilados y de nuevo la posibilidad de ver muchísimas aves. Volviendo al parking y cruzando la carretera encontramos el monumento a Julio Verne, un guiño a la conexión literaria de la zona con el escritor francés. Es una pequeña recreación del agujero que sirvió de entrada al centro de la Tierra en el libro.

Cuando terminamos de ver Arnastapi seguimos la carretera hasta la cercana Búðakirkja, un iglesia de madera negra situada en un entorno privilegiado, entre el mar y la montaña. No pudimos entrar porque estaba cerrada pero estuvimos un rato disfrutando de las vistas.
Con esto pusimos punto y final a nuestro recorrido por Snæfellsnes y nos fuimos para Reykjavik. Nos quedaban todavía 2 horas y media de coche hasta el First Hotel Kopavogur, el que sería nuestro alojamiento las dos siguientes noches, las últimas ya del viaje. Antes hicimos una parada en Borgarnes para comprar unos sandwiches para la cena.
Como ya dije al principio de la etapa, este día teníamos que devolver el coche en la oficina del aeropuerto, así que dejamos a Pepe y Víctor en el hotel con las maletas y Miriam y yo nos fuimos a Keflavik. Llegamos 10 minutos antes de la hora indicada y por suerte no hubo ningún problema, fue un trámite rápido. Para volver al hotel teníamos comprados los billetes del Flybus y mientras estábamos esperando en la parada del aeropuerto vimos un resplandor rojo a lo lejos... era el volcán Fagradalsfjall en erupción!!! Por fín lo habíamos visto en directo, fue un momento de subidón ya que era la primera vez que veíamos uno activo y encima tan cerca. Durante los primeros kilómetros en el bus vimos el volcán y la lava perfectamente. Al ser ya de noche se veía con toda claridad, sin duda un gran espectáculo de la naturaleza.

El día que llegamos a Islandia vimos que el Flybus hacía una parada intermedia a las afueras de la capital así que le preguntamos al conductor si nos podía dejar cerca de nuestro hotel en vez de llevarnos hasta la estación central y coger allí el transfer, y por suerte dijo que así. Esto nos ahorró un tiempo considerable, y teniendo en cuenta el cansancio que llevábamos y que al día siguiente tocaba madrugar, nos vino de lujo.
Ahora que ya ha pasado el viaje y conociendo el terreno creo que si volviera a hacerlo cambiaría esta etapa. Seguramente es más óptimo visitar Snæfellsnes en un día desde la capital, se aprovechará más el tiempo.