Aquí sí tenía claro qué noche llegaríamos, y aunque tenía entendido que los fines de semana se encarecen los alojamientos, nuestro hotel, reservado con meses de antelación, fue el más barato de todo el viaje, 52,00 $ la noche; eso sí, era un poco cutre, pero lo básico, como siempre, estaba correcto, sábanas y baño decentes y la ubicación buena sin estar en pleno Strand. La llegada, a última hora de la tarde, pero de día aun, nos deparó bastante tráfico, en las larguísimas avenidas que tomamos para llegar al hotel. Era el Fortune Hotel & Suites.
Desde allí, en unos 15 minutos andando estábamos en el Times Square de Las Vegas. El punto donde hay cuatro puentes para cruzar las calles y, que yo viera, tres de sus extremos desembocan en un casino. Cada esquina es un espectáculo, el Bellaggio, el París, el Caesar y el Flamingo.
Nuestro destino eran las fuentes del Belaggio, pero las encontramos abarrotadas y, además llevábamos hambre. Encontramos una pizzería como en un puesto de mercado del centro comercial que hay al bajar el puente, antes del Casino París y pillamos una pizza individual y una botellita de agua por 10$ cada uno. Nos las llevamos a las puertas del Caesar, donde había unos muretes con plantas y allí nos instalamos para nuestra cena. Espectáculo no nos faltaba. Junto al de las fuentes, que no podíamos ver desde allí, pero sí oír, porque estábamos justo al lado, lo más variopinto de la publicidad que se hacen los casinos pasaba ante nosotros. Chicas vestidas de coristas (mejor sería decir decoradas, porque llevaban más metros de plumas que de tela) de varios colores, de rojo las del Flamingo, por ejemplo, y otras que, quizás, simplemente se sacaban unos dólares posando para fotos con los turistas, y protestando cuando las sacaban sin permiso. Superhéroes y muñecos Disney, por supuesto y, sobre todo, el movimiento de los visitantes, de cualquier parte del mundo. Intentábamos adivinar procedencias por las caras, por la ropa, por la pinta en general, por retazos de conversaciones, fue un rato muy entretenido, y, para ser la capital del ocio, pues no nos salió nada caro.
Aguantamos un par de sesiones de las fuentes, viendo bailar al agua al ritmo de Michael Jackson y de otro tema electrónico demasiado moderno para mí. Casi prefería los temas de Disney que habían sonado durante nuestra cena…
Entramos en el Caesar y alucinamos con la reproducción de la Roma clásica que se tiene marcada. Templetes, pasillos con falsos frescos, pan de oro y mármoles de atrezo, pero resultones a no poder más. Y para ir de una sala a otra, por supuesto, pasillos de tragaperras, salas de ruletas y juegos de cartas y “bucha” gente.

Me jugué un dólar en una tragaperras y, por supuesto, lo perdí. Pero tanto me entretuve mirando a ver si realmente ya había terminado mi jugada, que una chica del establecimiento se acercó a ver si tenía algún problema con la máquina. Es que perder dinero es algo muy rápido en Las Vegas, ni te enteras y ya no lo tienes. Menos mal que ese vicio no lo tenemos ninguno y somos prudentes (por necesidad) en esto de los riesgos financieros.

Había visto algún documental del Venetian y, como no estaba muy lejos (todo parece mucho más cerca de lo que está en realidad) pues nos fuimos a dar una vuelta entre góndolas. Y las hay, con gondoleras que cantan y techos pintados de cielo azul y suelos decorados como adoquines mojados en lo que fácilmente se podría confundir con una plazuela italiana.

Vimos de lejos los fuegos artificiales del Treasure, creo que tienen un espectáculo chulo con barco pirata y todo, pero no me quedaban muchas fuerzas y acabamos frente a un coche deportivo que exponían delante de una heladería tomando un helado y de ahí al hotel.