Martes, 24 de septiembre de 2019
Puse el despertador para no perdernos el amanecer que pensábamos disfrutar desde nuestra terraza y dejé descorridas las cortinas. Pero durante la noche me despertó la gran cantidad de luz que entraba por el balcón y me levanté sorprendida, para acabar de asombrarme al descubrir que era la luz de la luna, que entraba a raudales en el dormitorio y silueteaba las tres moles contra un fondo de estrellas, de muuuuchas estrellas. Mi hermano también se despertó y nos pasamos un buen rato, en plena madrugada, disfrutando de la experiencia. Fotos se intentaron, pero no sacamos nada que pudiera aprovecharse.
Cuando sí que sonaron los disparadores de las cámaras fue con las primeras luces del día; y no solo desde nuestra terraza, desde otras muchas también.
El polvo de los primeros vehículos que hacían ya el circuito me valió para sacar buenas fotos, pero reconozco que tengo muchas más de las necesarias para poder seleccionar alguna buena, aun con el sol de frente (lástima atardecer…).

El resto del buffet, estupendo también a esta hora, huevos revueltos, beicon, fruta, bollería, bueno todo y mucho. Yo en estas ocasiones reconozco que no sé me contener y me pongo hasta arriba para arrancar el día, cosa que luego en casa no sé hacer a diario.
Subimos a la habitación para recoger el equipaje y nos dedicamos a hacer el circuito completo, con todas las paradas que nos apetecieron, sin límite de horarios, por completo a disposición del día maravillosamente luminoso que nos había tocado.




Desde allí, donde sí tenía ganas de llegar era a Muley Point. El ascenso, por pista de tierra y en soledad, ya vale el desvío, aquí sí. Y llegar arriba y encontrarnos solos, no tuvo precio. El fondo de pantalla de mi ordenador ahora es una foto mía de espaldas, con los brazos en cruz, mirando a la inmensidad que se extiende desde allí arriba. Incluso se distingue Monument Valley a lo lejos. Sobrecogedor.

De nuevo las distancias sobre el mapa nos despistaron. Salimos a Blanding con cierta facilidad y no nos pareció excesivo el trayecto hasta Monticello, donde nos quedamos en el Canyonland Motor Inn. Pero a la mañana siguiente, con la ruta prevista para llegar hasta Flagstaff, se nos hizo verdaderamente largo. Todo el viaje lo había cuadrado para, en la medida de lo posible, no tener la sensación de pasar el día en el coche, pero este día fue así.
Salimos a buscar un sitio donde cenar en Monticello, incluso, si se podía, tomar una copa o ver algún local de ocio, pero a primera hora de la noche, preguntamos en una gasolinera y el chico me miró con cara de estar viendo un extraterrestre que pedía algo sobrenatural: ¡un sitio para beber algo y oír música y un martes!,
- ¿Aquí? .- Fue su pregunta, bueno, Here?
Pues nada, nos conformamos con sus indicaciones para llegar al único restaurante con posibilidades de estar abierto, R & F.
Cenamos bien, y tuvimos oportunidad de sentirnos entre gente de la zona. No parecían haber recibido turistas en la última década, por lo menos. Presenciamos sus reacciones al olvidar un cliente su teléfono; cuando la camarera contestó una llamada y resultó ser la mujer del propietario en lugar de él mismo, que era lo esperado. Las explicaciones, la llegada del dueño del teléfono y sus risas por la situación que se había creado.
Nuestros vecinos de habitación, eran una pareja con varios rifles en sus fundas (¡!).