Miércoles, 25 de septiembre de 2019
Desde el aparcamiento del motel, vimos, al otro lado de la calle, una pequeña tienda de artesanía que decidimos visitar, cuando ya teníamos el coche cargado y todo.
Resultó un establecimiento curioso, con un dependiente, o propietario muy hippioso, con varias cosillas de poca monta, pero a buen precio y aprovechamos para comprar algunas.
El largo camino hasta Flagstaff, como he comentado, limitó las actividades del día.
La parte del camino que discurre por la reserva navajo, bastante aburrida en cuanto a paisaje, muy monótono, tanto en la parte de Utah, como en Arizona. Larguísimas rectas que parecían terminar en una loma en la distancia y allí volvían a extenderse durante otro montón de kilómetros.
Hicimos parada en Tuba City para comer, en un Denys de un típico centro comercial, vimos muchos con la misma estética, casi ocupando todo lo que se ve del pueblo anunciado o visto en el mapa, del color de la tierra circundante, imitando las construcciones antiguas de adobe, y con la “M” de McDonald bien visible desde la distancia.
Por el camino, vimos, al lado de la carretera, una pequeña tienda de artesanía en una cabaña de madera y paramos a curiosear, quizás fuera la última oportunidad de ver algo así, tampoco vimos tantos como esperaba. Las dos chicas que estaban allí, indias, por supuesto, nos explicaron que todo lo de la tienda lo hacían ellas mismas, y en ello andaban, engarzando cuentas y ajustando broches. Allí compramos unos pequeños tomahawks adornados con lo que nos explicaron que eran piezas de piel de conejo.
También hicimos parada en Cameron Trading Post, que llevaba anotado como un buen sitio para comprar artesanía navajo. Es un establecimiento grande y puedes encontrar verdaderas maravillas artesanales, pero no baratas, (me encantaron las mantas y las alfombras, los arcos y las flechas, los Tomahawks, atrapasueños preciosos…) y también mucho recuerdo económico made in China. Me traje un adorno de colgar con la silueta de Kokopelli, aunque de los pequeños, pero parece realmente hecho a mano con materiales naturales.
Elegir Flagstaff fue una decisión tomada por su situación. Ya en plena Ruta 66, próximo a la cara sur del Gran Cañón y para poder ir a la zona más al sur, sino hasta Tucson, que podría haber sido interesante, al menos en busca de saguaros o a la población de Sedona.
En Flagstaff teníamos la reserva hecha para tres noches, esperaba que fuera un acierto el haber cogido habitación con balcón. Y contar con mesa y sillas en ella, para poder desayunar allí si la temperatura lo permitía, solo había un par de sillas, pero se podía salir a fumar con cierta comodidad. Por supuesto, dos camas grandes y buen baño, incluso tabla y plancha. El Rodeway Inn.
Había piscina y jacuzzi abiertos hasta las 23h, y este último lo disfrutamos completamente a solas un par de noches. La piscina no la probamos, en las horas de calor no estábamos por el hotel.
Como no llegamos demasiado tarde, nos dimos una vuelta antes de cenar por el Museum Club, aunque era demasiado pronto, no habían abierto aun, pero nos dejaron entrar a verlo. Pintaba bien para tomar algo y oír música en directo si nos apetecía alguna noche.

Aquí había calles que se cruzaban entre ellas, cafeterías, un hotel de principios del siglo XX, el Weatherford Hotel, restaurantes, un grupo de lo que parecía Heavy Metal ensayando en un local y movimiento de gente por la calle, terrazas incluso.
Entramos en una pizzería a cenar, Il Rosso, y más tarde, frente a un paso a nivel tuvimos nuestra primera visión de los trenes del oeste. ¡Contamos más de 180 vagones!
Nos llamó la atención un cartel que vimos a la puerta de algunos locales, prohibiendo la entrada con armas de fuego.