Teníamos reservado desde Madrid un coche en Avis para recoger a las 9 en la misma estación Hauptbahnhof (si es que nuestro alojamiento estaba muy bien ubicado), pero aunque llegamos a las 8:50 nos dijo que no nos atendería hasta las 9 que esperásemos fuera. A las 9 ya nos atendió y tardó 20 minutos en hacernos la gestión informática de la asignación de coche (increíble) por lo que lo cogimos al final a las 9:30.
Nuestro destino: el campo de concentración de Mathaussen, ya que después de ver la exposición de Auswitch en Madrid y haber explicado a los niños todo lo que supuso el Holocausto nos pareció que no nos íbamos a encontrar nunca más cerca, y nada como conocer y concienciar para no repetir.
Estudiamos las formas de llegar y era muy engorroso y caro en transporte público para cuatro (dos trenes, un autobús y caminata). Tardamos una hora y tres cuartos, dejamos el coche en el parking y solicitamos las audioguías en español. La entrada es gratuita pero la audioguía son 3 euros.
El recorrido comienza por fuera con la cantera, la escalera de la muerte y por la zona de los monumentos y homenajes a las víctimas de las distintas nacionalidades.

Una vez dentro, siempre acompañados de la explicación de los “protocolos” que seguían, visitamos con el estómago encogido las duchas de entrada y los distintos barracones, el cementerio en “Cuarentena”, y al final, tras la exposición que hay en el edificio, los hornos crematorios, la cámara de gas y el muro de los nombres. Fue en este momento donde me derrumbé, es necesario darse cuenta de que, tras el proceso de deshumanización que suponen todas las prácticas que se llevaban a cabo en estos campos para despersonalizar, hay personas con nombres y apellidos y rostros. Además este campo en concreto fue el que acogió al mayor número de españoles de cuyo testimonio pudimos dar cuenta.
No puedo decir más. Pese a lo doloroso, pienso que es imprescindible conocer para evitar repetir estos hechos o minimizarlos.



Estuvimos de 11:30 a 13:45.
Salimos a comer algo rápido en el McDonnalds de la gasolinera y nos dirigimos a Melk, que la abadía cierra a las 17.
Pagamos la entrada, pero la visita no tiene audioguía ni guía en castellano de modo que lo que más nos gustó fue la biblioteca. Esta abadía fue donde se inspiró Umberto Eco para su obra “El nombre de la rosa”.
También subimos al mirador y entramos al jardín.


A la salida nos dirigimos a Krems de Danau, en el valle de Wachau, un pueblecito medieval en este valle.
Dejamos el coche delante de su puerta monumental y nos dimos un paseo por este pueblecito medieval que es casi todo peatonal. Es un paseo precioso al pasado y pudimos ver distintos templos góticos, aunque por dentro solo pudimos visitar, por las horas, la Iglesia de Santiago (merece la pena).
