Viernes, 9 de Octubre de 2009: CAIRNS - Michaelmas Cay Cruise
Nueva jornada en Cairns. Hoy tocaba snorkel en la barrera de coral. El autobús resultó puntual, solo un par de minutos de retraso sobre su hora prevista: las 7:15. Estuvimos dando vueltas y vueltas para ir recogiendo pasajeros, como siempre, en los distintos hoteles de la zona. 40 minutos después seguíamos haciendo paradas y descubriendo que el puerto desde donde partían los barcos que iban a la barrera de coral estaba situado al lado de la inmensa piscina de la Esplanade, es decir, a unos diez minutos andando desde nuestro hotel. La contrariedad por el largo e inútil paseo que nos habían hecho dar fue compensada con creces al descubrir que los últimos pasajeros que subieron al autobús eran Ana y Pablo, la pareja asturiana que habíamos conocido el día anterior.
Localizamos el barco, un catamarán de considerables dimensiones, y subimos a bordo para buscar un lugar en cubierta donde nos tumbamos sobre unas colchonetas preparadas para esa utilidad. Nuestro destino era Michaelmas Cay, un pequeño islote a unos 43 kilómetros al nordeste de Cairns, es decir a algo más de dos horas de navegación. Al subir al autobús me había tomado una biodramina y en ese momento me tomé otra, soy de mareo fácil y no quería amargarme el día.
Michaelmas Cay es un parque nacional y un santuario protegido de aves migratorias, con una hectárea y media de extensión y una altura máxima de 3.5 metros. Forma parte de la zona del arrecife de coral más próxima a la costa y por ello es una de las zonas más explotadas para el turismo, lo que comporta un deterioro superior a las zonas más alejadas y menos concurridas.
Cuando salimos a mar abierto recibimos una conferencia sobre seguridad y sobre el desarrollo de todas las actividades que se iban a realizar durante la jornada. Más o menos me enteré de la mitad de lo que contaron, pero no me preocupé demasiado, Ana parecía ducha en la materia y estaba convencido de que lo había entendido todo. Charlando durante la travesía, descubrimos que se trataba de la pareja que en Ayers Rock se habían tendido a tomar el sol frente a nosotros. Lastima que nos separaba la piscina porque, sino, al oírnos hablar y descubrir nuestro común idioma, seguro que habríamos pasado mas de un rato juntos.
Sobre las once llegamos al cayo y nos procuramos gafas con tubo y aletas para el snorkel. Una de las actividades del día consistía en un recorrido en un semi-sumergible para que los pasajeros, alojados en los bancos dispuestos en su fondo, pudieran observar, a través de escotillas, el fondo marino y la vida que contenía sin mojarse. Había dos turnos para el semi-sumergible y como a Marga no le hacía mucha gracia lo del snorkel decidimos apuntarnos al primero.
La visibilidad no era muy buena (las fotos han quedado fatal) pero fuimos admirando los tipos de corales, plantas, moluscos y peces con los que nos cruzamos, cuyos nombres se esforzaba en traducir al español uno de los tripulantes del catamarán que actuaba a modo de guía.
Finalizado el recorrido se nos planteó una disyuntiva: el buffet de la comida iba a estar disponible de 12 a 1 y solo durante esa hora. Faltaban 15 minutos para las 12. Si desembarcábamos para hacer snorkel nos quedábamos sin comer. Pero ahora no teníamos nada de hambre. Finalmente decidimos ir a la playa y saltarnos la comida. Como a Marga seguía sin apetecerle hacer snorkel, nos subimos Ana, Pablo y yo a la barca que hacía viajes desde el catamarán hacia la playa y viceversa.
Cuando llegamos a la playa descubrimos que la gente estaba aguardando para regresar al catamarán para comer. Nos quedamos casi solos. La parte de la playa donde desembarcamos estaba acotada para que no entráramos en la reserva de las aves. Tampoco lo hubiéramos hecho: olía a mil demonios, a gallinero concentrado. Miles y miles de pájaros (no los conté pero seguro que había varios miles) revoloteando, graznando y defecando por doquier. Nos pusimos las aletas y las gafas y después de comprobar lo difícil que es entrar en el agua desde la playa caminando con los pies de pato (de cara es imposible, hay que andar de espalda) nos dispusimos a disfrutar de las maravillas submarinas que el arrecife nos proporcionaba.
La visibilidad era muchísimo mejor que desde el semi-sumergible y sin salirnos de la zona que nos indicaron pasamos más de una hora contemplando peces raros, de esos que se ven en los documentales y en los acuarios, anémonas de todos tipos y colores, corales no tan espectaculares como los de las fotos, almejas gigantes, una tortuga, una manta,... solo nos faltó cruzarnos con un tiburón (de los vegetarianos, claro). Cuando ya nuestras manos y pies estuvieron suficientemente arrugados, de común acuerdo, decidimos regresar al barco.
Parecía una acción cronometrada, cuando nosotros regresamos una nueva multitud acudió a la playa. Habíamos pasado prácticamente todo el tiempo como dueños absolutos del arrecife, sin tropezarnos con nadie y sin tener que observar pececitos entre piernas humanas.
Devolvimos los utensilios prestados y nos dispusimos a reencontrarnos con Marga. Nos llevamos una grata sorpresa. A pesar de sus nulos conocimientos de inglés (ni que decir de australiano) había conseguido que nos guardaran tres platos, reservados con nuestros nombres, con un poco de todo lo que había en el buffet. Ahora sí teníamos hambre. Después del ejercicio, teníamos bastante hambre y lo que menos esperábamos era encontrar comida a nuestro regreso a bordo, por lo que la disfrutamos doblemente y fue la que más bien nos supo de todo el viaje.
Después de disfrutar de la comida nos tendimos al sol y nos dormimos. Al despertar nos encontramos con la sorpresa de que Ana y Pablo, ante el anuncio de que quien quisiera las fotos que nos habían tomado al subir al catamarán podía solicitarlas, habían hecho la petición y el pago por nosotros. No quisieron cobrárnoslas y aunque considerábamos que no había ningún motivo para ello, lógicamente, terminamos agradeciéndolo.
A mitad de camino de vuelta nos ofrecieron una copa de espumoso, que nos sentó muy bien y sirvió para hacer algunos brindis con nuestros compañeros (me atrevo a decir amigos), mientras navegábamos majestuosamente impulsados por el velamen desplegado. Cuando el sol empezaba a desaparecer tras las montañas llegamos a puerto.
Decidimos regresar andando a nuestros hoteles: 5 minutos para Ana y Pablo y 10 para nosotros. Tuvimos el detalle de buscar nuestro autobús para informar al conductor que no íbamos a regresar con él. Nos entretuvimos un rato por la zona de la Esplanade para tomar fotos con luz diurna de la gigantesca piscina, en la que aún quedaba bastante gente bañándose. Finalmente nos despedimos, deseando sinceramente volver a encontrarnos y con el compromiso de ponernos en contacto tanto sí los asturianos iban a Barcelona como si los catalanes iban a Asturias.
Hotel, ducha, paseo, cena, paseo, hotel, cartas, copas y cama. Para que repetir el relato de la rutina de nuestras veladas.