Lunes, 12 de Octubre de 2009: MELBOURNE – Great Ocean Road
A la hora acordada nos encontramos con Elisa que ya había reservado nuestros asientos en el autobús. Esta vez nos entregó unos receptores con auriculares, que íbamos a utilizar para seguir sus explicaciones con mayor comodidad y sin molestar a nuestros vecinos de viaje, que lógicamente atenderían los comentarios dados en inglés por el conductor.
La primera parte de la ruta transcurrió por las calles por las que no habíamos podido circular el domingo y Elisa aprovechó para contarnos cosas y describir edificios omitidos en la visita a la ciudad. Finalmente salimos de Melbourne y recorrimos fuimos costeando su bahía hasta Geelong. Es la segunda ciudad más importante del estado de Victoria y, básicamente, se trata de una ciudad industrial que nos limitamos a atravesar.
La Gran Carretera del Océano se construyó para unir las ciudades de Torquay y Warrnambool y así facilitar el acceso a zonas de gran belleza usadas como destino vacacional y a las que resultaba muy complicado llegar. Finalizada la Primera Guerra Mundial y para dar trabajo a los soldados que regresaban a su patria se decidió la construcción de la carretera. Durante 13 años empleó a unos 3.000 soldados y se inauguró en noviembre de 1932 y se dedicó a todos aquellos soldados que murieron peleando por Australia en la Primera Guerra Mundial.
Cerca de Torquay hicimos una parada para contemplar la belleza de una de sus playas flanqueada por pequeños acantilados. La zona de aparcamiento dispone de unos espectaculares servicios. ubicados en una construcción decorada con motivos aborígenes. Daba un poco de cosa utilizarlos para evacuar nuestras necesidades. Estaban muy limpios, como todos los servicios públicos que encontramos en Australia; dispuestos, siempre, cerca de las atracciones turísticas y muy bien cuidados y respetados por los visitante, todo hay que decirlo.
En Anglessea paramos a tomar café. Las ciudades que encontramos en nuestra ruta, son pequeños centros turísticos que se han formado gracias a los atractivos de la costa y a los parques naturales de la zona. Sitios encantadores, muy tranquilos en la fría mañana de Octubre. No se si en pleno verano estarán masificados, pero la verdad es que disfrutamos de una belleza y tranquilidad excepcionales.
La siguiente parada la hicimos en una especie de portal de madera que parece dar entrada a la Great Ocean Road y en la que se levanta una escultura en homenaje a los soldados que la construyeron. Siempre siguiendo la costa pasamos por Lorne que nos encantó por su bella playa y sus lujosos edificios. Entre Lorne y Apollo Bay, paramos en Kennet River donde tuvimos la ocasión de contemplar Koalas en libertad, encaramados a sus eucaliptos, comiendo sus hojas y, la mayoría, durmiendo. También vimos loros de brillantes colores verde y rojo y otros pájaros de extraños nombres.
En Apollo Bay paramos a comer. Nos decidimos por un plato mongol que, a pesar de que resultó un poco picante, estaba muy bueno.
Después de Apollo Bay la carretera se aleja durante unos kilómetros de la costa, para atravesar el Great Otway National Park. Cuando el recorrido vuelve a ser costero se llega, por fin, al Port Cambell National Park donde se encuentran las formaciones rocosas que constituyen el principal atractivo de la excursión.
Primero los Twelve Apostles, tan espectaculares como en las fotos que aparecen en todas partes. Recorrimos los senderos habilitados para su visita y los contemplamos desde los miradores construidos para ello. Negros nubarrones poblaban el cielo, pero no conseguían restarle encanto a los impresionantes acantilados que han originado las extraordinarias moles rocosas bautizadas como los 12 Apóstoles. La erosión del agua y el viento los creó y la erosión los va desmoronando para crear otros de nuevos. Dicen que solo quedan ocho. No los conté y de todas formas no se pueden ver todos desde el mismo sitio por lo que tanto da que haya ocho como doce.
Junto al Centro del Visitante hay una base de helicópteros que permiten sobrevolar la costa y admirarla desde otro punto de vista. Estuve a punto de subirme a uno de ellos y si el día hubiera sido soleado probablemente lo hubiera hecho, pero pensé que en un día como ese el resultado obtenido no justificaba el coste de los pocos minutos que duraba el vuelo.
Regresamos al autobús con el tiempo justo para librarnos del aguacero que descargó en esos momentos y con la sensación de que, a pesar de que con sol, esos acantilados seguro que resultaban más espectaculares, la nubosidad y la bruma le daban un encanto que no los hacían desmerecer en absoluto.
El autobús arrancó faltando cuatro personas por subir. Elisa comentó que seguramente el conductor nos llevaba hasta el siguiente punto de interés y que mientras lo visitábamos volvería a por los rezagados. Aunque fuera así pensé en el susto que se iban a llevar al descubrir que su medio de transporte había desaparecido.
Bajo una ligera llovizna, escuchamos la historia del naufragio del Lord Arch y de sus dos únicos supervivientes: un joven marinero y una chica de la alta burguesía. El joven la rescató cuando ella estaba al borde de la muerte en las gélidas aguas del océano. Se refugiaron en una cueva y pasaron la noche. El marinero fue en busca de ayuda escalando el acantilado. Cuando regresó con la ayuda tuvo dificultades en encontrar a la chica, ya que está, creyendo que se trataba de fieros aborígenes, se escondió en el fondo de la cueva. Finalmente la encontraron y ambos se recuperaron. La sociedad bien pensante de la época consideró que era una inmoralidad haber pasado la noche juntos en una cueva y que debían casarse. El joven cedió a la presión general y le pidió el matrimonio a la chica. Ésta se negó por considerar que un marinero no estaba a la altura de su rango y, puesto que toda su familia había muerto en el naufragio, regreso a Londres. El joven siguió como marinero y sobrevivió a otros dos naufragios hasta que un tercero acabo con su vida rondando los cuarenta años de edad. La chica se casó en Inglaterra y vivió hasta los noventa años, destacando por la inflexividad con la que educó a sus hijos. Un feo final para una bonita historia.
Ya todos a bordo proseguimos la ruta. Paramos unos minutos en Port Cambell y continuamos hasta un mirador desde el que se observaban, a lo lejos, los acantilados de los Doce Apóstoles bañados por el sol que, en esos momentos, brillaba entre las nubes. Después fuimos hasta London Bridge, rebautizado ahora como London Arch, ya que el puente que le daba nombre se desmoronó y ahora solo queda un arco. Originariamente estaba unido a tierra firme y se trataba de una franja de tierra horadada por dos arcos.
Ya estaba todo visto, tocaba abandonar la zona famosa por sus acantilados, formaciones rocosas y la gran cantidad de naufragios sobrevenidos en sus costas. El regreso se hizo por otra ruta, más rápida. Elisa nos dijo que no iba a molestarnos con su charla para que pudiéramos descansar. Le replicamos, sinceramente, que su charla no había resultado nada molesta, sino todo lo contrario. Sin embargo su silencio y la semioscuridad de la hora facilitó la entrada en un estado de sopor que devino en siesta.
Cuando desperté estábamos entrando en Melbourne. Nos despedimos cuando llegamos a nuestro hotel. Dejamos las cosas y salimos para cenar y dar nuestro último paseo por el centro de la ciudad.