Tras desayunar en el hotel, surcamos nuevamente Samarcanda para realizar las visitas de la jornada. Hicimos algunas en el autobús y el resto a pie. Pasamos frente a Shahi-Zinda y las murallas, antes de llegar a nuestra primera parada del día, porque eso es esta ciudad, una amalgama no siempre bien avenida de lo antiguo y lo moderno.

Observatorio de Ulug Beg.
Ulug Beg, cuyo nombre significa “gran príncipe”, construyó en 1419 un observatorio en el que trabajó con destacados científicos de la época, observando la luna, el sol y otros cuerpos celestes. Destruido en 1449, se perdió hasta que el arqueólogo Vladimir Vyatkin lo localizó en 1908 gracias a unos antiguos documentos que detallaban su ubicación exacta.

Solo se ha conservado la base del edificio, que debió medir unos 30 metros de altura, y la parte inferior de un enorme sextante-herramienta astronómico de once metros de largo, que estaba enterrado en una trinchera excavada en una colina para protegerlo de los terremotos. Actualmente, podemos contemplar una réplica. En la parte inferior del complejo hay una gran escultura de Ulug Beg y, tras subir unos escalones se llega a la entrada, que se ha remodelado varias veces, la última en 2012.


También se ha establecido un museo, inaugurado en 1964, donde nos dieron unas explicaciones muy interesantes sobre los trabajos científicos que se desarrollaron allí en la Edad Media. De todas formas, si tuviera que prescindir de algún lugar en Samarkanda, sería este.


Shahi-Zinda.
Caminando, retrocedimos hasta la necrópolis de la colina Afrassiyab, que está coronada por Shai-Zinda (el rey viviente), uno de los mejores complejos arquitectónicos de Asia Central, lugar de enterramiento de la familia real y los nobles.

Se trata de un conjunto de once mausoleos construidos entre los siglos XI y XVI, cuyo centro es la tumba atribuida a Kusam Ibn Abbas, un primo del Profeta, quien, según la leyenda, en el año 640 se trasladó a Samarcanda para difundir el Islam y fue decapitado por infieles mientras rezaba; pero también circulan otras versiones sobre su muerte, incluso, que se convirtió en inmortal tomando el agua de la vida del pozo de Shaaban.

Al cruzar el pórtico de entrada, hay un cartel con instrucciones para la visita, aunque, luego, los controles no son estrictos ni con el vestuario (no se exige velo, pero si llevar las piernas y los hombros cubiertos), ni con la toma de fotografías.


El acceso se realiza por una escalera de 40 peldaños (la escalera de los pecadores). El creyente debe contarlos al subir y al bajar; si el número de escalones no coincide, la peregrinación se considera incompleta. Tres peregrinaciones a este lugar equivalen a una a la Meca, según he leído. Había bastantes peregrinos, pues vi a varias personas arrodillada junto a alguna de las tumbas.

Plano y explicaciones de los mausoleos, aunque lo mejor es asomarse a todos y verlos.


Al final de la escalera, según se sube a mano izquierda, existe un mirador con unas vistas espléndidas de Samarcanda y de la necrópolis. No os lo saltéis. Las fotos no le hacen justicia.


Una calle estrecha y empinada serpentea entre los mausoleos, un conjunto de edificios cuadrados que forman una única composición a ambos lados. Cada uno posee una cúpula y una entrada destacada con un pórtico, donde suele haber una placa informativa (también en inglés). Las fachadas y los interiores están recubiertos de ladrillos, azulejos de mayólica en los tradicionales tonos azules, turquesas y blancos, junto con mosaicos tallados y terracotas. Una auténtica maravilla.




Los hay más o menos lujosos y se pueden visitar todos. Cuentan con diferentes ornamentaciones, algunos azulejos contienen ilustraciones de paisajes, animales y flores en tonos brillantes, azules y amarillos. También me sorprendieron las puertas. Hay mausoleos realmente magníficos, otros, no tanto, pero quizás sea por la manía que solemos tener de compararlo todo.





La estrecha y abigarrada callejuela desemboca en un patio más amplio, también con mausoleos, donde el gentío se dispersa, lo que permite contemplar el panorama con más tranquilidad. La panorámica es magnífica mires hacia donde mires.



¡Madre mía, qué pintas...! Pero sin sombrero me hubiese achicharrado con aquel sol. Aunque era temprano, ya hacía bastante calor.


Más adelante, otro arco conduce al fondo del complejo, donde seguimos disfrutando de este lugar magnífico. Pasado el arco, mirando hacia atrás, las vistas son de escándalo. ¡Qué bonito!



De nuevo, procuré entrar en todos los mausoleos y así ver no solo los extraordinarios exteriores sino también los fantásticos interiores donde asombran las filigranas y los colores de los azulejos.




Sin duda, se trata de una visita imprescindible en Samarcanda, de las que justifican el viaje a Uzbekistán. La única pega, que suele haber mucha gente y puede resultar un poco agobiante en la calle estrecha. No en vano, además de lugar turístico, es sitio de peregrinación. Otra cosa a tener en cuenta son los escalones de acceso, algunos bastante altos. Así que es mejor tomárselo con tranquilidad y si no se ve todo, pues tampoco pasa nada. Seguro que compensa.



Como curiosidad, aquí empezó a llamarme la atención la afición que tienen los uzbecos por las fotos, algo no muy usual entre los musulmanes de otros países. Les encanta hacerse fotos con el móvil; y no suelen tener inconveniente en posar para los extranjeros; en cualquier caso, no van a salir corriendo si ven una cámara apuntando en su dirección. Además, las niñas, las jóvenes y las mujeres nos pedían retratarnos con ellas y se quedaban muy decepcionadas si les decías que no, y no por nada, sino porque no podías pasarte la mañana posando con ellas. Por supuesto, nos lo pedían a nosotras, a los hombres, no. Algo parecido me ocurrió en Jordania.

Después, nos acercamos al parque contiguo para contemplar las vistas de la colina de Afrosiyab, donde se encuentra la necrópolis que contiene tumbas de épocas muy diversas. Algunas cuentan con fotografías de los difuntos.
