Palacio Tash Hauli.
Allakuli Khan ordenó su construcción en 1830 y las obras se demoraron ocho años. En aquella época, el kanato gozaba de una desahogada situación económica y no reparó en gastos, así que contrató a los mejores arquitectos y artesanos de la época. Según la leyenda, más de uno terminó sus días antes de tiempo porque el retraso en la ejecución del palacio disgustó profundamente al khan.


El edificio de dos plantas se distribuye alrededor de un gran patio destinado a las recepciones oficiales, que también cuenta con un espacio para las yurtas, donde se alojaban los huéspedes de la corte. Todos los aposentos del palacio están conectados entre sí por un laberinto de pasillos ciegos.



Las habitaciones del khan eran las más decoradas y lujosas, mientras que el harén constaba de cuatro dependencias (según el Islam las esposas no debían ser más de cuatro) que no se comunican entre sí para eliminar disputas, según afirman las malas lenguas.




Cada estancia contaba con un portal independiente y hermosas decoraciones, todas diferentes, con mayólica azul y blanca, techos pintados en marrón y rojo y celosías de cobre. Una preciosidad.




También hay una sala de justicia donde se reunía el tribunal para dictar sus sentencias. Alrededor del patio, frente a las dependencias reales, se distribuyen numerosos cuartos con terrazas bellamente decorados destinados al personal de la corte, el servicio y los invitados.


Fuimos a comer a la Madraza de Yusuf Yasavulboshi, de 1906, actualmente convertida en restaurante. Nos sirvieron un menú típico que nos gustó bastante, aunque la sesión de cantes y bailes folklóricos con que nos obsequiaron hizo que se me fuera el santo al cielo y se me olvidó hacer fotos de los platos, así que ya no recuerdo los detalles.

Mausoleo de Pakhlavan Mahmud.
Nuestra última visita guiada en Jiva nos condujo hasta un lugar cuya cúpula, ya de lejos, me había llamado la atención el día anterior por la bonita estampa que conforma con su entorno de tumbas de ladrillo, especialmente al atardecer. Y la verdad es que no resulta fácil llegar a su puerta, pues un auténtico laberinto de callejuelas lo complica todo un poco. O eso me pareció.



El término “pakhlavan” se refiere a un hombre de gran fuerza. Según se cuenta, Pakhlavan Mahmud, hijo de un curtidor de pieles, era poeta, filósofo y sabio, pero también un luchador sobresaliente que nunca fue vencido y solo se rindió una vez para evitar que su contrincante fuese ejecutado. Fue enterrado en su taller de Jiva hacia 1325. Sus convecinos empezaron a forjar una leyenda en torno a su persona, atribuyéndole curaciones milagrosas, y le nombraron santo patrón de la ciudad. En 1701, se erigió un mausoleo en su lugar de enterramiento, que no tardó en convertirse en sitio de peregrinación.


La tumba y el mausoleo se decoraron con mayólicas azules y blancas, propias del khan. El complejo fue creciendo, se le añadieron mezquitas y en el siglo XIX la galería oriental. Además, allí fueron enterrados tres khanes, con lo cual pasó a ser un lujoso mausoleo real, que contó incluso con columnas talladas en el patio.






El conjunto es magnífico y merece la pena verlo, con sus suntuosas dependencias, tumbas y lámparas. Lo pondría como otro de los imprescindibles en Jiva.





Y tampoco hay que olvidarse de trastear un poco por los alrededores, pues encontramos estampas pintorescas y algún que otro mausoleo más modesto.



A partir de entonces, mi amiga y yo fuimos por nuestra cuenta a visitar lo que nos faltaba o, al menos, a intentarlo, procurando reproducir y ampliar nuestro paseo de la noche anterior. Teníamos varias horas por delante.