En la planificación del viaje, había reservado dos noches en Ella, a fin de recorrer los alrededores de Nuwara Eliya y los Horton Plains sin cambiar de hotel. De nuevo nuestro chófer tomó la iniciativa y nos convenció para cancelar la reserva de la segunda noche en el hotel de Ella y cambiar a una ubicación más cercana al parque. El motivo era que para evitar la densa niebla que todos los días cubre la meseta de Horton Plains, hacía falta madrugar mucho para hacer la pésima carretera de acceso al parque y empezar la marcha justo al amanecer. Esto no era posible hacerlo durmiendo en Ella.
Para esa nueva jornada, teníamos previsto hacer un tramo del tren turístico entre Ella y Nuwara Eliya, que salía a las nueve de la mañana. Nos levantamos bastante temprano y perdimos algún tiempo en cancelar la reserva del hotel. Con las prisas, nos montamos en el coche y entonces comprobé que el importe de la devolución, que me habían hecho en rupias, era una parte ínfima de lo que correspondía. Decidí (sin el consenso de los demás) que volviéramos al hotel a reclamar y, ayudado del chófer conseguí que me devolvieran el importe correcto, pero, por el contrario, ya habíamos perdido demasiado tiempo y, cuando llegamos a la estación el tren había partido, así que tocó improvisar un itinerario para ese día (y a mí, capear el temporal).
El chófer nos propuso visitar algunos templos budistas e hindúes y, en las proximidades de Nuwara Eliya, una factoría de té, del que ya veníamos viendo plantaciones en las laderas de las montañas.
Nos dirigimos al Dowa Raja Maha Viharaya, aún en la provincia de Uva, un templo budista con una estatua de Buda esculpida en la roca de 12 metros de altura, del siglo I a.C. Como la suerte no estaba de cara ese día, nos la encontramos completamente cubierta de andamios porque se estaba restaurando dado su mal estado.
Coincidimos en la visita con una pareja de Estados Unidos, que decían haber estado de jóvenes en los sanfermines. El hombre, señalando a la estatua, me decía: very impressive. No me quedó claro si se refería a lo poco que se veía del Buda o al andamiaje.
Junto a la estatua esculpida se encuentra una cueva, con las paredes y techos pintados con el característico gusto budista y que alberga estatuas también muy coloridas que no parecían ser muy antiguas.

La siguiente visita la hicimos al antiguo templo hindú de Seetha Amman, lugar de peregrinación para los creyentes de esta religión. Lo que hoy vemos parece que fue reconstruido durante la etapa colonial inglesa.
Aquí también había una gran cantidad de monos en su tejado, pero se comportaron de manera menos descarada que sus primos los de la cascada.
La visita era gratuita, pero había un vigilante que te recordaba que se aceptaban propinas y te señalaba una urna para depositarlas. Fui a introducir un billete que se quedó atascado en la ranura y, para terminar de introducirlo, me valí de mi tarjeta de crédito. Entonces, el vigilante vino muy alarmado haciendo aspavientos para decirme que no se aceptaban tarjetas, que sólo metálico.

Llegados a Nuwara Eliya, el chófer nos llevó a un hotel, que era una antigua casa colonial inglesa que conservaba todo su mobiliario. Era como una vuelta al pasado del imperio británico.
Por la tarde, fuimos a visitar una factoría de té en las cercanías. Esto no formaba parte de nuestros planes iniciales, pero era una forma de rellenar el hueco que había dejado el frustrado paseo en tren.
Tomamos la carretera de Kandy y pronto empezamos a ver las inmensas plantaciones de té que cubren todas las colinas.

Visitamos una factoría de Dilmah, que estaba perfectamente acondicionada para la doble labor de producir el té y de ser un centro de atracción de turistas.
Nos hicieron todo el recorrido del procesado de la planta desde su recolección al envasado, nos invitaron a una taza de té y, al final, como ere de prever, nos pasaron la tienda.
Regresamos pronto al hotel, ya que al día siguiente tocaba madrugar mucho para subir a los Horton Plains.


