Llegamos a las 7 de la mañana a Kampot. Hace una mañana estupenda. Por supuesto no hemos visto nada por el camino ya que íbamos a nivel de las ruedas, y cuando digo a nivel, quiero decir que casi casi las notábamos. Ponernos de pie nos cuesta un rato. Nunca más me vuelvo a fiar de un autobús nocturno en un país asiático.
Salimos pues del bus como podemos y cogemos un tuk tuk que nos lleva al hotel. Nos damos cuenta enseguida que no hemos escogido la mejor opción. Por internet se veía una especie de paraíso en tierra, pero la realidad es bastante diferente (eso también explica el precio). Es un
ecolodge (Sabay Beach Resort) a la orilla del río y a unos 20 minutos de Kampot, que se pretende muy eco y muy lodge pero realmente no nos acaba de convencer. Supuestamente se puede uno bañar en el río pero el color marrón caca del agua no invita precisamente a muchos chapuzones. Nos asignan una cabaña de dos pisos, que si me da por querer ir al baño por la noche, tengo asegurada una caída en picado ya que la escalera es digamos tirando a primitiva y la luz escasa, por no decir inexistente. De ahí lo de eco, me imagino. Como no nos apetece hacer el saltimbanqui, pedimos otra opción y nos ofrecen una casita con todo al mismo nivel pero con un suplemento. Rápidamente decimos que sí. La casita tiene una cama doble (muy cómoda) y una mesa a ras de suelo que no pinta nada ni tiene ninguna utilidad. En el baño, el agua de la ducha se sale por todas partes menos por donde toca. La pica reposa en equilibrio sobre un tronco de madera (otra vez muy eco pero poco práctico). Y la veranda tiene un sofá de una limpieza más que dudosa (excepto para los múltiples gatos que pululan por el resort). Pero ya estamos ahí, así que nos aguantamos.
Después de desayunar, pedimos una moto de las que alquilan en el resort (eso también nos convenció que era una buena opción, eso y que se veían varias motos nuevas y brillantes). Nos dan una moto tirando a cacharra vieja y dos cascos como de obreros de la construcción, pero nos da igual. Yo estoy feliz de poder por fin conducir una moto en Camboya. Compramos gasolina de botella en una casita y salimos a explorar. Para este día tenemos pensado hacer 30 kilómetros hacia el Secret Lake y una plantación de pimienta, ya que la pimienta de Kampot, también conocida como «el oro negro» de Camboya, es por lo visto la mejor pimienta del mundo.
El primer tramo es por una carreterita entre los campos que no presenta problemas. El siguiente tramo es una carretera más transitada, con todo lo que eso conlleva: motos por todas partes en todas las direcciones, coches que adelantan e invaden el carril sin ningún reparo, animales cruzando en cualquier momento, tuk tuks parados en el arcén... Muy divertido. El último tramo hasta La Plantation es en off road total, pero la moto aguanta la mar de bien. Llegamos, nos tomamos un café y hacemos la visita guiada por los campos, así como la degustación de las diferentes pimientas, un poco desorganizado, la verdad, pero interesante y la pimienta buenísima: roja, negra, blanca, verde (obviamente algo compramos). También es bonita la vista con todos los campos y el lago a lo lejos. No nos quedamos a comer en el restaurante, aunque la comida se ve deliciosa, porque es muy temprano todavía y decidimos que cerca del lago encontraremos algo que esté bien.
Volvemos a la moto y bajamos hacia el lago pero no encontramos nada que nos convenza, las dos opciones que hay se ven demasiado silvestres. Además amenaza lluvia y no quiero quedarme enfangada, todavía queda un tramo por carretera de tierra. Decidimos volver a Kampot y comer ahí. A medio camino se pone a llover pero llegamos bien. Además tengo un restaurante localizado, el del hotel que al final no escogimos: el Old Cinema. Aparcamos la moto enfrente y entramos pelín empapados. Comemos y esperamos a que amaine. Al cabo de un rato, baja la intensidad y salimos a pasear a pie hacia el río, que se supone que es muy bonito. La verdad no nos lo parece tanto. Pero tampoco es feo. La orilla del río tiene una playa muy ancha (como podría ser una playa de mar). La ciudad en sí no es muy bonita así que volvemos a la moto a ver si un poco más allá cambia. Cruzamos por el puente viejo y continuamos por el otro lado del río pero tampoco tiene mucho interés y además me parece que al día siguiente vamos a pasar por ahí. Volvemos a cruzar el río por el puente nuevo esta vez y vemos una Oficina de Turismo y paramos. Ahí una chica muy simpática nos informa de varias excursiones que podemos hacer los dos días siguientes confirmando los planes que teníamos en mente: ir a las montañas un día, y al día siguiente ir a Kep.
Volvemos a subirnos a la moto y tiro río abajo porque estoy convencida que si voy hacia allá encontraremos algo mejor y efectivamente. Parece que esa parte de la ciudad tiene más atractivo. Sin bajarnos de la moto, pasamos primero por la zona turística con las casas coloniales, los bares, los restaurantes, el mercado, las tiendas. Se ve una ciudad muy viva. Como ya hemos visto antes en Phnom Penh, hay muchos hombres de cincuenta para arriba, solos o en grupos, a veces con mujeres locales, alguna vez con niños (increíble la desfachatez y si soy mal pensada y son hijos adoptados, quizás deberían llevar un cartel advirtiendo que no son pederastas).
Unos kilómetros más allá, la ribera del río Kampong Bay se hace más bonita y agradable. Esta vez sí que bajamos de la moto y paseamos. Hay muchas familias pasando el día, comiendo, jugando o descansando en sus hamacas. A esta hora, el río se llena de barcos que salen a pescar y el ambiente es realmente placentero y agradable. El cielo aunque nublado está hermoso, de un color rosa pálido con las montañas al fondo. Finalmente nos está gustando Kampot. Pero como amenaza lluvia de nuevo y estamos bastante lejos, decidimos iniciar la retirada. Llegamos al resort un poco baldados. La moto no es la más cómoda del mundo. Descansamos en la veranda, con la vista al río que se supone que es muy bucólica (y sí, lo es, a pesar del color de las aguas). A las 8 cenamos (la comida muy rica, también hay que decirlo) y nos retiramos después de pedir en el hotel que nos reserven el autobús a Sihanoukville (por fin nos hemos decidido por esta opción, y descartar tanto el tren - que parece que muchas veces es muy impuntual - y el taxi que es mucho más caro).