Dejando aparte Angkor Wat con sus torres reflejándose en el lago que lo circunda, las estampas más seductoras de Angkor quizás sean las paredes envueltas por la selva, con raíces gigantescas invadiendo puertas y ventanas, del Templo Ta Prohm, popularizado a nivel mundial por un exitoso videojuego que tuvo como secuela la película “Tom Raider”, que protagonizó Angelina Jolie encarnando el personaje de Lara Croft. Porque, sinceramente, ¿quién no ha fantaseado con correr arriba y abajo, deslizándose por los pasadizos y corredores de esas misteriosas e impactantes ruinas pétreas? Yo, sí; lo confieso.



En 1186, Jayavarman VII se lo dedicó a su madre y llegó a ser uno de los templos más grandes de la quincena larga erigidos durante su reinado, entre ellos, Preah Kanh, en honor de su padre. Su deidad principal era Prajñaparamita (la diosa de la sabiduría), cuya estatua fue tallada con los rasgos de la madre del rey.
Fotos de mojón y panel informativo en la entrada del templo.






Su nombre primitivo fue Raja Vihara, que significa “monasterio real”. De culto budista, llegó a contar con más de doce mil residentes, si bien el número de personas que se ocupaban de su cuidado era muchísimo mayor. Según se dice, sus riquezas eran inmensas hasta que Jayavarman III lo convirtió en hinduista, destruyendo algunas de sus imágenes.





Construido con arenisca y de estilo bayon, su estructura inicial se basaba en un juego de galerías concéntricas con torres en las esquinas y gopuras (entradas monumentales coronadas por una torre sobre el recinto del templo) esculpidas con el rostro de Buda en los cuatro puntos cardinales. Hasta el siglo XIII siguió ampliándose con edificios adicionales.



La zona interior, delimitada por una galería de columnas de 107 x 100 metros, ocupa una superficie de una hectárea, con una geometría compleja y donde se piensa que había hasta 39 templos piramidales. El núcleo del templo, un espacio cuadrado de 30 metros de lado, contaba con una torre y varias estancias menores.



Su fama actual se debe a su valor histórico y paisajístico, pues fue una de las estructuras elegidas para mostrar el estado en el que se hallaban los templos cuando fueron descubiertos a finales del siglo XIX, casi devorados por la selva. Lógicamente, esta inacción tampoco es del todo cierta, pues el templo ha sido sometido a diversos trabajos de mantenimiento mediante la tala de una parte de los árboles que invadían el recinto haciéndolo intransitable, así como la estabilización y apuntalamiento de una serie de paredes y estructuras que amenazaban con derrumbarse. En cualquier caso, se trataba de no perder la atmósfera de fantasía y aventura que ofrecen unas ruinas abandonadas por los siglos de los siglos.





El templo suele estar muy concurrido, no nos vamos a engañar, y la gente apareciendo entre las ruinas mengua un poco la ilusión de sentirse exploradora por un día, pues te apetece tener lo que ves únicamente para ti; pero tampoco estaba petado, la verdad, al menos cuando fuimos, a la hora de la comida. Y, sí, la visita impacta desde el primer momento porque, aunque lo hayas visto mil veces en revistas, televisión o internet, tenerlo delante y moverte por allí no es lo mismo.




Esos troncos enormes, cuyas copas se elevan metros y metros sobre los recintos de piedra, unas ramas inmensas entrando por las puertas y saliendo por las ventanas, las raíces que se multiplican por todas partes, bordando bucles imposibles… Te quedas con los ojos a cuadros. Porque no es solo el templo en sí, con sus recintos, relieves, corredores y pasadizos, son también unos árboles tan inmensos que parecen irreales. En algunas partes, las estructuras han tenido que sujetarse con postes metálicos para evitar que se derrumben.




Como una imagen vale más que mil palabras, y en esta ocasión es cierto, prefiero dejar de escribir y poner algunas de las muchas fotos que tomé. Por supuesto, un templo imprescindible en Angkor; que no falte para el postureo…




En los alrededores hay más edificios y otros templos más pequeños. También nos encontramos con un simpático gallo.




Después fuimos a comer. Tomamos un menú con platos típicos camboyanos, entre los que destaco la sopa de pescado con setas y hojas de lima. Muy rica. En los restaurantes de Angkor, las cervezas y las bebidas en general eran más caras que en Vietnam. Se nota la concentración de turistas aquí.
