Al salir del restaurante, el sol estaba en todo lo alto y el calor era terrible. Cuando dejamos el minibús para ir a pie hacia Angkor Wat temí seriamente la posibilidad de sufrir un golpe de calor, y eso que estoy muy acostumbrada a turistear en plena chicharrera. Pero con una temperatura de “solo” 34 grados, aquello era otro cantar. Samuel esgrimió una sonrisa inocente y nos comentó que en plena canícula se llegan a alcanzar los 45 grados con una humedad del 80 por 100, lo que hace difícil caminar por los templos a mediodía. También nos dijo que en agosto hay pocos turistas, y buena parte son españoles.

Me coloqué un fular sobre el sombrero para protegerme el cuello y al cabo de un rato me sentí mejor. A quién no le sucedería contemplando lo que teníamos delante: qué bonita la imagen que presenta Angkor Wat con sus torres y sus recintos porticados elevándose sobre el lago que lo rodea, en cuyas aguas se refleja tan enigmática e imponente construcción. Ya solo por eso vale la pena el viaje entero, pues no en vano se califica a Angkor Wat como la mayor estructura religiosa jamás construida y uno de los monumentos arqueológicos más importantes del mundo.



Con ese palmito, ni que decir tiene que se trata de uno de los lugares más concurridos en Angkor, así que nos topamos con muchos visitantes. Sin embargo, tampoco noté ese agobio de gente que tanto incomoda en otros lugares; vamos, que podías moverte con cierta comodidad y hasta tomar fotos sin demasiadas cabezas delante, a veces incluso no había ninguna.




La aproximación en sí misma ya es todo un espectáculo para la vista: impresionante. Por si no hiciera bastante calor, la máquina de fotos echaba humo. Agradecí mucho poder moverme a mi aire, sin que me metieran prisa. Aunque tenía que respetar un programa, nuestro guía era muy cuidadoso con eso.


Su construcción la inició Suryavarman II, que llegó al trono tras asesinar al monarca anterior, y cuyo mandato se prolongó desde 1113 hasta 1150. Según una leyenda, el rey quería ubicar el templo en un lugar grato a los dioses, por lo cual decidió soltar un buey y erigirlo donde el animal se tumbase, lo que sucedió cerca de Yashodharapura, que significa “ciudad sagrada”. Al igual que sus predecesores, Suryavarman II estableció su palacio dentro del recinto amurallado, con lo cual Angkor Wat fue el centro político y religioso del Imperio, llegando a contar con más de 20.000 residentes. Su expansión acabó con la muerte del monarca, y en 1177 fue saqueada por los Chams, pueblo originario de Vietnam y enemigo tradicional de los jemeres, si bien fueron derrotados posteriormente por nuestro ya conocido Jayavarman VII, quien se convirtió al budismo y trasladó la sede religiosa y de poder al Templo Bayon en Angkor Thom, como ya he contado antes.


Inicialmente, el templo se dedicó a Vishnú, uno de los dioses principales del hinduismo, junto a Shiva y Brahma. Otra característica distintiva del templo es que está orientado hacia el oeste, lo que parece indicar que se concibió como templo funerario real. En cuanto a su arquitectura, combina la tradición hinduista del templo monte (Monte Meru) como morada de los dioses con una estructura de galerías, cuyo uso se extendió posteriormente.

Excepto el muro exterior, en su construcción se utilizó casi en exclusiva la piedra arenisca, empleando bloques que llegaban a pesar cuatro toneladas, transportados por canales desde una cantera sita a 40 kilómetros de distancia y con un volumen total equivalente al empleado en la Pirámide de Kefren, en Egipto. Las piezas se labraban con todo cuidado para que encajaran perfectamente, utilizándose solo en ocasiones un machihembrado de caja y espiga. No se empleó ningún tipo de mortero, pues las resinas que utilizaban en las anteriores estructuras de ladrillo cayeron en desuso a partir del siglo X.


El complejo tiene forma rectangular y mide 1.500 metros de largo por 1.200 metros de ancho, en una superficie de 200 hectáreas. Está rodeado por un lago de 5,5 kilómetros de perímetro y 190 metros de anchura. La entrada y la salida se realizan por unas pasarelas de 12 metros de ancho, flanqueadas por una balaustrada formada por nagas (serpientes míticas de cinco o siete cabezas).

Gran parte de la superficie del templo está decorada con bajorrelieves, esculturas o adornos arquitectónicos y geométricos bastante complejos. Hay multitud de figuras femeninas, unas 1.500 deidades hindúes y más de 2.000 apsaras (bailarinas celestiales).


El terreno que queda antes de llegar al templo estaba ocupado antaño por el palacio real y otras residencias, de las que solo se conservan un par de pequeños edificios que servían, supuestamente, de biblioteca, en una de las cuales aparecen más de treinta figuras de bailarinas, todas con vestidos y peinados diferentes.



Las piedras esculpidas en los techos de las galerías imitan las tejas cerámicas y las puertas y ventanas siguen los patrones de sus homónimas de madera. Impacta contemplarlo. Se aprecia muy bien desde arriba. Las galerías que comunican las diferentes estancias también cuentan con esculturas y algún resto de color.



Los bajorrelieves.
El recinto central está cerrado por un muro de laterita de 800 metros de longitud y 5 metros de altura que cuenta con un pórtico (gopura) de 235 metros de longitud, de cuyos lados sale un corredor perimetral provisto de columnas, cuyas paredes están decoradas con frisos y bajorrelieves que se dividen en ocho escenas principales (dos por muro) y varias escenas menores. En algunos todavía se aprecian restos de color, sobre todo rojo, oro y marrón, por lo que parece que estuvieron policromados, posiblemente tras las transformaciones realizadas en el siglo XVI.
Galería con bajorrelieves en la pared de la derecha.



Los bajorrelieves relatan historias de los libros épicos hindúes Ramayana y Mahabharat, como la Batalla de Kurukshetra; los cielos e infiernos, con el juicio de Yama, el dios de la muerte hindú, separando a los merecedores del cielo y del infierno; o la batalla de devas y asuras, con la mayor parte del panteón hindú luchando contra un ejército de asuras. Otra historia muy curiosa es la del Batido del océano de leche, de la galería este, que muestra a dioses y demonios trabajando juntos para batir el océano y conseguir el elixir de la inmortalidad; tras miles de años batiendo al unísono, cuando al fin aparece una copa de néctar de amrita, todos se pelean por ella.
Batalla de Kurukshetra:


En la galería sur, se representa el poder militar de Suryavarman II, que aparece sobre su elefante de guerra junto a un ejército de soldados y oficiales. Esta parte es la que más me gustó, pues se relatan hechos auténticos y no leyendas. Los detalles que reflejan algunas de las escenas son increíbles pese al paso del tiempo y a los estragos causados por el abandono, la destrucción, los saqueos y las condiciones meteorológicas adversas.




Hay un panel donde se representa a soldados tailandeses marchando en el desfile de la victoria ante el rey, con faldas plisadas de flores, peinados con trenzas y con plumas en el pelo. Y es que los detalles de la ropa de las tropas son fantásticos.

Audiencia Real:

Esta galería de bajorrelieves mide 1.200 metros, lo que la convierte en la más larga del mundo y por su calidad ya merecería estar inscrita en la lista de maravillas del mundo antiguo. Estaba repleta de estatuas, pero ya apenas quedan algunos restos y pedestales aislados.



Contemplar los relieves meticulosamente requiere bastante tiempo y tan poco es siempre fácil por la complejidad de los miles de personajes que aparecen y por el deterioro de ciertas partes. Es conveniente ir con alguien que conozca el tema o con una guía impresa o en el teléfono. Aunque nos entretuvimos bastante rato, solo vimos una pequeña parte.



Lamento que las fotos (he tenido que saturar algunas para que se distingan un poco mejor) no reflejen la realidad fielmente, ya que me resultó muy complicado captar bien las escenas. Pero, bueno, espero que al menos den una idea de lo que son y lo que fueron.

Templo Central.
El templo central (Bakan) se apoya sobre una gran plataforma. Está compuesto por tres recintos concéntricos, aunque no simétricos, de altura creciente, delimitados por corredores sostenidos por columnas y con pabellones a los lados. El recinto exterior carece de torres.


Al atravesar el pórtico del recinto exterior, caminamos por galerías y corredores que se asoman a fosos que fueron estanques y dos antiguas bibliotecas. Merece la pena dedicarle un rato y fijarse en los detalles. Tampoco hay que perderse una zona con restos y esculturas rescatadas en el curso de las excavaciones.


El acceso al tercer nivel, antiguamente muy restringido, quería representar la abrupta subida de una montaña, pues aunque la elevación no supera los once metros, la fuerte inclinación de los escalones lo convertía en una pequeña proeza. Ahora, una escalera de madera y metal protege los peldaños originales (muy gastados e irregulares) a la vez que facilita el ascenso y el descenso al contar con una barandilla central para apoyarse. Es un tanto empinada, pero si se va cuidado no supone una dificultad especial.
Peldaños originales clausurados y escalera habilitada para el ascenso al tercer nivel.







Arriba, el itinerario es único, en sentido contrario a las agujas del reloj. El recinto con cinco torres, presenta forma cuadrada, con una torre en cada esquina unidas las cuatro por una galería corrida que se comunica con la torre central y el santuario mediante galerías trasversales.

Aquí solo queda tomárselo con tranquilidad, cotillearlo todo, fijarse en las esculturas de paredes y torres, y asomarse a los santuarios. Y lógicamente contemplar la panorámica que se vislumbra desde lo alto del resto de recintos del propio templo y de los alrededores, si bien no me pareció tan espectacular como afirman en muchas publicaciones. Es mi opinión.


El reflejo de las torres sobre el lago.
No sé cuánto tiempo pasamos dentro, pero cuando salimos se estaba acercando la hora de la puesta de sol y aún teníamos algunas cosas que hacer antes de que se hiciera de noche. La primera, tomar las consabidas fotos nuestras con el templo de fondo y, casi tan importante, llevarnos una de las estampas más buscadas: el reflejo del recinto del templo y de sus torres en las aguas del lago desde varias perspectivas: otro de los imprescindibles en Angkor.


