Al madrugar tanto, era temprano cuando volvimos a la motonave: nos encontramos un simpático cocodrilo sobre la cama. Aunque podía ver la panorámica desde el camarote, preferí subir a la terraza y echarme en una tumbona para contemplar las dos orillas del Nilo mientras me tomaba un refresco. Apretaba el sol, pero corría una brisa muy agradable que permitía permanecer al aire libre bajo una sombrilla sin achicharrarse.




Entretanto apareció el masajista del barco, ofreciéndome sus servicios: cinco minutos de masaje gratis en el cuello a modo de prueba. Me gustó la experiencia y, como he hecho otras veces, reservé un masaje doble de cuerpo entero y una hora para mi marido y para mí a las siete, justo después de volver de nuestra excursión de la tarde.


Después de almorzar, en la terraza hacía mucho calor, así que nos quedamos tranquilamente en la cabina hasta que divisamos el Templo de Kom Ombo, que está enfrente del puerto donde atracan los cruceros, que rápidamente maniobran para ocupar sus posiciones, pues llegan muchas motonaves casi al mismo tiempo. Hasta siete motonaves vimos posicionadas en cada uno de los amarraderos. La panorámica era estupenda.


Templo de Kom Ombo.
Horario: abre a las 07:00; última entrada a las 08:00 pm.
Precio: adultos, 450 EGP; estudiantes, 225.

Este templo grecorromano se eleva sobre una pequeña colina en la localidad del mismo nombre, eminentemente agrícola y a la que llegaron muchos nubios desplazados de sus tierras tras las obras que dieron lugar al Lago Naser. Aunque está en ruinas, su estampa resulta muy fotogénica, sin que le afecte demasiado el gentío que se apiña en la parte inferior.

De nuevo, el hacer el crucero en sentido contrario, nos permitía visitar el templo de modo diferente, ya que la vez anterior lo hicimos de noche (iluminado es muy bonito) y en esta ocasión lo hicimos de día.
Fotos de 2010.






El templo es simétrico, con dos entradas, dos salas y dos santuarios, lo que se debe a que está dedica a dos dioses, Haroris y Sobek, una deidad local con cabeza de cocodrilo.



Su construcción la inició Ptolomeo VII en el siglo II a.C., pero fue terminado por Ptolomeo XII un siglo más tarde. El pilono de entrada fue añadido por el Emperador Augusto, sobre el año 30 a.C.


Las salas hipóstilas cuentan con relieves de sus respectivas deidades; las columnas están coronadas con el loto del Alto Egipto y el papiro del Delta. Diversas salas conducen a los santuarios. Hay escenas muy interesantes, ya que se pueden contemplar relieves que representan numerosos instrumentos médicos de la época y escenas de partos.


En la parte exterior, entre otros restos arqueológicos, se ven un nilómetro y la piscina donde se bañaban los cocodrilos sagrados. Tampoco hay que perderse el pequeño museo que exhibe varias momias de cocodrilos que fueron localizadas en diversas necrópolis de estos animales sagrados en los alrededores.

El Museo de los Cocodrilos sagrados.


De regreso a la motonave, pudimos contemplar cómo iba cayendo la oscuridad sobre el templo, cambiando de aspecto según se iba encendienco su acertadísima iluminación.


Desde la cubierta superior, resultaba impactante la imagen de decenas de barcos todos juntitos, casi pegados, de forma que apenas se sabía dónde empezaba uno y terminaban los demás. Sin embargo, lo mejor fue la puesta de sol, muy diferente de la noche anterior.




Ya de noche (aunque solo eran las siete), fuimos a recibir nuestro masaje, que fue más de tratamiento que relajante. Los masajistas (un chico y una chica) se emplearon a fondo y nos dieron una buena “paliza”, pero al final nos quedamos estupendamente bien. Esa noche la cena se sirvió en la terraza, con barbacoa y un buen surtido de platos árabes y asiáticos. Más tarde, tuvo lugar la “fiesta de la chilaba”, en la cual, supuestamente, todo el mundo tiene que llevar prendas árabes o egipcias. Sin embargo, los únicos que cumplieron con los disfraces fueron los camareros, que pusieron todo su empeño en animar la fiesta con su música y sus bailes. Nos quedamos un rato. Fueron momentos simpáticos y pasamos unos minutos muy agradables. En el camarote, seguían dejándonos sorpresas a modo de personajes hechos con toallas. Mi marido me advirtió de que, aparte de la muñeca que dejaron a nuestro regreso de Kom Ombo, habían añadido más tarde el “mono” (bueno no era un mono pero se parecía mucho) colgado en la puerta que casi me mató de un infarto al pillarme por sorpresa durante el anterior crucero (el amarillo)
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