Recorriendo la Avenida de las Esfinges desde el Templo de Karnak al Templo de Luxor.
Una de las cosas que nos hacían ilusión al volver a Egipto era recorrer completamente la Avenida de las Esfinges, desde el Templo de Karnak hasta el Templo de Luxor, lo que se puede realizar desde hace unos pocos años. Y así se lo explicamos a nuestro guía, quien en un principio puso cara rara, extrañándose de nuestros deseos. “Uff, eso no es tan fácil”. Por supuesto que lo es, pero él procuró ponerse la medalla y al cabo de un rato regresó muy sonriente: todo arreglado. Cuando acabamos en Karnak, nos acompañó a la puerta que sale a la Avenida de las Esfinges, donde hay un control para acceder al templo. Además, nos entregó las entradas de los dos templos. Él no vendría con nosotros, sino que nos esperaría en la cafetería del templo de Luxor. Más tarde nos confesó que no le gusta caminar más de lo necesario. Ningún problema por nuestra parte, todo lo contrario
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La Avenida de las Esfinges tiene una longitud cercana a tres kilómetros y une los Templos de Karnak y Luxor; en total nos llevó unos cuarenta minutos. Eran las diez de la mañana y pegaba el sol, aunque no sentimos tanto calor como el día anterior porque de vez en cuando soplaba alguna racha fuerte de viento que, supongo, fue la causa de que no salieran los globos. De todas formas, parecíamos ser los únicos mortales a quienes se les ocurrió la idea; así que fuimos solos durante todo el recorrido; bueno... casi.



Antes de investigar convenientemente, creíamos que esta avenida era un espacio abierto que se podía recorrer a voluntad, a cualquier hora; pero no. Está todo vallado alrededor y solo se permite el paso cuando los dos templos están abiertos. Además, hay que llevar encima las entradas de ambos, pues, aparte de haber comprado la entrada del templo donde empiezas, a mitad de camino existe otro control donde te requieren la entrada del templo de destino; si no la tienes, te hacen dar la vuelta. Fue muy curioso. Un guardia y un señor en una caseta que se tomó todo el tiempo del mundo para escanearnos el ticket con su teléfono móvil. Muy amablemente, nos invitó a sentarnos entretanto.



A lo largo de itinerario, están colocadas las bases de cada esfinge, pero no todas se encuentran en sus pedestales, ni muchísimo menos. Faltan gran número de ellas y algunas están en muy mal estado. Aun así, disfrutamos mucho del paseo y pudimos cumplir uno de nuestros objetivos en este segundo viaje a Egipto. De todas formas, no es algo que me atreva a recomendar con carácter general.


Templo de Luxor de día.
Finalmente, llegamos al Templo de Luxor y localizamos a nuestro guía tomando algo en la cafetería. A continuación, iniciamos el recorrido guiado por el templo, donde había bastante menos gente que la tarde-noche anterior.



De nuevo, nos llamaron la atención las seis estatuas de Ramsés II que presiden el primer pilono, mientras que solo eran dos en nuestra anterior visita. Dedicado a los dioses Amón, Mut y Jonsu, se construyó en tiempos de Amenofis III, fue ampliado por Ramsés II y Alejandro Magno realizó algunas modificaciones.



Fue abandonado en el siglo III d.C. tras haber formado parte de un campamento romano. En el interior, se puede contemplar los restos de una iglesia, de la que quedan algunas imágenes de santos con sus colores que se aprecian mejor de día que de noche.

El paso del tiempo lo cubrió de arena, hasta que en 1881, el arqueólogo Gastón Maspero lo descubrió y comenzó su excavación, para lo cual hubo que trasladar la aldea que había crecido encima y de la que ahora solo pervive la mezquita de Abu al Haggag, cuya puerta original ha quedado inutilizada, al estar varios metros por encima del nivel del templo por el que pasa hoy la gente (foto de abajo a la izquierda). No obstante, la mezquita se sigue utilizando actualmente con otro acceso.


Aunque el templo luce más bonito de noche, a plena luz del día es más fácil distinguir los colores que conservan algunos de los relieves. En la parte exterior, se conservan multitud de piezas arqueológicas que constituyen un museo al aire libre.



Cuando terminamos de ver el templo, tuvimos nuestro primer enganchón con el guía, que pretendía llevarnos a una tienda de perfumes. Le dijimos que no. Empezó a quejarse lastimeramente, pues éramos sus únicos clientes del crucero y su sueldo se basa en las comisiones. Me dio algo de pena y le encargué una correa nueva que necesitaba para una pulsera de plata que compré en Egipto la otra vez. Nos hizo bien la gestión, aunque los 13 euros del principio se convirtieron en 16. También le comenté que podía mirar una camiseta de buena calidad, con bordados hechos a mano. El capricho me costó 20 euros, pero le dejamos muy claro que las tiendas se habían acabado.