Amaneció despejado. Desmontamos la tienda, recogimos nuestras cosas y dejamos atrás Wolf Creek rumbo a Haines Junction, la puerta de entrada al Kluane National Park. Preparamos las mochilas para nuestra primera salida de backpacking, con la comida, la ropa y la tienda. Solo faltaba decidir adónde iríamos.
Las caminatas de cinco o seis kilómetros que habíamos hecho hasta entonces habían salido bien, así que nos animamos a dar un paso más. Teníamos dos opciones: el Auriol Trail, dentro de Kluane, o la excursión hasta la lengua del Samuel Glacier. Este último queda fuera del parque nacional, en el Tatshenshini-Alsek Provincial Park, ya en la Columbia Británica. Se llega por el Chuck Creek Trail, uno de los pocos senderos accesibles desde la carretera y el único que se mantiene dentro de ese parque provincial.
Las previsiones meteorológicas no terminaban de despejar nuestras dudas. Para la zona del Samuel Glacier anunciaban lluvia durante toda la tarde y la noche, un día siguiente despejado y temperaturas que no superarían los ocho grados. Para el Auriol se esperaban nubes y algo más de calor. En principio, parecía más sensato elegir el Auriol, aunque preferíamos tomar la decisión definitiva al llegar a Haines Junction. Queríamos mirar el cielo con nuestros propios ojos y, sobre todo, escuchar lo que nos aconsejaran los rangers.
Pasado Whitehorse, nos desviamos por Fish Lake Road, una carretera que sale de la Alaska Highway y conduce hacia Fish Lake y Jackson Lake. Una de las guías de vida salvaje del Yukón que me había descargado recomendaba ambos lugares para observar animales. Como íbamos bien de tiempo, decidimos probar suerte.
El asfalto duró poco y pronto se convirtió en una pista de tierra, aunque el coche avanzaba sin problemas. En Jackson Lake encontramos algunas cabañas habitadas, pero poco más que llamara nuestra atención. Fish Lake fue otra cosa: apareció de pronto, enorme, rodeado de montañas que invitaban a aparcar el coche y pasarse varios días explorando los alrededores. Pero no teníamos tiempo para semejante tentación. Nos conformamos con contemplarlo un rato.
Las caminatas de cinco o seis kilómetros que habíamos hecho hasta entonces habían salido bien, así que nos animamos a dar un paso más. Teníamos dos opciones: el Auriol Trail, dentro de Kluane, o la excursión hasta la lengua del Samuel Glacier. Este último queda fuera del parque nacional, en el Tatshenshini-Alsek Provincial Park, ya en la Columbia Británica. Se llega por el Chuck Creek Trail, uno de los pocos senderos accesibles desde la carretera y el único que se mantiene dentro de ese parque provincial.
Las previsiones meteorológicas no terminaban de despejar nuestras dudas. Para la zona del Samuel Glacier anunciaban lluvia durante toda la tarde y la noche, un día siguiente despejado y temperaturas que no superarían los ocho grados. Para el Auriol se esperaban nubes y algo más de calor. En principio, parecía más sensato elegir el Auriol, aunque preferíamos tomar la decisión definitiva al llegar a Haines Junction. Queríamos mirar el cielo con nuestros propios ojos y, sobre todo, escuchar lo que nos aconsejaran los rangers.
Pasado Whitehorse, nos desviamos por Fish Lake Road, una carretera que sale de la Alaska Highway y conduce hacia Fish Lake y Jackson Lake. Una de las guías de vida salvaje del Yukón que me había descargado recomendaba ambos lugares para observar animales. Como íbamos bien de tiempo, decidimos probar suerte.
El asfalto duró poco y pronto se convirtió en una pista de tierra, aunque el coche avanzaba sin problemas. En Jackson Lake encontramos algunas cabañas habitadas, pero poco más que llamara nuestra atención. Fish Lake fue otra cosa: apareció de pronto, enorme, rodeado de montañas que invitaban a aparcar el coche y pasarse varios días explorando los alrededores. Pero no teníamos tiempo para semejante tentación. Nos conformamos con contemplarlo un rato.

Fish Lake, llamado Łu Zil Män por la Kwanlin Dün First Nation, se encuentra en su territorio tradicional, a unos quince kilómetros de la Alaska Highway. Desde la orilla parte un sendero que asciende hasta una cresta alpina. Según las descripciones que había leído, tras unos cuarenta y cinco minutos de subida el bosque da paso a matorrales altos y, más arriba, a una vegetación baja y dispersa. Los folletos de vida salvaje de Whitehorse también advertían de que, en aquella zona alejada de la ciudad, aumentaban las posibilidades de encontrar osos, alces, ovejas de Dall y caribúes.
Aquello sonaba muy bien, pero no íbamos a recorrer el sendero. Volvimos por donde habíamos venido sin haber visto ningún animal y retomamos la carretera hacia Haines Junction.
Mi sobrino iba adormilado en el asiento del copiloto. Le di un toque para que espabilara: había que estar atento, porque podían aparecer animales en la carretera y yo no podía mirar simultáneamente a ambos lados. Fue despertarlo y, apenas tres o cuatro minutos después, escuché su grito:
—¡Tito, oso, oso, oso!
Había visto un grizzly salir por su lado de la carretera, caminando deprisa. Di la vuelta y regresamos despacio hasta localizarlo. Allí estaba: un pedazo de oso pardo en el margen de la carretera, comiendo tranquilamente, como si nosotros y nuestro coche no tuviéramos nada que ver con él. Tenía el trasero teñido de rojo, seguramente por las bayas rojas de las que debía de estar alimentándose en aquella época.
Aquello sonaba muy bien, pero no íbamos a recorrer el sendero. Volvimos por donde habíamos venido sin haber visto ningún animal y retomamos la carretera hacia Haines Junction.
Mi sobrino iba adormilado en el asiento del copiloto. Le di un toque para que espabilara: había que estar atento, porque podían aparecer animales en la carretera y yo no podía mirar simultáneamente a ambos lados. Fue despertarlo y, apenas tres o cuatro minutos después, escuché su grito:
—¡Tito, oso, oso, oso!
Había visto un grizzly salir por su lado de la carretera, caminando deprisa. Di la vuelta y regresamos despacio hasta localizarlo. Allí estaba: un pedazo de oso pardo en el margen de la carretera, comiendo tranquilamente, como si nosotros y nuestro coche no tuviéramos nada que ver con él. Tenía el trasero teñido de rojo, seguramente por las bayas rojas de las que debía de estar alimentándose en aquella época.


Nos quedamos varios minutos grabando vídeos y haciendo fotografías. Al vernos parados, empezaron a detenerse otros vehículos. Entonces ocurrió algo que me pareció una auténtica locura: un hombre se bajó de su coche y se puso a caminar por el arcén, acercándose a menos de veinte metros del oso para fotografiarlo. Y todo ello en chanclas.
Yo no salía de mi asombro. Le decía a mi sobrino que aquel hombre estaba loco, que cómo se le ocurría alejarse tanto del coche con un grizzly a tan poca distancia. Pero hay gente para todo. El oso, por su parte, seguía a lo suyo, sin mostrar demasiado interés por el espectáculo humano que se había organizado a su alrededor.
La carretera me estaba sorprendiendo. De la última vez que había pasado por allí con mi mujer conservaba el recuerdo de una zona bastante fea. Esta vez, en cambio, me pareció preciosa, con abundante vegetación y mucho verde. Quizá había llovido más aquel año. A lo largo de unos cuarenta kilómetros atravesamos el tramo donde, según se decía, podría verse una manada de elks. No apareció ni uno.
Pero la jornada aún nos reservaba otro encuentro. Poco antes de llegar a Haines Junction, mi sobrino volvió a gritar. Esta vez había visto un moose, un alce. Di la vuelta una vez más y nos acercamos con cuidado. Entre unos árboles pequeños encontramos a una madre con dos crías. De ella apenas se distinguía la cabeza; las pequeñas permanecían medio ocultas detrás de la vegetación. Nos quedamos allí un buen rato, sin nadie más alrededor, contemplando a los tres.
Yo no salía de mi asombro. Le decía a mi sobrino que aquel hombre estaba loco, que cómo se le ocurría alejarse tanto del coche con un grizzly a tan poca distancia. Pero hay gente para todo. El oso, por su parte, seguía a lo suyo, sin mostrar demasiado interés por el espectáculo humano que se había organizado a su alrededor.
La carretera me estaba sorprendiendo. De la última vez que había pasado por allí con mi mujer conservaba el recuerdo de una zona bastante fea. Esta vez, en cambio, me pareció preciosa, con abundante vegetación y mucho verde. Quizá había llovido más aquel año. A lo largo de unos cuarenta kilómetros atravesamos el tramo donde, según se decía, podría verse una manada de elks. No apareció ni uno.
Pero la jornada aún nos reservaba otro encuentro. Poco antes de llegar a Haines Junction, mi sobrino volvió a gritar. Esta vez había visto un moose, un alce. Di la vuelta una vez más y nos acercamos con cuidado. Entre unos árboles pequeños encontramos a una madre con dos crías. De ella apenas se distinguía la cabeza; las pequeñas permanecían medio ocultas detrás de la vegetación. Nos quedamos allí un buen rato, sin nadie más alrededor, contemplando a los tres.

Después de varios días buscando fauna, resultaba curioso que los dos encuentros más importantes hubieran ocurrido casi por casualidad, desde el coche. Primero el grizzly; después, la familia de alces. El Yukón tiene esa capacidad de convertir un simple desplazamiento por carretera en algo que uno termina recordando durante mucho tiempo.
Llegamos a Haines Junction hacia el mediodía y fuimos directamente al Visitor Centre de Kluane para hablar con los rangers. Después de consultar las previsiones y observar el cielo, decidimos que el Auriol Trail era la mejor opción. Parecía que no iba a llover ese día.
Al tratarse de una ruta con pernocta dentro de un parque nacional, teníamos que reservar y pagar la plaza en el backpacking camp. Lo hicimos allí mismo. Una ranger nos explicó algunos detalles del recorrido y, como ya habían pasado las dos, buscamos una mesa en el exterior y nos sentamos a comer sin demasiadas prisas.
A eso de las tres y media llegamos al trailhead, el punto de inicio del sendero. Había bastantes coches en el aparcamiento. Dejamos los bastones de trekking dentro del nuestro, convencidos de que no los necesitaríamos, nos cargamos las mochilas enormes y echamos a andar.
El comienzo era precioso. Un tramo llano y abierto, con las montañas al fondo, nos recibió con una imagen de esas que hacen pensar que la caminata va a ser una maravilla de principio a fin. Pero duró poco. El bosque terminó engulléndonos y el sendero cambió por completo.
Llegamos a Haines Junction hacia el mediodía y fuimos directamente al Visitor Centre de Kluane para hablar con los rangers. Después de consultar las previsiones y observar el cielo, decidimos que el Auriol Trail era la mejor opción. Parecía que no iba a llover ese día.
Al tratarse de una ruta con pernocta dentro de un parque nacional, teníamos que reservar y pagar la plaza en el backpacking camp. Lo hicimos allí mismo. Una ranger nos explicó algunos detalles del recorrido y, como ya habían pasado las dos, buscamos una mesa en el exterior y nos sentamos a comer sin demasiadas prisas.
A eso de las tres y media llegamos al trailhead, el punto de inicio del sendero. Había bastantes coches en el aparcamiento. Dejamos los bastones de trekking dentro del nuestro, convencidos de que no los necesitaríamos, nos cargamos las mochilas enormes y echamos a andar.
El comienzo era precioso. Un tramo llano y abierto, con las montañas al fondo, nos recibió con una imagen de esas que hacen pensar que la caminata va a ser una maravilla de principio a fin. Pero duró poco. El bosque terminó engulléndonos y el sendero cambió por completo.

Era ancho y estaba bien definido, así que perderse parecía difícil. Sin embargo, aquella primera parte me resultó bastante fea. Los árboles apenas dejaban ver el paisaje y el suelo estaba lleno de raíces que obligaban a caminar mirando continuamente hacia abajo. Además, hacía más de veinte grados y nosotros llevábamos camisetas de manga larga de lana merino, pensando en el frío que habríamos encontrado si hubiéramos elegido el Samuel Glacier. Sudábamos de lo lindo.
El sendero atraviesa un bosque boreal mixto que asciende hasta una terraza subalpina situada frente a la Auriol Range. En el bosque predominan los abetos, los álamos y los pinos. A unos dos kilómetros del inicio, el camino se divide y forma un circuito. Nosotros tomamos el ramal de la izquierda, que es más tendido; el de la derecha es medio kilómetro más corto, pero tiene más subidas y bajadas.
El sendero atraviesa un bosque boreal mixto que asciende hasta una terraza subalpina situada frente a la Auriol Range. En el bosque predominan los abetos, los álamos y los pinos. A unos dos kilómetros del inicio, el camino se divide y forma un circuito. Nosotros tomamos el ramal de la izquierda, que es más tendido; el de la derecha es medio kilómetro más corto, pero tiene más subidas y bajadas.

El sendero izquierdo cruza un arroyo dos veces, aproximadamente en los kilómetros tres y tres y medio, pasa junto a un pequeño lago y continúa hacia unos prados con sauces y zonas encharcadas. Estos humedales son un hábitat propicio para los alces, aunque durante nuestra caminata no vimos ninguno. El recorrido está señalizado con postes kilométricos y se mantiene bajo la cubierta del bosque durante buena parte de la subida, hasta que el terreno empieza a despejarse.
Y, por fin, se despejó.
Después de varios kilómetros entre matorrales y sauces altos y densos, llegamos a la parte superior. Hasta entonces habíamos ido hablando en voz alta, más que nada para anunciar nuestra presencia por si algún oso andaba escondido entre la vegetación. Poco a poco, los árboles y los matorrales fueron cediendo terreno, y ante nosotros apareció la Auriol Range.
Y, por fin, se despejó.
Después de varios kilómetros entre matorrales y sauces altos y densos, llegamos a la parte superior. Hasta entonces habíamos ido hablando en voz alta, más que nada para anunciar nuestra presencia por si algún oso andaba escondido entre la vegetación. Poco a poco, los árboles y los matorrales fueron cediendo terreno, y ante nosotros apareció la Auriol Range.



Las montañas justificaban la caminata. Entre las cumbres destacaba el Mount Martha Black, de 2.512 metros, el más alto de la cordillera. Su nombre recuerda a Martha Black, la segunda mujer elegida para la Cámara de los Comunes de Canadá. Frente a nosotros, el paisaje se abría por fin, muy distinto de aquel túnel verde y enmarañado que habíamos atravesado durante buena parte de la subida.
También encontramos un arroyo que identificamos como nuestra futura fuente de agua para pasar la noche. Nos acercábamos al campamento y ya empezábamos a pensar en dejar las mochilas en el suelo.
El backpacking camp se encuentra a unos siete kilómetros y medio del inicio, junto al Auriol Creek. Cuenta con cuatro parcelas para tiendas, un retrete, un fogón y un poste para colgar la comida. Cuando llegamos, no había nadie. Otra noche más, estaríamos solos.
Lo primero fue ocuparnos de la comida y de todo aquello que pudiera desprender algún olor. Llevábamos un Ursack, una bolsa de tejido resistente a los osos, en lugar de los contenedores rígidos que prestan en los Visitor Centres. Como había que colgarlo del poste, lo metimos dentro de una bolsa impermeable por si llovía y lo izamos con la pértiga.
Después montamos la tienda en una de las parcelas y sacamos las sillas plegables que habíamos traído. Sentarse por fin después de una subida con semejante carga era un pequeño placer. El viento soplaba con fuerza y, aunque estaba permitido hacer fuego, en aquel momento no parecía una opción muy realista.
También encontramos un arroyo que identificamos como nuestra futura fuente de agua para pasar la noche. Nos acercábamos al campamento y ya empezábamos a pensar en dejar las mochilas en el suelo.
El backpacking camp se encuentra a unos siete kilómetros y medio del inicio, junto al Auriol Creek. Cuenta con cuatro parcelas para tiendas, un retrete, un fogón y un poste para colgar la comida. Cuando llegamos, no había nadie. Otra noche más, estaríamos solos.
Lo primero fue ocuparnos de la comida y de todo aquello que pudiera desprender algún olor. Llevábamos un Ursack, una bolsa de tejido resistente a los osos, en lugar de los contenedores rígidos que prestan en los Visitor Centres. Como había que colgarlo del poste, lo metimos dentro de una bolsa impermeable por si llovía y lo izamos con la pértiga.
Después montamos la tienda en una de las parcelas y sacamos las sillas plegables que habíamos traído. Sentarse por fin después de una subida con semejante carga era un pequeño placer. El viento soplaba con fuerza y, aunque estaba permitido hacer fuego, en aquel momento no parecía una opción muy realista.


Desde el campamento, el sendero continúa unos quinientos metros hacia el oeste hasta un puente. Allí se separa la ruta que conduce al Auriol Bowl, una gran cuenca glaciar formada por morrenas empinadas. En la parte inferior, según las descripciones que había leído, puede encontrarse un lago de color turquesa rodeado de hielo cubierto de rocas que se desprenden continuamente y caen al agua.
En yukonhiking.ca, una web maravillosa de rutas senderistas y trekkings por el Yukón, había encontrado referencias a una zona de lagos en la cuenca de Martha Black. Sin embargo, en agosto suelen estar secos. De hecho, alguien que había pasado por allí nueve días antes de nuestra visita comentaba que la cuenca estaba completamente seca. Aun así, todavía quedaban unas horas de luz y nos apetecía acercarnos a echar un vistazo.
Cogimos agua y el espray antiosos, y salimos del campamento. No habíamos avanzado más que unas decenas de metros cuando nos encontramos con la primera sorpresa: una caca de oso seca.
Treinta metros más allá había otra, pero esta era completamente distinta. Estaba fresquísima y teñida de rojo por las bayas que el animal había comido. El olor de las bayas seguía allí. Aquello nos puso bastante nerviosos. No estábamos a kilómetros del campamento, sino prácticamente al lado de nuestra tienda, a ciento cincuenta metros a lo sumo. Y lo más inquietante era que aquellas eran las únicas heces de oso que habíamos encontrado en todo el recorrido hasta entonces.
En yukonhiking.ca, una web maravillosa de rutas senderistas y trekkings por el Yukón, había encontrado referencias a una zona de lagos en la cuenca de Martha Black. Sin embargo, en agosto suelen estar secos. De hecho, alguien que había pasado por allí nueve días antes de nuestra visita comentaba que la cuenca estaba completamente seca. Aun así, todavía quedaban unas horas de luz y nos apetecía acercarnos a echar un vistazo.
Cogimos agua y el espray antiosos, y salimos del campamento. No habíamos avanzado más que unas decenas de metros cuando nos encontramos con la primera sorpresa: una caca de oso seca.
Treinta metros más allá había otra, pero esta era completamente distinta. Estaba fresquísima y teñida de rojo por las bayas que el animal había comido. El olor de las bayas seguía allí. Aquello nos puso bastante nerviosos. No estábamos a kilómetros del campamento, sino prácticamente al lado de nuestra tienda, a ciento cincuenta metros a lo sumo. Y lo más inquietante era que aquellas eran las únicas heces de oso que habíamos encontrado en todo el recorrido hasta entonces.

No era la mejor manera de empezar una excursión por los alrededores del campamento. Continuamos con el espray en la mano y nos internamos fuera del sendero, avanzando hacia la cuenca por un terreno áspero, cubierto de sauces que nos arañaban las piernas. Sobre el suelo aparecían también excrementos de alce, pequeñas bolitas oscuras, como mini croquetas, aunque no parecían recientes.
El cielo estaba bastante cubierto y el viento seguía soplando con fuerza. Habíamos avanzado poco más de un kilómetro cuando decidí que era mejor dar la vuelta. La batería del móvil empezaba a agotarse y allí llevaba guardados los mapas de la zona. No tenía sentido meternos a ciegas entre aquella espesura y acabar sin poder consultar la ruta si nos desorientábamos. La cuenca tendría que esperar.
El cielo estaba bastante cubierto y el viento seguía soplando con fuerza. Habíamos avanzado poco más de un kilómetro cuando decidí que era mejor dar la vuelta. La batería del móvil empezaba a agotarse y allí llevaba guardados los mapas de la zona. No tenía sentido meternos a ciegas entre aquella espesura y acabar sin poder consultar la ruta si nos desorientábamos. La cuenca tendría que esperar.

Regresamos sin problemas. No habíamos llegado a ver el paisaje que buscábamos, pero la pequeña incursión había tenido su dosis de aventura. Y, sobre todo, nos había recordado que los osos no eran una posibilidad remota en aquel lugar: uno había estado muy cerca de nuestra tienda, quizá poco antes de que llegáramos.
La cena fue también un pequeño estreno. Preparé por primera vez una de las comidas liofilizadas que había encargado por internet y que me habían enviado a casa, en Almería. Eran unos sobres de la marca Adventure Food que solo necesitaban agua para estar listos. Tenía cierta curiosidad por saber cómo sabrían y, para mi sorpresa, estaban bastante bien. Pasta carbonara mi sobrino, chili con carne yo. Completamos la cena con un sobre de atún en aceite de girasol y unos cuantos frutos secos.
Mientras cenábamos, el viento fue perdiendo fuerza. Mi sobrino, que tenía el cargo oficial de responsable de los fuegos, consideró que las condiciones ya eran suficientemente buenas y decidió que nos merecíamos una fogata.
Nos sentamos junto a ella, con las sillas plegables, disfrutando del calor y charlando mientras esperábamos que llegara la noche. Pero en aquellas latitudes el día se resiste a terminar. La luz aguantó hasta pasadas las diez, y durante todo ese tiempo no apareció nadie por el campamento.
Habíamos llegado a Kluane con la intención de probar nuestro primer backpacking y ya teníamos la tienda montada en plena montaña, un arroyo cerca, comida colgada de un poste y una fogata delante. También teníamos dos excrementos de oso junto a la parcela y la certeza de que aquel bosque no estaba tan vacío como parecía.
Nos acostamos sin haber visto a ningún otro excursionista en todo el trayecto. Por primera vez en el viaje, íbamos a dormir de verdad en la montaña, lejos de la carretera y de cualquier alojamiento. Y, aunque no habíamos visto al oso que había pasado junto a nuestra tienda, su presencia se había hecho notar lo suficiente.
La cena fue también un pequeño estreno. Preparé por primera vez una de las comidas liofilizadas que había encargado por internet y que me habían enviado a casa, en Almería. Eran unos sobres de la marca Adventure Food que solo necesitaban agua para estar listos. Tenía cierta curiosidad por saber cómo sabrían y, para mi sorpresa, estaban bastante bien. Pasta carbonara mi sobrino, chili con carne yo. Completamos la cena con un sobre de atún en aceite de girasol y unos cuantos frutos secos.
Mientras cenábamos, el viento fue perdiendo fuerza. Mi sobrino, que tenía el cargo oficial de responsable de los fuegos, consideró que las condiciones ya eran suficientemente buenas y decidió que nos merecíamos una fogata.
Nos sentamos junto a ella, con las sillas plegables, disfrutando del calor y charlando mientras esperábamos que llegara la noche. Pero en aquellas latitudes el día se resiste a terminar. La luz aguantó hasta pasadas las diez, y durante todo ese tiempo no apareció nadie por el campamento.
Habíamos llegado a Kluane con la intención de probar nuestro primer backpacking y ya teníamos la tienda montada en plena montaña, un arroyo cerca, comida colgada de un poste y una fogata delante. También teníamos dos excrementos de oso junto a la parcela y la certeza de que aquel bosque no estaba tan vacío como parecía.
Nos acostamos sin haber visto a ningún otro excursionista en todo el trayecto. Por primera vez en el viaje, íbamos a dormir de verdad en la montaña, lejos de la carretera y de cualquier alojamiento. Y, aunque no habíamos visto al oso que había pasado junto a nuestra tienda, su presencia se había hecho notar lo suficiente.

