A las 7:15 estábamos en pie. Había dormido bien y aquella mañana probamos por primera vez la leche en polvo que habíamos comprado mi sobrino y yo. Salió bastante mejor de lo esperado: no estaba nada mal, sobre todo con unas galletas Chips Ahoy. A veces, en mitad de un viaje, uno descubre que las pequeñas cosas funcionan mucho mejor de lo que imaginaba.
El plato fuerte del día nos esperaba a la una de la tarde: una excursión en canoa por el río Yukón. Pero todavía teníamos toda la mañana por delante, así que cogimos el coche y nos dirigimos hacia el sur por la South Klondike Highway, en dirección a Carcross. Hacía solo tres grados, aunque el cielo estaba despejado. Un frío bastante serio para empezar el día, pero con buena visibilidad y ganas de aprovecharlo.
La primera parada fue Emerald Lake, uno de esos lugares que aparecen en todas las fotografías de la zona por sus colores extraordinarios. El problema es que, sin sol, el lago pierde buena parte de su magia. Sus famosas tonalidades no se apreciaban como esperábamos. Además, los alrededores estaban cada vez más urbanizados y, para rematar la escena, una línea eléctrica se colaba en cada una de las fotografías. La naturaleza ofrece espectáculos magníficos, pero a veces el ser humano se empeña en dejar su firma.
El color tan particular de Emerald Lake se debe a la luz del sol reflejada en la marga blanca, un sedimento arcilloso rico en carbonato cálcico. La zona quedó cubierta por depósitos de grava calcárea cuando los glaciares comenzaron a retirarse, hace unos 14.000 años. Una explicación geológica bastante menos vistosa que el lago, pero que ayuda a entender por qué tiene esos colores cuando las condiciones acompañan.
Continuamos hasta el Carcross Desert. El nombre promete un desierto en toda regla, pero lo que hay allí son dunas. Aun así, el lugar tiene su encanto. Nos bajamos del coche y pasamos alrededor de media hora caminando solos, entre la arena y el paisaje que se abría a nuestro alrededor.
Estas dunas se formaron a partir de los antiguos lagos glaciares, hace unos 10.000 años. El río Watson transporta arena y limo hasta el lago Bennett, y el viento se encarga después de desplazar la arena hacia la orilla. El resultado es este pequeño paisaje de dunas que, en medio del Yukón, parece fuera de lugar. O quizá sea precisamente eso lo que lo hace interesante.
El plato fuerte del día nos esperaba a la una de la tarde: una excursión en canoa por el río Yukón. Pero todavía teníamos toda la mañana por delante, así que cogimos el coche y nos dirigimos hacia el sur por la South Klondike Highway, en dirección a Carcross. Hacía solo tres grados, aunque el cielo estaba despejado. Un frío bastante serio para empezar el día, pero con buena visibilidad y ganas de aprovecharlo.
La primera parada fue Emerald Lake, uno de esos lugares que aparecen en todas las fotografías de la zona por sus colores extraordinarios. El problema es que, sin sol, el lago pierde buena parte de su magia. Sus famosas tonalidades no se apreciaban como esperábamos. Además, los alrededores estaban cada vez más urbanizados y, para rematar la escena, una línea eléctrica se colaba en cada una de las fotografías. La naturaleza ofrece espectáculos magníficos, pero a veces el ser humano se empeña en dejar su firma.
El color tan particular de Emerald Lake se debe a la luz del sol reflejada en la marga blanca, un sedimento arcilloso rico en carbonato cálcico. La zona quedó cubierta por depósitos de grava calcárea cuando los glaciares comenzaron a retirarse, hace unos 14.000 años. Una explicación geológica bastante menos vistosa que el lago, pero que ayuda a entender por qué tiene esos colores cuando las condiciones acompañan.
Continuamos hasta el Carcross Desert. El nombre promete un desierto en toda regla, pero lo que hay allí son dunas. Aun así, el lugar tiene su encanto. Nos bajamos del coche y pasamos alrededor de media hora caminando solos, entre la arena y el paisaje que se abría a nuestro alrededor.
Estas dunas se formaron a partir de los antiguos lagos glaciares, hace unos 10.000 años. El río Watson transporta arena y limo hasta el lago Bennett, y el viento se encarga después de desplazar la arena hacia la orilla. El resultado es este pequeño paisaje de dunas que, en medio del Yukón, parece fuera de lugar. O quizá sea precisamente eso lo que lo hace interesante.

Seguimos por la carretera hacia la frontera. Cerca de allí encontramos las ruinas de la mina Venus, vestigios de otra época en la que la búsqueda de minerales llevaba a la gente a instalarse en lugares remotos y poco acogedores. En un momento dado, vimos un animal cruzando la carretera a lo lejos. Podría haber sido algún tipo de cánido, pero estaba demasiado lejos para asegurarlo. En estos parajes conviene no convertir una sospecha en una certeza solo porque uno tenga ganas de haber visto algo especial.
Al llegar a la frontera entre el Yukón y la Columbia Británica, nos hicimos la fotografía de rigor junto al cartel de bienvenida al Yukón. Después saqué los prismáticos y el teleobjetivo para examinar las laderas del Dail Peak. Buscábamos dall sheep, las ovejas de Dall, que habitan estas montañas. No hubo suerte. No vimos ninguna, aunque sí conseguimos localizar una mountain goat bastante lejos. No era exactamente lo que buscábamos, pero tampoco estaba mal.
Al llegar a la frontera entre el Yukón y la Columbia Británica, nos hicimos la fotografía de rigor junto al cartel de bienvenida al Yukón. Después saqué los prismáticos y el teleobjetivo para examinar las laderas del Dail Peak. Buscábamos dall sheep, las ovejas de Dall, que habitan estas montañas. No hubo suerte. No vimos ninguna, aunque sí conseguimos localizar una mountain goat bastante lejos. No era exactamente lo que buscábamos, pero tampoco estaba mal.

Emprendimos el regreso por la misma carretera. A ambos lados se sucedían lagos enormes, algunos de ellos pegados prácticamente a la calzada. Paramos en el mirador de Bove Island con la esperanza de encontrar algún animal cerca de la carretera, pero no apareció ninguno.

Carcross estaba tranquilo, casi vacío, y no nos pareció que tuviera demasiado que ofrecer en ese momento. Probamos después una pista de tierra que, según el mapa, debía llevarnos hasta un lago. La pista terminó conduciendo a unas casas aisladas y poco más. Eso sí, junto a la entrada de una de ellas vimos un zorro. Al menos la excursión tuvo una pequeña recompensa.
También nos acercamos a Kookatsoon Lake, un lago grande con una zona recreativa. El lugar parecía agradable, pero el sol nos daba directamente en los ojos evitando la fotografía de costumbre y no pudimos disfrutarlo demasiado. Además, empezaron a caer las primeras gotas de lluvia. Era hora de volver a Whitehorse.
Llegamos a Up North Adventures a las 12:30, con una lluvia ligera. Allí nos dieron los chalecos salvavidas y unas instrucciones básicas para la excursión. Después tuvimos que cargar la canoa hasta el río, que estaba muy cerca del establecimiento. La canoa pesaba una barbaridad y, para variar, mi espalda empezó a protestar. No era la mejor manera de comenzar una actividad que exigía varias horas de remar y maniobrar en el agua.
Al llegar a la orilla, nos encontramos con otra pareja que iba en kayaks individuales y con dos canoas que llevaban guía. Nosotros íbamos por nuestra cuenta. Mi sobrino tenía experiencia con la canoa; yo, ninguna. Y, para añadir un poco de emoción al asunto, la corriente parecía bastante fuerte y el nivel del río estaba alto. No puedo decir que me sintiera del todo tranquilo.
Nos esperaban casi tres horas de navegación y cerca de veinte kilómetros por el río Yukón. La corriente era especialmente “intensa” al principio, así que enseguida comprendí que aquello no consistía simplemente en sentarse, remar y dejarse llevar. Había que aprender a controlar la canoa, corregir la dirección y coordinarse con la otra persona. Tres cosas que, al menos en mi caso, no salieron de forma especialmente natural.
El río, eso sí, era precioso. Avanzábamos entre paredes rocosas y acantilados, con decenas de águilas calvas posadas en las alturas o sobrevolando el agua. El recorrido iba desde el centro de Whitehorse hasta la confluencia con el río Takhini. Los altos paredones de roca proporcionan buenos lugares de anidamiento y descanso para estas águilas, y no tardamos en entender por qué había tantas.
La ruta sigue, además, parte del corredor que utilizaron los buscadores de oro durante la fiebre del Klondike. Resultaba curioso pensar que, mucho antes de que nosotros llegáramos con nuestros chalecos salvavidas y nuestra canoa, otras personas habían recorrido estas aguas con la esperanza de encontrar fortuna. Ellos debían de tener preocupaciones bastante distintas de las nuestras, aunque probablemente también hubo más de uno que se preguntó cómo demonios iba a mantener la embarcación en la dirección correcta.
Yo tenía bastantes problemas para gobernar la canoa. Mi sobrino se reía cada vez que confundía la izquierda con la derecha o intentaba corregir una maniobra y conseguía justo lo contrario. En teoría, todo parecía sencillo cuando nos lo explicaron en tierra. Una vez en el agua, la teoría y la práctica demostraron llevarse regular.
También me preocupaba la posibilidad de volcar. La corriente imponía respeto y yo no tenía ninguna experiencia con la que tranquilizarme. Por suerte, el agua era bastante clara y, a simple vista, no parecía demasiado profunda. No es que eso garantizara nada, pero al menos ayudaba a mantener la calma.
También nos acercamos a Kookatsoon Lake, un lago grande con una zona recreativa. El lugar parecía agradable, pero el sol nos daba directamente en los ojos evitando la fotografía de costumbre y no pudimos disfrutarlo demasiado. Además, empezaron a caer las primeras gotas de lluvia. Era hora de volver a Whitehorse.
Llegamos a Up North Adventures a las 12:30, con una lluvia ligera. Allí nos dieron los chalecos salvavidas y unas instrucciones básicas para la excursión. Después tuvimos que cargar la canoa hasta el río, que estaba muy cerca del establecimiento. La canoa pesaba una barbaridad y, para variar, mi espalda empezó a protestar. No era la mejor manera de comenzar una actividad que exigía varias horas de remar y maniobrar en el agua.
Al llegar a la orilla, nos encontramos con otra pareja que iba en kayaks individuales y con dos canoas que llevaban guía. Nosotros íbamos por nuestra cuenta. Mi sobrino tenía experiencia con la canoa; yo, ninguna. Y, para añadir un poco de emoción al asunto, la corriente parecía bastante fuerte y el nivel del río estaba alto. No puedo decir que me sintiera del todo tranquilo.
Nos esperaban casi tres horas de navegación y cerca de veinte kilómetros por el río Yukón. La corriente era especialmente “intensa” al principio, así que enseguida comprendí que aquello no consistía simplemente en sentarse, remar y dejarse llevar. Había que aprender a controlar la canoa, corregir la dirección y coordinarse con la otra persona. Tres cosas que, al menos en mi caso, no salieron de forma especialmente natural.
El río, eso sí, era precioso. Avanzábamos entre paredes rocosas y acantilados, con decenas de águilas calvas posadas en las alturas o sobrevolando el agua. El recorrido iba desde el centro de Whitehorse hasta la confluencia con el río Takhini. Los altos paredones de roca proporcionan buenos lugares de anidamiento y descanso para estas águilas, y no tardamos en entender por qué había tantas.
La ruta sigue, además, parte del corredor que utilizaron los buscadores de oro durante la fiebre del Klondike. Resultaba curioso pensar que, mucho antes de que nosotros llegáramos con nuestros chalecos salvavidas y nuestra canoa, otras personas habían recorrido estas aguas con la esperanza de encontrar fortuna. Ellos debían de tener preocupaciones bastante distintas de las nuestras, aunque probablemente también hubo más de uno que se preguntó cómo demonios iba a mantener la embarcación en la dirección correcta.
Yo tenía bastantes problemas para gobernar la canoa. Mi sobrino se reía cada vez que confundía la izquierda con la derecha o intentaba corregir una maniobra y conseguía justo lo contrario. En teoría, todo parecía sencillo cuando nos lo explicaron en tierra. Una vez en el agua, la teoría y la práctica demostraron llevarse regular.
También me preocupaba la posibilidad de volcar. La corriente imponía respeto y yo no tenía ninguna experiencia con la que tranquilizarme. Por suerte, el agua era bastante clara y, a simple vista, no parecía demasiado profunda. No es que eso garantizara nada, pero al menos ayudaba a mantener la calma.


Durante el recorrido pasaron junto a nosotros seis lanchas motoras que llevaban el emblema oficial del Yukón. No supimos si eran guardas, policías u otro tipo de personal oficial. Lo que sí comprobamos fue que levantaban unas olas considerables al pasar. Cada vez que se acercaba una, tocaba prepararse para el movimiento de la canoa y procurar no hacer ninguna tontería.
La lluvia nos acompañó durante buena parte de la travesía, aunque nunca llegó a ser intensa. De vez en cuando aprovechábamos para comer algo sin dejar de navegar: unos paquetes de atún y unas Pringles. No era precisamente un almuerzo de restaurante, pero cumplía su función. En una canoa, con lluvia fina y el río empujando por debajo, uno no necesita grandes refinamientos.
A las cuatro de la tarde llegamos al punto de recogida, en la confluencia con el Takhini. Allí nos esperaba una furgoneta gigantesca que nos llevó de vuelta a Whitehorse. Después de casi veinte kilómetros remando, agradecí no tener que cargar con nada más.
La lluvia nos acompañó durante buena parte de la travesía, aunque nunca llegó a ser intensa. De vez en cuando aprovechábamos para comer algo sin dejar de navegar: unos paquetes de atún y unas Pringles. No era precisamente un almuerzo de restaurante, pero cumplía su función. En una canoa, con lluvia fina y el río empujando por debajo, uno no necesita grandes refinamientos.
A las cuatro de la tarde llegamos al punto de recogida, en la confluencia con el Takhini. Allí nos esperaba una furgoneta gigantesca que nos llevó de vuelta a Whitehorse. Después de casi veinte kilómetros remando, agradecí no tener que cargar con nada más.

Fuimos al Airport Chalet, donde pagamos por ducharnos. Una ducha caliente después de varias horas en el agua, con frío, humedad y la espalda cargada, puede convertirse en uno de los grandes lujos de un viaje. A veces no hace falta mucho más.
Hacia las seis de la tarde volvimos a coger el coche. Esta vez nos dirigimos por Chadburn Lake Road hasta el comienzo del sendero Log Trail, que habíamos localizado en AllTrails. Habíamos leído que el mes anterior alguien había visto un oso por la zona. Además, al final de la carretera había carteles que advertían de la presencia de una osa negra con su cría. No era una garantía de que fuéramos a verlos, por supuesto, pero sí un recordatorio de que estábamos entrando en territorio de osos.
Aparcamos. No había nadie alrededor. Nos preparamos para empezar a caminar y, justo entonces, nos dimos cuenta de que nos habíamos olvidado el espray antiosos en el coche.
No tuvimos más remedio que volver a por él. Los primeros quinientos metros del sendero eran una subida bastante pronunciada, así que hicimos el trayecto dos veces: primero para llegar al punto en el que descubrimos el olvido, después para bajar al coche y, finalmente, para volver a subir. Una forma poco elegante de calentar las piernas después de la excursión en canoa.
El sendero tenía alrededor de metro y medio de anchura y estaba en buenas condiciones. El bosque, húmedo por la lluvia, era precioso. El musgo cubría buena parte del suelo y de los troncos, y las gotas de agua hacían que todo brillara. Reinaba un silencio agradable, de esos que invitan a caminar despacio y a prestar atención a lo que ocurre alrededor.
Superada la primera subida, el camino se suavizaba, con pequeños desniveles que no suponían demasiada dificultad. Poco a poco, el paisaje se abrió y la vegetación fue cambiando. Al principio me pareció que predominaban los abetos, aunque más adelante los árboles parecían distintos, quizá álamos o álamos temblones. No estoy seguro de haberlos identificado correctamente, pero el cambio era evidente.
Hacia las seis de la tarde volvimos a coger el coche. Esta vez nos dirigimos por Chadburn Lake Road hasta el comienzo del sendero Log Trail, que habíamos localizado en AllTrails. Habíamos leído que el mes anterior alguien había visto un oso por la zona. Además, al final de la carretera había carteles que advertían de la presencia de una osa negra con su cría. No era una garantía de que fuéramos a verlos, por supuesto, pero sí un recordatorio de que estábamos entrando en territorio de osos.
Aparcamos. No había nadie alrededor. Nos preparamos para empezar a caminar y, justo entonces, nos dimos cuenta de que nos habíamos olvidado el espray antiosos en el coche.
No tuvimos más remedio que volver a por él. Los primeros quinientos metros del sendero eran una subida bastante pronunciada, así que hicimos el trayecto dos veces: primero para llegar al punto en el que descubrimos el olvido, después para bajar al coche y, finalmente, para volver a subir. Una forma poco elegante de calentar las piernas después de la excursión en canoa.
El sendero tenía alrededor de metro y medio de anchura y estaba en buenas condiciones. El bosque, húmedo por la lluvia, era precioso. El musgo cubría buena parte del suelo y de los troncos, y las gotas de agua hacían que todo brillara. Reinaba un silencio agradable, de esos que invitan a caminar despacio y a prestar atención a lo que ocurre alrededor.
Superada la primera subida, el camino se suavizaba, con pequeños desniveles que no suponían demasiada dificultad. Poco a poco, el paisaje se abrió y la vegetación fue cambiando. Al principio me pareció que predominaban los abetos, aunque más adelante los árboles parecían distintos, quizá álamos o álamos temblones. No estoy seguro de haberlos identificado correctamente, pero el cambio era evidente.


Llegamos a un mirador desde el que se veía una parte del lago Chadburn. El agua tenía tonalidades verdes muy bonitas, acentuadas por la luz apagada y el cielo cubierto. Después de la lluvia y de las horas pasadas en el río, el lugar transmitía una calma especial. Nos quedamos un rato contemplando el paisaje antes de continuar.

El tramo de vuelta, que formaba parte del circuito, se internaba en un bosque más cerrado. El sendero se estrechaba y los árboles parecían juntarse sobre nuestras cabezas. Fue allí donde encontramos el primer excremento de oso. Estaba bastante seco, de modo que no parecía reciente. Aun así, encontrarse con una señal tan clara de que un animal de ese tamaño había pasado por allí no deja de producir cierta impresión. Seguimos caminando, atentos a nuestro alrededor, aunque sin llegar a ver ningún oso.

Cuando regresamos al aparcamiento, el panorama había cambiado por completo. Donde antes no había nadie, ahora había entre diez y doce coches. Supusimos que serían recolectores de setas: vimos libros sobre hongos en algunos vehículos y, por la época y el tipo de bosque, la explicación parecía bastante razonable.
Ruta
Volvimos finalmente al Wolf Creek Campground. Encendimos una hoguera y nos sentamos a descansar después de un día largo, variado y bastante más exigente de lo que podía parecer por la mañana. Habíamos recorrido carreteras, visitado lagos, buscado animales, navegado casi veinte kilómetros por el Yukón y terminado caminando por un bosque húmedo con osos en los alrededores.
No habíamos visto las ovejas de Dall ni los osos que, al parecer, frecuentaban la zona. Pero sí un zorro, una lejana mountain goat y un buen número de águilas calvas. Y, sobre todo, habíamos pasado varias horas en el río Yukón, entre acantilados, lluvia fina y recuerdos de la fiebre del oro. Para un solo día, no estaba nada mal.
Ruta
Volvimos finalmente al Wolf Creek Campground. Encendimos una hoguera y nos sentamos a descansar después de un día largo, variado y bastante más exigente de lo que podía parecer por la mañana. Habíamos recorrido carreteras, visitado lagos, buscado animales, navegado casi veinte kilómetros por el Yukón y terminado caminando por un bosque húmedo con osos en los alrededores.
No habíamos visto las ovejas de Dall ni los osos que, al parecer, frecuentaban la zona. Pero sí un zorro, una lejana mountain goat y un buen número de águilas calvas. Y, sobre todo, habíamos pasado varias horas en el río Yukón, entre acantilados, lluvia fina y recuerdos de la fiebre del oro. Para un solo día, no estaba nada mal.
