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La isla de Fogo está situada frente a las costas de Terranova, al este de Twillingate. Su paisaje combina pueblos pesqueros con casas de madera, costas de roca oscura y construcciones modernas muy llamativas, como el famoso Fogo Island Inn.
Poblada originalmente por cazadores y pescadores beothuk, la isla fue rebautizada por los navegantes portugueses en el siglo XVI como Ylha do Fogo ("Isla de Fuego"), probablemente tras verla arder por incendios forestales. Hasta la década de los 90 del siglo XX, la principal actividad de los habitantes de Fogo fue la pesca de bacalao, pero tras una dura crisis, se han tenido que reinventar y ahora la actividad se centra en el turismo cultural y ecológico. Además, muchos vecinos viven de la artesanía local y la carpintería tradicional.
Nuestro alojamiento estaba a una hora de Port Albert (pueblo desde donde salen los ferrys hacia la isla de Fogo) y, como queríamos aprovechar al máximo el día, madrugamos bastante para poder coger el primer ferry directo a la isla, que era a las 8h00. La cuestión es que no se puede reservar, los primeros que llegan, son los primeros en embarcar. Y cuando se llena el ferry… se marcha.
Poblada originalmente por cazadores y pescadores beothuk, la isla fue rebautizada por los navegantes portugueses en el siglo XVI como Ylha do Fogo ("Isla de Fuego"), probablemente tras verla arder por incendios forestales. Hasta la década de los 90 del siglo XX, la principal actividad de los habitantes de Fogo fue la pesca de bacalao, pero tras una dura crisis, se han tenido que reinventar y ahora la actividad se centra en el turismo cultural y ecológico. Además, muchos vecinos viven de la artesanía local y la carpintería tradicional.
Nuestro alojamiento estaba a una hora de Port Albert (pueblo desde donde salen los ferrys hacia la isla de Fogo) y, como queríamos aprovechar al máximo el día, madrugamos bastante para poder coger el primer ferry directo a la isla, que era a las 8h00. La cuestión es que no se puede reservar, los primeros que llegan, son los primeros en embarcar. Y cuando se llena el ferry… se marcha.


En la web oficial podéis consultar los horarios y los precios. A nosotros nos costó $34 (unos 22€), el coche (conductor incluido) y un pasajero adicional. También nos interesaba coger el primer ferry, porque los siguientes no eran directos a Fogo, sino que hacían una parada intermedia en Change Island y tardaban unos 25 minutos más.
Cuando llegamos a la terminal del ferry, sobre las 7h30, ya había una docena de vehículos (entre coches y camiones) haciendo cola. Ya de madrugar, coger el primer ferry ¿no?
Cuando llegamos a la terminal del ferry, sobre las 7h30, ya había una docena de vehículos (entre coches y camiones) haciendo cola. Ya de madrugar, coger el primer ferry ¿no?


Entendemos que lo tienen todo más que calculado porque a las 8h15 en punto, cerraron el embarque (con las bodegas del ferry a tope) y zarpamos hacia Fogo. Según nos alejábamos del puerto, pudimos ver cómo, un camión y un par de coches, se habían quedado fuera.

Del viaje, afortunadamente, nada reseñable que contar. Y digo lo de “afortunadamente”, porque en el desayuno me tomé mi “ración” de biodramina y no tuve problemas de mareo. Tardamos aproximadamente 45 min en llegar a Fogo y por el camino, nos cruzamos con el otro ferry que presta el servicio entre las islas.

La verdad es que no habíamos buscado mucha información sobre Fogo. Así que, al ver una oficina de turismo cerca de la terminal del ferry, nos acercamos para preguntar qué podíamos hacer en un día tan desapacible como el que nos esperaba.
Desafortunadamente, nos informaron de que la mayoría de los puntos de interés, como los museos, permanecían cerrados por estar fuera de temporada. Si bien esto nos desanimó un poco, vimos que a otros viajeros no les afectó en absoluto, ya que su principal interés era el aspecto gastronómico, jejeje
Como no había parado de llover en toda la mañana y los pronósticos decían que seguiría así todo el día, decidimos ir (como solemos hacer siempre) al punto más alejado que teníamos previsto visitar y luego iríamos volviendo poco a poco.
Al igual que en muchos puntos de Terranova, las carreteras en la isla de Fogo necesitan un buen repaso. Entendemos que, debido al clima extremo, es difícil mantenerlas en buen estado, pero en algunos casos, los baches eran auténticas trampas.
Desafortunadamente, nos informaron de que la mayoría de los puntos de interés, como los museos, permanecían cerrados por estar fuera de temporada. Si bien esto nos desanimó un poco, vimos que a otros viajeros no les afectó en absoluto, ya que su principal interés era el aspecto gastronómico, jejeje
Como no había parado de llover en toda la mañana y los pronósticos decían que seguiría así todo el día, decidimos ir (como solemos hacer siempre) al punto más alejado que teníamos previsto visitar y luego iríamos volviendo poco a poco.
Al igual que en muchos puntos de Terranova, las carreteras en la isla de Fogo necesitan un buen repaso. Entendemos que, debido al clima extremo, es difícil mantenerlas en buen estado, pero en algunos casos, los baches eran auténticas trampas.

Decidimos poner “al mal tiempo buena cara” e intentamos disfrutar al máximo de un paisaje que, por momentos, se volvía bastante inhóspito. A pesar de todo, encontramos rincones increíbles desde el punto de vista fotográfico.

A principios de los años 2000, Fogo sufría un declive económico severo por la crisis de la pesca del bacalao. Para revitalizar la comunidad, la empresaria local Zita Cobb creó la Fundación Shorefast y contrató al arquitecto Todd Saunders.
El objetivo no era construir edificios convencionales, sino crear obras de arte habitables inspiradas en las viejas casetas de pesca. Así nacieron entre 2010 y 2013 el emblemático hotel Fogo Island Inn y una serie de estudios para artistas diseminados por la isla.
Todos los edificios están sostenidos sobre pilotes de madera siguiendo la tradición de los pescadores, que usaban estas vigas para no alterar el terreno irregular y proteger la construcción de la marea.
Los estudios para artistas están ubicados en puntos remotos, inaccesibles en coche y sin televisión ni teléfono, diseñados para que solo el viento y la luz acompañen al creador. ¿No os suena a película de domingo por la tarde? El típico escritor ermitaño que necesita aislarse del mundo para encontrar la inspiración.
El primero que visitamos fue el Squish Studio, situado al noreste de la isla. Su silueta “aplastada” (squished) está diseñada para evitar los fuertes vientos de la costa. Está construido con tablones de abeto pintados de blanco, tanto en el exterior como en el interior.
El objetivo no era construir edificios convencionales, sino crear obras de arte habitables inspiradas en las viejas casetas de pesca. Así nacieron entre 2010 y 2013 el emblemático hotel Fogo Island Inn y una serie de estudios para artistas diseminados por la isla.
Todos los edificios están sostenidos sobre pilotes de madera siguiendo la tradición de los pescadores, que usaban estas vigas para no alterar el terreno irregular y proteger la construcción de la marea.
Los estudios para artistas están ubicados en puntos remotos, inaccesibles en coche y sin televisión ni teléfono, diseñados para que solo el viento y la luz acompañen al creador. ¿No os suena a película de domingo por la tarde? El típico escritor ermitaño que necesita aislarse del mundo para encontrar la inspiración.
El primero que visitamos fue el Squish Studio, situado al noreste de la isla. Su silueta “aplastada” (squished) está diseñada para evitar los fuertes vientos de la costa. Está construido con tablones de abeto pintados de blanco, tanto en el exterior como en el interior.


El segundo punto de nuestro recorrido, fue el Long Studio que se accede a través del Joe Batt´s Point trail. Desde el aparcamiento, apenas hay un pequeño paseo de 800 m hasta el edificio.

El Long Studio es una estructura alargada de madera de 100 m2 diseñada por el arquitecto Todd Saunders y suspendida sobre pilotes de madera en la costa rocosa de Joe Batt's Arm. Al igual que su hermano pequeño Squish Studio, está construido con madera de abeto, aunque en esta ocasión, el exterior está pintado de negro.


Aprovechando que el tiempo nos dio un respiro (el viento soplaba con fuerza, pero la lluvia nos dio una tregua), exploramos la zona en busca de rincones interesantes. Al fondo de la siguiente foto se puede ver la silueta de nuestro siguiente destino, el Fogo Island Inn.

A continuación, os contamos un poco de la historia de este pintoresco hotel de lujo ubicado en una isla remota del Atlántico norte.
Tras su acabar su trayectoria en la empresa privada, Zita Cobb decidió volver a su Fogo natal, y se encontró con un pueblo envejecido y con riesgo de desaparecer. En 2006, junto a sus hermanos, creó la Fundación social Shorefast. Su lema era tan simple como ambicioso: utilizar el diseño, el arte contemporáneo y el turismo sostenible de altísimo nivel, para diversificar la economía local sin perder la identidad de la isla.
Cuando planteó la idea de construir un hotel de lujo vanguardista al borde del océano para atraer a viajeros de todo el mundo, la reacción inicial de los lugareños, fue de escepticismo absoluto. ¿Quién querría viajar hasta un remoto pueblo pesquero rodeado de clima extremo?
Zita Cobb contrató reclutó al arquitecto local, Todd Saunders, para crear un edificio que estuviera en sintonía con la historia local. Saunders diseñó una estructura en forma de "X" sobre pilotes en homenaje a las tradicionales muelles y casetas donde los pescadores limpiaban el bacalao y revestida de madera de la zona y levantada directamente sobre las rocas de 400 millones de años de antigüedad.
Cada detalle del hotel rinde homenaje a la cultura de la isla. Las colchas, las sillas de madera y la decoración fueron confeccionadas a mano por carpinteros, tejedores y artesanos locales, reanimando oficios tradicionales en extinción.
Además de sus 29 habitaciones con ventanales de suelo a techo orientados al mar, el hotel cuenta con un restaurante de alta cocina con ingredientes locales, una galería de arte, una biblioteca de literatura regional, una sala de cine y bañeras de hidromasaje de madera en la azotea exterior.
El hotel abrió sus puertas en 2013 y se convirtió de inmediato en un icono mundial de la arquitectura y el turismo responsable. Lo más singular de Fogo Island Inn es su modelo económico: no pertenece a ningún propietario privado, sino a la Fundación Shorefast. El 100% de los beneficios generados se revierten directamente en proyectos comunitarios, ecológicos y culturales para los habitantes de la isla.
Hoy en día, el hotel ha logrado reactivar la economía local, atrayendo a visitantes de todo el mundo y devolviendo el orgullo, el trabajo y el futuro a la comunidad de Fogo Island.
Aunque no tenemos ni idea de arquitectura, hay que reconocer que el edificio es espectacular, aunque por el precio que vale alojarse en él ¿qué les costaba haber arreglado un poco el camino de acceso, jejeje?
Tras su acabar su trayectoria en la empresa privada, Zita Cobb decidió volver a su Fogo natal, y se encontró con un pueblo envejecido y con riesgo de desaparecer. En 2006, junto a sus hermanos, creó la Fundación social Shorefast. Su lema era tan simple como ambicioso: utilizar el diseño, el arte contemporáneo y el turismo sostenible de altísimo nivel, para diversificar la economía local sin perder la identidad de la isla.
Cuando planteó la idea de construir un hotel de lujo vanguardista al borde del océano para atraer a viajeros de todo el mundo, la reacción inicial de los lugareños, fue de escepticismo absoluto. ¿Quién querría viajar hasta un remoto pueblo pesquero rodeado de clima extremo?
Zita Cobb contrató reclutó al arquitecto local, Todd Saunders, para crear un edificio que estuviera en sintonía con la historia local. Saunders diseñó una estructura en forma de "X" sobre pilotes en homenaje a las tradicionales muelles y casetas donde los pescadores limpiaban el bacalao y revestida de madera de la zona y levantada directamente sobre las rocas de 400 millones de años de antigüedad.
Cada detalle del hotel rinde homenaje a la cultura de la isla. Las colchas, las sillas de madera y la decoración fueron confeccionadas a mano por carpinteros, tejedores y artesanos locales, reanimando oficios tradicionales en extinción.
Además de sus 29 habitaciones con ventanales de suelo a techo orientados al mar, el hotel cuenta con un restaurante de alta cocina con ingredientes locales, una galería de arte, una biblioteca de literatura regional, una sala de cine y bañeras de hidromasaje de madera en la azotea exterior.
El hotel abrió sus puertas en 2013 y se convirtió de inmediato en un icono mundial de la arquitectura y el turismo responsable. Lo más singular de Fogo Island Inn es su modelo económico: no pertenece a ningún propietario privado, sino a la Fundación Shorefast. El 100% de los beneficios generados se revierten directamente en proyectos comunitarios, ecológicos y culturales para los habitantes de la isla.
Hoy en día, el hotel ha logrado reactivar la economía local, atrayendo a visitantes de todo el mundo y devolviendo el orgullo, el trabajo y el futuro a la comunidad de Fogo Island.
Aunque no tenemos ni idea de arquitectura, hay que reconocer que el edificio es espectacular, aunque por el precio que vale alojarse en él ¿qué les costaba haber arreglado un poco el camino de acceso, jejeje?

La tregua que nos había dado el tiempo, se acabó y además de viento (que no paró en todo el día), la niebla baja se volvió a echar y la lluvia volvió a aparecer. Mientras nos dirigíamos a nuestro siguiente destino hicimos un par de paradas para comprar algún regalito en Mona´s Quilt & Jam Shop y también la comida en un supermercado cerca de Joe Batt´s Arm.

Localizamos un lugar desde donde se veía lo que tenía que ser nuestro siguiente destino, la Tower Studio. Entre todos los estudios de la isla, este es el más vertical y escultórico. Sus diez metros de altura y su tono “negro azabache” imponen desde la distancia. Al igual que sus estudios hermanos, está desconectado de la red eléctrica, alimentándose mediante paneles solares y calentándose con estufas de leña.
Como la lluvia no paraba, tuvimos que comer dentro del coche. Eso sí, por lo menos, teníamos unas magníficas vistas.
Como la lluvia no paraba, tuvimos que comer dentro del coche. Eso sí, por lo menos, teníamos unas magníficas vistas.

Además de la ubicación de los edificios, llevábamos anotado un punto llamado Fogo Head, desde donde se podían ver icebergs. Aunque el sitio se veía espectacular, la verdad, es que niebla era tan densa, que hacía que la visibilidad fuera bastante justa y tuvimos que conformarnos con poder ver el contorno de la costa.


Cuando sacamos la foto que viene a continuación, lo hicimos por el contraste de las casas pintadas de colores con la niebla de fondo. Lo que no nos dimos cuenta hasta volver a casa y revisar las fotos, es que en la esquina inferior izquierda, había un pequeño zorro.

Cuando eran las 13h30 llegamos al último punto que teníamos anotado para visitar, el Bridge Studio. Para llegar hasta el edificio hay que seguir la Courting Trail, una caminata que, aunque no es muy larga (algo menos de 1 km, es todo cuesta arriba). Comienza con un tramo de escaleras de madera y continúa por un camino de piedra hasta llegar a un pequeño lago donde está suspendido el estudio.


Cuando volvimos al coche, eran las 14h y pensamos que ya no teníamos mucho más que hacer en Fogo, porque a pesar de haber un montón de rutas de senderismo, el viento y la lluvia hacían que estar al aire libre, fuera bastante desagradable.
Consultamos los horarios del ferry y vimos que a las 14h30 había uno que paraba en Change Island, pero para volver, no nos importaba tardar algo más. Al meter la dirección de la terminal del ferry en el GPS, nos dijo que llegaríamos prácticamente a la hora de la salida. Nos miramos y sin decir nada pensamos ¿lo intentamos?
Consultamos los horarios del ferry y vimos que a las 14h30 había uno que paraba en Change Island, pero para volver, no nos importaba tardar algo más. Al meter la dirección de la terminal del ferry en el GPS, nos dijo que llegaríamos prácticamente a la hora de la salida. Nos miramos y sin decir nada pensamos ¿lo intentamos?

Debido al estado de las carreteras y que a nosotros tampoco nos gusta correr, llegamos cuando el reloj marcaba las 14h29, las puertas de embarque ya estaban cerradas y había otro coche esperando.
Cuando pensábamos que tendríamos que esperar al ferry de las 15h, de repente los miembros de la tripulación, abrieron las puertas y nos dijeron que podíamos embarcar. ¡solo íbamos dos coches en el ferry!
Cuando pensábamos que tendríamos que esperar al ferry de las 15h, de repente los miembros de la tripulación, abrieron las puertas y nos dijeron que podíamos embarcar. ¡solo íbamos dos coches en el ferry!
El trayecto hasta Change Island fue bastante tranquilo y tardamos unos 40 min aprox. En la parada se subieron un par de coches más. El segundo tramo del viaje fue… como lo diría: demasiado movido para mi gusto. Al ir sentados junto a la ventana, veíamos romper de las olas contra el ferry y creednos cuando decimos que algunas eran “grandes”. Por suerte, aunque con las prisas no me hay tomado la biodramina, no tuve problemas.

Durante el viaje, entre ola y ola, miramos a ver si había algo “a cubierto” para hacer en Twillingate y recordamos que en algún momento habíamos visto el Twillingate Museum.
¿El problema? Pues que llegamos a Port Albert pasadas las 15h30 y había casi 1 hora de viaje hasta Twillingate. ¿Llegaríamos antes de que cerraran el museo?
¿El problema? Pues que llegamos a Port Albert pasadas las 15h30 y había casi 1 hora de viaje hasta Twillingate. ¿Llegaríamos antes de que cerraran el museo?

Llegamos al museo pasadas las 16h30 y vimos que cerraban a las 17h, así que lo primero que hicimos fue preguntar a ver si todavía podíamos visitarlo y cuánto tiempo había que dedicarle. La chica que nos atendió nos dijo que en ½ hora (sin entretenernos mucho), lo podíamos ver. Como el precio era casi simbólico (3,25€) por persona, pensamos que merecía la pena.

El Twillingate Museum abrió sus puertas en 1973 con el objetivo de preservar el patrimonio marítimo, social y cultural de las islas de Twillingate y las comunidades vecinas.
El museo está alojado en una emblemática residencia de principios del siglo XX que originalmente sirvió como rectoría anglicana (Anglican Church Rectory). El propio inmueble es un testimonio vivo de la arquitectura victoriana y de la vida eclesiástica y social de la época en la costa de Terranova.
Durante décadas, el museo ha ido recopilando artefactos, fotografías y archivos genealógicos que narran la transición de la región desde los asentamientos indígenas hasta la época de mayor esplendor del comercio de la pesca de bacalao y la caza de focas.
Habitaciones como la sala de estar (Parlour Room) decoradas con muebles antiguos, porcelanas, textiles y enseres originales de unos cien años de antigüedad, recreando la vida cotidiana de las familias acomodadas del pueblo a comienzos del siglo XX.
El museo está alojado en una emblemática residencia de principios del siglo XX que originalmente sirvió como rectoría anglicana (Anglican Church Rectory). El propio inmueble es un testimonio vivo de la arquitectura victoriana y de la vida eclesiástica y social de la época en la costa de Terranova.
Durante décadas, el museo ha ido recopilando artefactos, fotografías y archivos genealógicos que narran la transición de la región desde los asentamientos indígenas hasta la época de mayor esplendor del comercio de la pesca de bacalao y la caza de focas.
Habitaciones como la sala de estar (Parlour Room) decoradas con muebles antiguos, porcelanas, textiles y enseres originales de unos cien años de antigüedad, recreando la vida cotidiana de las familias acomodadas del pueblo a comienzos del siglo XX.

En otras salas vimos maquetas de embarcaciones tradicionales, instrumental de navegación y herramientas vinculadas al trabajo del mar, la pesca del bacalao y las actividades costeras. También pudimos ver fotografías históricas, registros genealógicos de familias.
Entre las habitaciones que más nos llamaron la atención fueron, la consulta del oftalmólogo, un dormitorio de la época y otra donde guardaban varios “carritos de niño”.
Entre las habitaciones que más nos llamaron la atención fueron, la consulta del oftalmólogo, un dormitorio de la época y otra donde guardaban varios “carritos de niño”.
Casi, a la carrera, pudimos visitar la tienda donde se venden productos hechos a mano por artesanos de la isla: colchas hechas a mano (quilts), prendas de lana tejidas, etc... Como os podéis imaginar, algo cayó, jejeje
Tenemos que agradecer al personal del museo porque nos dejaron estar unos minutos para que pudiéramos ver todas las habitaciones de la casa/museo.
Como seguía lloviendo y al día siguiente nos marchábamos de Twillingate, pensamos que lo mejor era pasar por un supermercado a comprar comida y cenar tranquilamente en el alojamiento. Con 3 °C en la calle, rachas de viento de hasta 62 km/h y una sensación térmica de -10 °C, era lo mejor que podíamos hacer.
Tenemos que agradecer al personal del museo porque nos dejaron estar unos minutos para que pudiéramos ver todas las habitaciones de la casa/museo.
Como seguía lloviendo y al día siguiente nos marchábamos de Twillingate, pensamos que lo mejor era pasar por un supermercado a comprar comida y cenar tranquilamente en el alojamiento. Con 3 °C en la calle, rachas de viento de hasta 62 km/h y una sensación térmica de -10 °C, era lo mejor que podíamos hacer.
*** Final del día 13 ***
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