Me levanté pasadas las siete y media. A mi sobrino le costó bastante más. Hay algo que todavía no había contado de este viaje: su colchoneta perdía aire cada hora y acababa durmiendo prácticamente sobre el suelo, sin apenas aislamiento frente al frío. Cada noche era una cuenta atrás de sesenta minutos, el tiempo que tardaba en quedarse sin aire y convertirse en una fina lámina entre su cuerpo y la tierra. Aun así, seguía durmiendo. Aquella mañana tuve que despertarlo.
El cielo estaba encapotado, como venía siendo habitual, y hacía un frío considerable, aunque nada extraordinario para esas horas y aquellas latitudes. Desayunamos lo de siempre: avena, café y chocolate preparado con leche en polvo. Remoloneamos un poco antes de desmontar la tienda y volver a meterla en la mochila. Después nos cargamos con todo el equipo y echamos a andar.
El primer kilómetro discurrió por el bosque de abetos que se extendía a continuación de Cottonwood Flats. Era un tramo algo cerrado y, cómo no, los excrementos de oso y de alce seguían apareciendo por todas partes. A la altura del primer kilómetro nos encontramos con un afluente del Cottonwood Creek que atravesaba el camino. La zona aluvial era ancha y permitía disfrutar de unas vistas más abiertas. Por suerte, esta vez no hizo falta descalzarse: pudimos vadearlo saltando de piedra en piedra, sin mojarnos los pies.
El cielo estaba encapotado, como venía siendo habitual, y hacía un frío considerable, aunque nada extraordinario para esas horas y aquellas latitudes. Desayunamos lo de siempre: avena, café y chocolate preparado con leche en polvo. Remoloneamos un poco antes de desmontar la tienda y volver a meterla en la mochila. Después nos cargamos con todo el equipo y echamos a andar.
El primer kilómetro discurrió por el bosque de abetos que se extendía a continuación de Cottonwood Flats. Era un tramo algo cerrado y, cómo no, los excrementos de oso y de alce seguían apareciendo por todas partes. A la altura del primer kilómetro nos encontramos con un afluente del Cottonwood Creek que atravesaba el camino. La zona aluvial era ancha y permitía disfrutar de unas vistas más abiertas. Por suerte, esta vez no hizo falta descalzarse: pudimos vadearlo saltando de piedra en piedra, sin mojarnos los pies.

Y entonces llegó, posiblemente, lo mejor de toda la travesía.
El bosque empezó a abrirse hasta desaparecer casi por completo, y de pronto tuvimos praderas por todas partes y montañas por todas partes. El paisaje cambió de escala. Donde antes caminábamos entre árboles, ahora avanzábamos por un valle inmenso, abierto, rodeados de hierba y montañas que parecían no acabarse nunca.
Las praderas estaban cubiertas de fireweed, la llamada hierba de fuego, una de las flores más características del norte de Norteamérica. Pero llegábamos tarde para verla en su mejor momento. La floración había pasado y los tallos lucían ya un rojo oscuro, apagado, como brasas que se resisten a morir. El fireweed es la flor emblema del Yukon desde 1957 y suele crecer con fuerza en terrenos donde antes ha habido incendios. Florece entre junio y agosto, y calculé que el momento de máxima floración de aquellos prados debía de haber quedado atrás unas cuatro semanas.
Entre las flores marchitas aparecían otras especies, como el yellow paintbrush, el delphinium y el monkshood, salpicando el paisaje entre pequeños grupos de álamos. Fueron unos cinco kilómetros de praderas sucesivas, una detrás de otra, inmensas y larguísimas. Una auténtica maravilla.
El bosque empezó a abrirse hasta desaparecer casi por completo, y de pronto tuvimos praderas por todas partes y montañas por todas partes. El paisaje cambió de escala. Donde antes caminábamos entre árboles, ahora avanzábamos por un valle inmenso, abierto, rodeados de hierba y montañas que parecían no acabarse nunca.
Las praderas estaban cubiertas de fireweed, la llamada hierba de fuego, una de las flores más características del norte de Norteamérica. Pero llegábamos tarde para verla en su mejor momento. La floración había pasado y los tallos lucían ya un rojo oscuro, apagado, como brasas que se resisten a morir. El fireweed es la flor emblema del Yukon desde 1957 y suele crecer con fuerza en terrenos donde antes ha habido incendios. Florece entre junio y agosto, y calculé que el momento de máxima floración de aquellos prados debía de haber quedado atrás unas cuatro semanas.
Entre las flores marchitas aparecían otras especies, como el yellow paintbrush, el delphinium y el monkshood, salpicando el paisaje entre pequeños grupos de álamos. Fueron unos cinco kilómetros de praderas sucesivas, una detrás de otra, inmensas y larguísimas. Una auténtica maravilla.


El cielo permaneció cubierto durante todo el día, pero eran de esas nubes que no estropean un paisaje; al contrario, parecen hechas para él. Estaban cargadas de lluvia, aunque no terminaban de descargar, y extendían sobre las montañas una luz gris que les sentaba de maravilla. No ocultaban las cumbres y nos permitían mirar en todas direcciones. Aquí y allá se abrían claros en las montañas, aparecían restos de nieve y las laderas mostraban un verde intenso.
Caminábamos pendientes de cualquier movimiento. Después de tantos kilómetros de excrementos, teníamos la esperanza de que, en algún momento, aparecieran sus propietarios. Pero nada. Seguíamos encontrando rastros, sobre todo de alce, sin que ninguno de aquellos animales se dignara a dejarse ver.
Aun así, fue un disfrute constante. Caminar durante tanto tiempo por un valle tan abierto produce una sensación difícil de describir: es como atravesar un cuadro cuyo marco se aleja a medida que avanzas. Siempre parece que el paisaje termina un poco más adelante, pero nunca termina del todo.
Caminábamos pendientes de cualquier movimiento. Después de tantos kilómetros de excrementos, teníamos la esperanza de que, en algún momento, aparecieran sus propietarios. Pero nada. Seguíamos encontrando rastros, sobre todo de alce, sin que ninguno de aquellos animales se dignara a dejarse ver.
Aun así, fue un disfrute constante. Caminar durante tanto tiempo por un valle tan abierto produce una sensación difícil de describir: es como atravesar un cuadro cuyo marco se aleja a medida que avanzas. Siempre parece que el paisaje termina un poco más adelante, pero nunca termina del todo.


Llegamos a otro arroyo, el que marca el kilómetro 42 y, por tanto, la mitad exacta de la ruta. Allí los árboles y arbustos de hoja caduca empezaban a teñirse de amarillo. Era una primera pincelada de otoño en pleno agosto, un detalle que añadía todavía más belleza al paisaje. Cruzamos el arroyo, dejamos atrás aquel valle y comenzamos la subida hacia Cottonwood Pass, el primero de los dos pasos de montaña de la ruta.

El sendero ascendía por un bosque no demasiado cerrado, con árboles grandes y hermosos. La subida era llevadera y el paisaje seguía acompañándonos, hasta que nos topamos con el excremento de oso más impresionante de todo el viaje.
Era completamente rojo, muy húmedo y, para nuestra sorpresa, todavía humeante.
Aquello sí que nos puso nerviosos. No había ninguna duda de que era muy reciente. Hasta entonces habíamos visto incontables señales de la presencia de osos, pero aquella fue la única vez durante todo el backpacking que sacamos el espray antiosos. Lo llevamos preparado y seguimos ascendiendo con los ojos bien abiertos, atentos a cualquier ruido o movimiento entre los árboles.
A esas alturas ya no nos parecía tan improbable encontrarnos con uno.
Era completamente rojo, muy húmedo y, para nuestra sorpresa, todavía humeante.
Aquello sí que nos puso nerviosos. No había ninguna duda de que era muy reciente. Hasta entonces habíamos visto incontables señales de la presencia de osos, pero aquella fue la única vez durante todo el backpacking que sacamos el espray antiosos. Lo llevamos preparado y seguimos ascendiendo con los ojos bien abiertos, atentos a cualquier ruido o movimiento entre los árboles.
A esas alturas ya no nos parecía tan improbable encontrarnos con uno.

La montaña seguía desplegándose ante nosotros. Las laderas eran verdes y, conforme ganábamos altura, empezaban a aparecer restos de nieve en las cumbres y en los rincones donde el sol apenas llegaba. El valle que habíamos recorrido quedaba cada vez más abajo, convertido en una larga franja de prados.
Hay pasos de montaña que uno simplemente pisa y otros que atraviesa como si cruzara un umbral. Cottonwood Pass pertenecía a los segundos. Más arriba desaparecían los árboles y el terreno se transformaba en piedra, grava y vegetación escasa. El sendero dejaba de ser un camino definido y se convertía en una sucesión de huellas e hitos de piedra que indicaban por dónde seguir.
Hay pasos de montaña que uno simplemente pisa y otros que atraviesa como si cruzara un umbral. Cottonwood Pass pertenecía a los segundos. Más arriba desaparecían los árboles y el terreno se transformaba en piedra, grava y vegetación escasa. El sendero dejaba de ser un camino definido y se convertía en una sucesión de huellas e hitos de piedra que indicaban por dónde seguir.



Al alcanzar el collado, quien se vuelva para mirar hacia atrás encontrará la recompensa: el valle de praderas por el que ha caminado se extiende abajo como un río de hierba, encajado entre las montañas. Nosotros llegamos al paso con una temperatura de unos seis o siete grados. Para el esfuerzo de la subida, era una temperatura magnífica. Y, por supuesto, seguíamos viendo excrementos por todas partes.
Empezamos el descenso y entonces nos encontramos con la primera persona desde que habíamos comenzado la travesía: una chica que subía en dirección contraria, completamente sola.
Nos impresionó verla allí, tan lejos de cualquier carretera y rodeada de aquella naturaleza. Con la cantidad de fauna que habíamos encontrado en forma de rastros, internarse sola por aquellos valles nos parecía una prueba de bastante valor. Le teníamos respeto, desde luego.
Pero el encuentro tuvo también una utilidad bastante más prosaica. Nos habíamos quedado sin papel higiénico el primer día y, desde entonces, habíamos recurrido a las hojas de álamo para salir del paso cuando la naturaleza llamaba. No es una solución que uno recomiende por comodidad, pero en la montaña hay que saber improvisar. La chica nos dio un poco de papel y nos hizo un favor que agradecimos sinceramente. Sea quien sea, tiene un lugar reservado en nuestra memoria y en nuestra gratitud.
El descenso nos hizo perder unos cien o ciento cincuenta metros de altura y nos condujo al valle del Upper Victoria Creek. Al otro lado, las montañas de la cordillera Kluane volvían a ofrecernos un paisaje distinto, aunque igual de impresionante.
Empezamos el descenso y entonces nos encontramos con la primera persona desde que habíamos comenzado la travesía: una chica que subía en dirección contraria, completamente sola.
Nos impresionó verla allí, tan lejos de cualquier carretera y rodeada de aquella naturaleza. Con la cantidad de fauna que habíamos encontrado en forma de rastros, internarse sola por aquellos valles nos parecía una prueba de bastante valor. Le teníamos respeto, desde luego.
Pero el encuentro tuvo también una utilidad bastante más prosaica. Nos habíamos quedado sin papel higiénico el primer día y, desde entonces, habíamos recurrido a las hojas de álamo para salir del paso cuando la naturaleza llamaba. No es una solución que uno recomiende por comodidad, pero en la montaña hay que saber improvisar. La chica nos dio un poco de papel y nos hizo un favor que agradecimos sinceramente. Sea quien sea, tiene un lugar reservado en nuestra memoria y en nuestra gratitud.
El descenso nos hizo perder unos cien o ciento cincuenta metros de altura y nos condujo al valle del Upper Victoria Creek. Al otro lado, las montañas de la cordillera Kluane volvían a ofrecernos un paisaje distinto, aunque igual de impresionante.



Aquello era la imagen perfecta de encontrarse perdido en la inmensidad, en el fin del mundo: cielo gris, frío, montañas verdes con pocos árboles y manchas de nieve en las alturas. Un paisaje profundamente nórdico, casi ártico, aunque, siendo precisos, más bien subártico. Todo parecía remoto y vacío, como si la civilización hubiera quedado en otro planeta.
Descendimos hasta el Upper Victoria Creek y allí decidimos parar a comer. Sacamos las sillas plegables y nos sentamos a disfrutar del entorno, aunque el viento era frío y tuvimos que abrigarnos bien. Comer con vistas a aquellas montañas, después de horas caminando, era uno de esos placeres sencillos que justifican muchas de las incomodidades del viaje.
Después reanudamos la marcha siguiendo el arroyo por una antigua pista minera. En algunos tramos, la pista se estrechaba hasta convertirse prácticamente en un sendero de una sola persona y, en otros, parecía desaparecer. Aun así, no resultaba difícil orientarse: de vez en cuando encontrábamos lazos rojos atados a los arbustos o a las ramas de los árboles y, cuando no había marcas, nos guiábamos por los hitos de piedra.
Llegó un momento en que tuvimos que cruzar el Upper Victoria Creek. Esta vez no hubo forma de saltar de piedra en piedra, así que nos quitamos las zapatillas, nos pusimos las chanclas y vadeamos el agua. Al otro lado nos sentamos un rato para descansar y volvimos a ponernos en marcha.
Descendimos hasta el Upper Victoria Creek y allí decidimos parar a comer. Sacamos las sillas plegables y nos sentamos a disfrutar del entorno, aunque el viento era frío y tuvimos que abrigarnos bien. Comer con vistas a aquellas montañas, después de horas caminando, era uno de esos placeres sencillos que justifican muchas de las incomodidades del viaje.
Después reanudamos la marcha siguiendo el arroyo por una antigua pista minera. En algunos tramos, la pista se estrechaba hasta convertirse prácticamente en un sendero de una sola persona y, en otros, parecía desaparecer. Aun así, no resultaba difícil orientarse: de vez en cuando encontrábamos lazos rojos atados a los arbustos o a las ramas de los árboles y, cuando no había marcas, nos guiábamos por los hitos de piedra.
Llegó un momento en que tuvimos que cruzar el Upper Victoria Creek. Esta vez no hubo forma de saltar de piedra en piedra, así que nos quitamos las zapatillas, nos pusimos las chanclas y vadeamos el agua. Al otro lado nos sentamos un rato para descansar y volvimos a ponernos en marcha.


La ruta nos obligaba ahora a cambiar de valle, girando hacia la derecha en dirección al Shrike Creek. Nos esperaba una subida corta, pero intensa, por la ladera. Estábamos acercándonos a Dalton Pass y el terreno volvía a exigirnos un poco más. Después, el camino se ensanchó de nuevo al enlazar con otra antigua pista minera. Incluso vimos lo que parecían huellas de vehículos todoterreno, quizá de ATV, aunque no entendíamos muy bien cómo habían llegado hasta allí.
El paisaje era precioso, pero, puestos a elegir, me había gustado más el de Cottonwood Pass. Dalton Pass, sin embargo, tiene fama de ser uno de los mejores puntos de la ruta para observar fauna. Por allí son habituales los grizzlies, los alces y los ptarmigan, esas aves de montaña perfectamente adaptadas a los ambientes fríos. También se mencionan zorros, coyotes, lobos, glotones, ovejas de Dall, cabras montesas, marmotas, pikas, ardillas árticas y águilas reales.
Una lista magnífica. Un auténtico catálogo de los animales que uno sueña con encontrarse en una travesía por el Yukon.
Nosotros no vimos ni uno.
Mirábamos hacia las laderas, escudriñábamos los claros y nos detenía cualquier cosa que pudiera parecer un movimiento, pero no hubo manera. Lo más curioso era que, a medida que nos acercábamos a Dalton Pass, también encontrábamos menos excrementos. Por primera vez en días, el paisaje parecía estar algo menos transitado por sus habitantes. O quizá ellos simplemente habían decidido no cruzarse con nosotros.
El paisaje era precioso, pero, puestos a elegir, me había gustado más el de Cottonwood Pass. Dalton Pass, sin embargo, tiene fama de ser uno de los mejores puntos de la ruta para observar fauna. Por allí son habituales los grizzlies, los alces y los ptarmigan, esas aves de montaña perfectamente adaptadas a los ambientes fríos. También se mencionan zorros, coyotes, lobos, glotones, ovejas de Dall, cabras montesas, marmotas, pikas, ardillas árticas y águilas reales.
Una lista magnífica. Un auténtico catálogo de los animales que uno sueña con encontrarse en una travesía por el Yukon.
Nosotros no vimos ni uno.
Mirábamos hacia las laderas, escudriñábamos los claros y nos detenía cualquier cosa que pudiera parecer un movimiento, pero no hubo manera. Lo más curioso era que, a medida que nos acercábamos a Dalton Pass, también encontrábamos menos excrementos. Por primera vez en días, el paisaje parecía estar algo menos transitado por sus habitantes. O quizá ellos simplemente habían decidido no cruzarse con nosotros.

Seguimos ascendiendo sin grandes dificultades. Nuestro plan era acampar en la parte más alta de Dalton Pass, pero, al llegar al poste que señalizaba el kilómetro 27, nos encontramos con un problema inesperado: no habíamos encontrado ni una gota de agua en todo el tramo final. Los arroyos estaban secos.
Podíamos tener un lugar espectacular para pasar la noche, pero sin agua el plan no tenía demasiado sentido. Así que decidimos retroceder. Habíamos visto varios arroyos con agua más abajo y, aunque nos daba rabia renunciar a acampar en lo alto del paso, preferíamos asegurarnos una fuente para cocinar y beber.
Descendimos unos quinientos metros hasta encontrar una zona adecuada. El reloj marcaba 19,5 kilómetros recorridos. Era una jornada larga, pero habíamos llegado a un lugar en el que podíamos descansar sin seguir acumulando kilómetros.
Montamos la tienda detrás de un arbusto grande, que nos protegía parcialmente del viento. Seguíamos en una zona elevada y las ráfagas se hacían notar. Después fuimos a buscar agua y nos ocupamos de la comida, siguiendo nuestro ritual de cada noche: la dejamos unos cien metros más abajo del campamento y colgamos el Ursack del tronco de otro arbusto, grueso en la base.
Al final, el recipiente rígido antiosos que habíamos cargado desde Haines Junction, pensando sobre todo en la noche de Dalton Pass, no nos había hecho falta. Habíamos tenido que cargar con él durante kilómetros para terminar resolviendo la cuestión con el sistema habitual. En la montaña, uno aprende que llevar equipo por precaución tiene un precio: el peso que soporta la espalda durante cada subida.
Una vez instalado todo, nos sentamos a disfrutar del paisaje. La jornada había sido magnífica, a pesar de las dudas y del encuentro con aquella señal tan reciente de un oso. Habíamos atravesado praderas enormes, cruzado dos valles y alcanzado el primero de los pasos de montaña. El cuerpo estaba cansado, pero todavía nos quedaban fuerzas para disfrutar de la tranquilidad del campamento.
Para cenar, yo preparé pasta al funghi y mi sobrino eligió pasta carbonara. Después recogimos, dejamos todo preparado y nos dispusimos a pasar la noche.
El Garmin inReach, el comunicador por satélite que llevo en estos viajes, nos había proporcionado la previsión meteorológica. No eran buenas noticias: anunciaba lluvia durante la noche y también para el día siguiente. Solo había una pequeña ventana sin precipitaciones, entre las cinco y las siete de la mañana.
Así que decidimos aprovecharla. Pusimos el despertador a las seis, con la esperanza de desayunar bajo aquel cielo prestado antes de que volviera a cerrarse.
La montaña nos había regalado un día de los que se quedan grabados en la memoria: kilómetros de praderas, montañas por todas partes, un paso que parecía un umbral hacia otro mundo y la sensación permanente de caminar por un territorio mucho más grande que nosotros. La única pena seguía siendo la misma: tanta huella, tanto excremento, tantas señales de animales... y ni uno solo dispuesto a dejarse ver.
Al día siguiente tocaría continuar. Y, por lo que anunciaba el Garmin, tendríamos que hacerlo antes de que el cielo volviera a abrir las compuertas.
Podíamos tener un lugar espectacular para pasar la noche, pero sin agua el plan no tenía demasiado sentido. Así que decidimos retroceder. Habíamos visto varios arroyos con agua más abajo y, aunque nos daba rabia renunciar a acampar en lo alto del paso, preferíamos asegurarnos una fuente para cocinar y beber.
Descendimos unos quinientos metros hasta encontrar una zona adecuada. El reloj marcaba 19,5 kilómetros recorridos. Era una jornada larga, pero habíamos llegado a un lugar en el que podíamos descansar sin seguir acumulando kilómetros.
Montamos la tienda detrás de un arbusto grande, que nos protegía parcialmente del viento. Seguíamos en una zona elevada y las ráfagas se hacían notar. Después fuimos a buscar agua y nos ocupamos de la comida, siguiendo nuestro ritual de cada noche: la dejamos unos cien metros más abajo del campamento y colgamos el Ursack del tronco de otro arbusto, grueso en la base.
Al final, el recipiente rígido antiosos que habíamos cargado desde Haines Junction, pensando sobre todo en la noche de Dalton Pass, no nos había hecho falta. Habíamos tenido que cargar con él durante kilómetros para terminar resolviendo la cuestión con el sistema habitual. En la montaña, uno aprende que llevar equipo por precaución tiene un precio: el peso que soporta la espalda durante cada subida.
Una vez instalado todo, nos sentamos a disfrutar del paisaje. La jornada había sido magnífica, a pesar de las dudas y del encuentro con aquella señal tan reciente de un oso. Habíamos atravesado praderas enormes, cruzado dos valles y alcanzado el primero de los pasos de montaña. El cuerpo estaba cansado, pero todavía nos quedaban fuerzas para disfrutar de la tranquilidad del campamento.
Para cenar, yo preparé pasta al funghi y mi sobrino eligió pasta carbonara. Después recogimos, dejamos todo preparado y nos dispusimos a pasar la noche.
El Garmin inReach, el comunicador por satélite que llevo en estos viajes, nos había proporcionado la previsión meteorológica. No eran buenas noticias: anunciaba lluvia durante la noche y también para el día siguiente. Solo había una pequeña ventana sin precipitaciones, entre las cinco y las siete de la mañana.
Así que decidimos aprovecharla. Pusimos el despertador a las seis, con la esperanza de desayunar bajo aquel cielo prestado antes de que volviera a cerrarse.
La montaña nos había regalado un día de los que se quedan grabados en la memoria: kilómetros de praderas, montañas por todas partes, un paso que parecía un umbral hacia otro mundo y la sensación permanente de caminar por un territorio mucho más grande que nosotros. La única pena seguía siendo la misma: tanta huella, tanto excremento, tantas señales de animales... y ni uno solo dispuesto a dejarse ver.
Al día siguiente tocaría continuar. Y, por lo que anunciaba el Garmin, tendríamos que hacerlo antes de que el cielo volviera a abrir las compuertas.

